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La asociación ecologista Greenpeace ha reprochado a la Comisión Europea la aprobación del maíz transgénico Bt-11, desarrollado por Syngenta y cultivado en EEUU. A pesar de la aprobación, la organización confía en que el maíz, que deberá ser etiquetado como modificado genéticamente, no llegue a los comercios.
Para Juan Felipe Carrasco, responsable de la campaña de transgénicos de Greenpeace en España, "la Comisión Europea ha elegido defender los intereses de empresas agrobiotecnológicas y de los grandes agricultores estadounidenses, no los de los ciudadanos europeos y el medio ambiente". De hecho, el experto reconoce que "la resistencia de los consumidores a los alimentos modificados genéticamente sigue siendo muy fuerte", y lo demuestra la negativa de seis países (Francia, Austria, Luxemburgo, Dinamarca, Portugal y Grecia), que han rechazado la variedad por las dudas sobre su inocuidad.
Tras la aprobación, Greenpeace pide a los Estados miembros que se han opuesto que mantengan su postura y prohíban el producto en su territorio en virtud del artículo 12 del Reglamento sobre Nuevos Alimentos. "Los Estados miembros que votaron contra la autorización del Bt-11 deben plantar cara a la arrogancia de la Comisión, mantener su postura y prohibir el producto en su país", afirma Felipe Carrasco. Según Greenpeace, todavía siguen sin resolverse las dudas que se han planteado en la fiabilidad tanto de los datos suministrados por Syngenta como de la evaluación del Comité Científico sobre Alimentos de la UE.
Todas estas preocupaciones han llevado a las autoridades francesas a afirmar en un informe de noviembre pasado que no se pueden excluir efectos inesperados, debido a una interferencia de la transformación genética con el metabolismo específico de este maíz.
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