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El mercurio no es una sustancia natural que se encuentre normalmente en el medio, por lo que ha de ser liberada desde una fuente industrial. A partir de aquí, se puede depositar en fangos, en los lechos de los ríos, o incluso, en los lodos o fangos de las plantas potabilizadoras de agua.
Este punto es especialmente importante, ya que si se produce un vertido de mercurio al medio ambiente, el agua puede llegar a las plantas de tratamiento de residuos. Este mineral se depositará en los fangos, donde se va a acumular, siendo transformado en metil-mercurio. La consecuencia final, es que los fangos empleados para la depuración liberarán una cantidad relativamente importante de la forma más tóxica del metal. Para evitar este problema, hay que eliminar los lodos activados, procediendo a su destrucción y posteriormente, hay que regenerarlos y comenzar de nuevo el proceso de depuración normal.
Por otra parte, es frecuente que se observe la muerte de peces en ríos o lagos ante un vertido de cierta importancia. Cuando se produce ésto, la muerte tendrá lugar por un fallo renal en los peces, debido al efecto que tiene el mercurio mineral sobre este órgano. Si el problema se debiese a un fenómeno acumulativo, el responsable sería el mercurio orgánico (metil-mercurio) por afección del sistema nervioso. En este caso, los peces actúan como sensores o indicadores de un problema toxicológico para los consumidores finales.
En consecuencia, si se interviene a tiempo para evitar que llegue este vertido a las aguas de consumo, e incluso a las plantas potabilizadoras, se puede impedir un riesgo sanitario. Hay que considerar que el mercurio se va a diluir en los efluentes, lo que supondrá que va a ir disminuyendo el riesgo con el tiempo, hasta incluso desaparecer.
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