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Carne y hormonas

Desde hace años se han ido empleando diferentes sustancias para el engorde de los animales en producción. El objetivo es que los animales puedan aumentar su peso por encima de lo normal. Para conseguir este aumento de peso se han ido empleando diferentes sustancias que presentan también diferentes acciones.

Hace años se empleaba lo que se conoce como tiroestáticos, que son sustancias que van a actuar a nivel de la glándula tiroides disminuyendo la actividad de la misma y facilitando la acumulación de líquido en los tejidos animales. La consecuencia era que los animales pesaban más, pero se debía a un exceso de agua en el tejido, especialmente en el músculo y, por tanto, en la carne. El consumidor, además, sospechaba de la presencia de estas sustancias ya que al freír la carne se apreciaba claramente una disminución del tamaño de la pieza y también, entre otros, la formación de una especie de espuma en la sartén.

Con el tiempo se modificó y se emplearon otras sustancias, como son los beta-agonistas y especialmente el clenbuterol, sustancia con acción tóxica tras el consumo de vísceras donde se detoxifica la sustancia, es decir, el hígado. Esta sustancia consigue un aumento de peso por incremento de la masa muscular y una reducción de la grasa.

Todas estas sustancia consiguen aumentos de peso, y algunas de ellas como los beta-agonistas dan lugar a un producto más agradable para los consumidores.

La presencia de MPA

Además de las sustancias citadas, durante la semana pasada se detectó la presencia de sustancias con acción hormonal, tanto la MPA (hormona masculina) y los estrógenos (hormonas femeninas) en carne procedente de la Unión Europea. Son sustancias que pueden conseguir un mejor rendimiento de los alimentos consumidos, con el consecuente incremento del peso por procedimientos ilícitos.

La causa se ha asociado a la fabricación de unos jarabes o siropes que posteriormente fueron empleados en la alimentación animal. En este caso particular habría que analizar para qué es realmente necesaria una sustancia de acción hormonal en el proceso de elaboración de una jarabe de glucosa y, en el caso que no se pueda eliminar, es obvio que el proceso no es el adecuado para garantizar una alimentación animal y humanas seguras.

Hay que destacar que en Europa está prohibido el empleo de sustancias adicionadas a los piensos que den lugar a un incremento de los animales, no debido a la propia dieta o al ejercicio físico.

¿Es realmente necesario su empleo?

Si tuviéramos que responder a la pregunta desde un punto de vista meramente productivo es evidente que su empleo no es esencial. Es decir, los animales no necesitan estas sustancias para engordar. Tan sólo necesitan comer una cierta cantidad de energía, proteínas, lípidos, hidratos de carbono y otros nutrientes esenciales.

Sin embargo, su uso se vuelve interesante si consideramos los criterios que se han seguido hasta ahora en producción animal. Quizás el principal problema radica en la filosofía de producir la mayor cantidad de carne, con el menor coste y en el menor período de tiempo. En este proceso el ganadero es una mera pieza del puzzle, donde el que paga al final es el consumidor y hasta los mismos gobiernos se muestran interesados en que la situación se siga manteniendo de la misma forma.

La carne se ha convertido en una parte fundamental de la dieta, de la cesta de la compra y, en consecuencia, del IPC (Índice de Precios de Consumo) de los diferentes países. Un incremento en el precio de la carne, asociado a los costes de producción, lleva a un aumento del IPC de un determinado país, por lo que para la completa eliminación de este tipo de sustancias es necesario un cierto período de adaptación que no llegue a afectar a la economía de un grupo de población.

Sin embargo, la eliminación no es imposible, aunque es difícil poder hacer el cambio de repente y de un día para otro. Es curioso que el factor precio y cantidad de carne producida pueda condicionar, no sólo la calidad de la carne, sino la seguridad de los alimentos consumidos.

El factor seguridad provocó que las autoridades comunitarias terminasen prohibiendo el empleo de las diferentes sustancias utilizadas para el engorde del ganado. El objetivo es impedir que se empleen determinadas moléculas de las que en muchos casos no había evidencias de su efecto tóxico real. Sin embargo, se han dado varias violaciones evidentes de estas normas, lo que ha llevado a la aparición de cuadros de intoxicación o a alarmas sanitarias en las que al final quien se ve perjudicado es el mismo sector, puesto que ante problemas relacionados con la salud pública los consumidores se retraen en su consumo.

Quizás sólo se podría solucionar el problema si se produjese una liberalización del precio de la carne, de forma que el que produce conforme a las mejores condiciones de calidad y seguridad tendrá unos costes mayores, por lo que su producto será más caro. Si este sobrecoste no se puede repercutir en el precio final, significa que el abaratamiento nos llevará anexo el incumplimiento de la norma, con lo que correremos el riesgo de pagarlo con nuestra salud. En caso contrario, será necesario el que se den las correspondientes ayudas al sector, con lo que lo terminamos pagando igual pero mediante impuestos.

¿Riesgos para la salud?

La prohibición del empleo de estas sustancias se fundamenta en los riesgos potenciales para la salud de los consumidores. De entre las diferentes sustancias empleadas se ha demostrado que algunas de ellas tiene un riesgo real para la salud de los consumidores. Sin embargo, las moléculas con acción hormonal parecía que eran las que menores peligros tienen para la salud de las personas.

Estas sustancias, entre las que podemos destacar aquellas con acción hormonal masculina o femenina, han de ser suministradas a los animales y ejercer su acción, pero no podemos olvidar que con el tiempo se van metabolizando, por lo que van perdiendo su acción farmacológica.

Pero ¿cuál es la consecuencia? Que las concentraciones reales que llegan a las personas con la carne son inferiores a las que supondrían una acción farmacológica concreta. Es decir, no veríamos los síntomas propios tras la ingestión como es un cierto incremento del apetito, incremento de peso, en algunos casos mayor actividad sexual, pero también se puede incrementar el vello, modificaciones relacionados con los caracteres sexuales secundarios, entre otros. Por todo ello, no es destacable la intoxicación aguda sino la crónica.

No obstante, el efecto tóxico no es muy evidente puesto que el consumo de sustancia con acción hormonal se ha relacionado como preventivo, en algunas ocasiones, respecto a la aparición de algunos tumores y claramente relacionado con la aparición de lo que se denominan tumores hormonodependientes, como son los tumores de próstata y vejiga en el hombre y los de pecho, útero en mujeres, entre otros. Además, se ha relacionado con la aparición de casos de infertilidad. En cualquier caso, la acción tóxica no se relaciona con el consumo puntual de estas sustancias, sino con la ingesta de cantidades importantes y durante largos períodos de tiempo.

Es por tanto necesario el poder disponer de nuevos estudios que permitan concretar hasta que punto la toxicidad de estas sustancias es realmente elevada a las concentraciones habituales en la carne de los animales tratados. En cualquier caso, hay que resaltar que hoy en día son sustancias consideradas ilegales en la UE y debería controlarse su administración, así como al producción y puesta en el mercado de las mismas.

Bibliografía

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