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El objetivo es facilitar su dispersión en la naturaleza sin causar repercusiones en el medio ambiente
El Centro Tecnológico Agroalimentario Ainia, destacado por sus líneas de ahorro energético y respeto al medio ambiente, proyecta lanzar al mercado próximamente una generación de envases desarrollados en el campo de la nanotecnología. La idea consiste en introducir determinados microorganismos en algunos de los materiales con los que se elaboran los envases, con el fin de que transcurrido cierto tiempo, estos microorganismos aceleren el deterioro del material. De esta forma se puede facilitar el uso y la eliminación de aquellos envoltorios y recipientes con los que se comercializan los alimentos.
Con esta tecnología, los envases podrán utilizarse algo más de lo que sea el período de caducidad de los productos que contengan, pero muchísimo menos de lo que tardan en autodegradarse en la actualidad. Presentar la mayor parte de los artículos envasados es una tendencia en alza dentro del sector alimentario que garantiza la higiene y la seguridad alimentaria durante el proceso de manipulación. Pero también supone que se multiplique la cantidad de envoltorios que luego hay que eliminar, una difícil tarea porque ya es sabido que los plásticos tardan años en degradarse en la naturaleza.
En la actualidad, el Centro Tecnológico Agroalimentario Ainia trabaja también en el campo de las microalgas, en concreto con especies que se alimentan de grasas y las convierten en biogás. Su idea es crear granjas de microalgas con un doble objetivo: por una parte se eliminan residuos grasos y por otra se consigue un aprovechamiento energético, porque con el biogás quemado se pueden mover turbinas y generar electricidad.
Desde Ainia se trata de identificar el mayor número posible de residuos agroalimentarios aprovechables y valorizarlos para introducirlos de nuevo en la cadena de utilización. Dentro de esta línea de aprovechamiento, se trabaja con los sobrantes de las almazaras de aceite de olivas, porque de las aceitunas se pueden obtener poderosos antioxidantes que posteriormente se utilizan como aditivos en la industria alimentaria y en la farmacéutica.
Otro campo de trabajo son los residuos de las fábricas de conservas de tomate o los de las uvas en el proceso de vinificación. En los procesos conserveros, la piel de los tomates se desecha, sin embargo, de ella se puede extraer el licopeno (otro poderoso antioxidante) para añadirlo a la conserva final. En cuanto a las uvas, de sus residuos se obtiene una amplia gama de antioxidantes y aditivos alimentarios, como la vitamina C y los polifenoles.
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