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Los nuevos transgénicos

El desarrollo de nuevos vegetales transgénicos se orienta cada vez más a incrementar la productividad agrícola en los países en desarrollo

 
Los laboratorios públicos trabajan para conseguir plantas con mayor tolerancia o con mayor capacidad para absorber nutrientes.
Imagen: FreeFoto.com

Plantas con tolerancia a la salinidad o con mayor capacidad para absorber nutrientes son ejemplos de los nuevos vegetales transgénicos que se están desarrollando en decenas de laboratorios de todo el mundo. Su objetivo fundamental es contribuir a paliar problemas estructurales de países en desarrollo.

Un informe de la Sociedad Internacional para la Adquisición de Agro-biotecnología (ISAAA en inglés), estima en 58,7 millones de hectáreas (equivalente a dos veces y media el suelo del Reino Unido) los cultivos transgénicos en el mundo en 2002. Una abrumadora mayoría, 39 millones, en Estados Unidos. El resto se reparte entre 17 países, entre ellos España, con menos de 0,1 millones de hectáreas. Nueve son países en desarrollo, con el 27% de los cultivos transgénicos, un incremento considerable frente a años anteriores.

Los autores interpretan de forma muy positiva el estudio, porque las opiniones más escépticas siempre han afirmado que los únicos beneficiados con los transgénicos son los países industrializados y las multinacionales. ¿Es eso inevitable? Muchos investigadores están empeñados en demostrar que no, que se pueden desarrollar proyectos que beneficien a los países con condiciones más duras para la agricultura, algunos de los cuales fueron presentados en el VII Congreso Internacional de Biología Molecular de Plantas que se acaba de celebrar en Barcelona los últimos días del pasado junio.

Aprender de la naturaleza

En los últimos años la ciencia ha aprendido que las plantas adaptan la estructura de sus raíces a la mayor o menor disponibilidad de alimento, como el fósforo o el hierro. Cuando hay escasez de fósforo las plantas desarrollan una raíz muy ramificada (una raíz principal corta, muchas raíces secundarias laterales y una gran densidad de pelos). De esta forma se defiende ante la escasez, y se adapta para absorber la máxima cantidad de nutrientes que se concentran en su mayoría en las capas más superficiales del suelo.

En países en desarrollo se investigan transgénicos capaces de adaptarse a suelos poco propicios para la agricultura Esto, que sucede de forma natural en plantas como el tomate o las judías ¿podría ser aprovechado para obtener una mayor productividad agrícola en suelos deficientes en nutrientes? Los investigadores creen que sí y lo que tratan es de entender qué señal desencadena en la planta esa adaptación -ya que a veces se adapta y a veces no- y cuáles son los genes implicados en esa respuesta. De esta forma esperan poder aplicar ese conocimiento tanto a la biotecnología tradicional como a la ingeniería genética.

Así es como se han conseguido mejorar varias líneas de maíz locales de México que incrementan la productividad con un 50% menos de fertilizante, con el ahorro para el agricultor que eso supone. Algo importante en un país donde el 90% de los productores de maíz son pequeños agricultores que producen alrededor del 15% de la producción total (el 10% de empresas mecanizadas producen el 85%).

«No se harán ricos pero obtendrán algún beneficio, podrán seguir viviendo del cultivo y enviar sus hijos a la escuela». Lo explica el director del proyecto, Luis Herrera-Estrella (CINVESTAV, México). Además, con el acuerdo de libre comercio México-Estados Unidos, los mexicanos no podrán competir con la productividad estadounidense. Ahí «sí existe el peligro de que se imponga la producción más comercial y las variedades locales desaparezcan».

Para este investigador, este tipo de conocimientos es fundamental para mejorar la productividad agrícola en suelos infértiles, suelos ácidos o contaminados por metales como el aluminio. Es más, la solución tradicional que pasa por la aplicación de fertilizantes acaba siendo contraproducente porque «sólo entre el 10 y el 20% es realmente aprovechado por la planta». El resto se transforma en formas de fósforo inasimilables para la planta y se dispersa por aguas subterráneas para convertirse en un problema de contaminación.

La salinidad, un problema generalizado

 
Uno de los objetivos de las investigaciones actuales es incrementar la tolerancia a la salinidad.

Otra vía de investigación destinada a recuperar suelos marginales es la que busca obtener plantas tolerantes a la salinidad, «capaces de tomar sal del suelo y almacenarla en las vacuolas; así se crea un equilibrio osmótico que permite a la planta crecer en condiciones salinas», detalla Eduardo Blumwald, de la Universidad de California. El uso agrícola de la tierra durante años y años genera a largo plazo un incremento de la salinidad. «No somos conscientes de ello pero el agua tiene pequeñas concentraciones de sales minerales; cada vez que regamos la tierra, el agua se va pero quedan las sales». La salinidad, afirma Blumwald, será un problema cada vez más extendido.

Tolerancia a la salinidad, a suelos ácidos, resistencia a insectos, a enfermedades o a la sequía son los objetivos que se marcan muchos proyectos que persiguen mejor rendimiento agrícola. Según cifras de la FAO del año 2000, Europa producía 8,81 toneladas de cereales por hectárea cultivada; en los Estados Unidos, se producía 8,48 toneladas por hectárea. En México, donde el cultivo de transgénicos no está autorizado, la productividad por hectárea es de 2,40 toneladas. En Brasil, de 2,72 toneladas.

Aumentar la superficie de cultivo no es siempre la solución. Además, en los últimos años se ha observado un descenso en la producción de cereales. En la India un 64% de la población vive de la agricultura, especialmente del arroz. Se ha calculado que para mantener el ritmo de producción y abastecer a la población debería incrementar su productividad en un 2,5% cada año de aquí a 2025. Pero ésta no aumenta sino que disminuye: en 1995, la productividad de arroz subió 2,43 puntos; en 1999, 1,50. La productividad en términos generales es de 2,9 toneladas por hectárea; en Estados Unidos es de 6,8 toneladas por hectárea. Los datos los daba K. Narayanan, director general de Metahelix Life Sciences (India). Para Narayanan, está claro que la India no produce suficientes cereales para abastecer sus necesidades y una opción clara de mejora está en nuevas variedades transgénicas de arroz (India ya cultiva algodón transgénico).

No son la panacea

Pero los transgénicos «no son la panacea» para paliar la pobreza estructural de los países en desarrollo, dice Clive James, presidente de ISAAA, opinión en la que coinciden los detractores de los transgénicos. Se necesitan otras medidas, afirma, como con el control demográfico, la mejora de la distribución de los alimentos, y el uso de biotecnologías convencionales en combinación.

El arroz dorado (variedad transgénica que aporta betacaroteno, precursor de vitamina A, que puede prevenir la ceguera en personas con dietas deficitarias) no solventará todos los aspectos alimentarios, que dependen de muchos nutrientes, pero aportará una parte muy importante. Los creadores del arroz dorado han preparado diversas variedades de arroz siguiendo el perfil de la biodiversidad de esta planta y quieren distribuirlo libremente a personas con rentas inferiores a 10.000 dólares en los países que lo necesiten, como el sudeste asiático.

El planteamiento de este proyecto es diferente porque no se busca mayor productividad sino una aportación extra nutricional para las personas que tienen una dieta dependiente del arroz. Este proyecto con nombre propio ha levantado una de las polémicas más agrias sobre transgénicos e ilustra a la perfección la disparidad de argumentos, fundamentados o no, que esgrimen partidarios y detractores de la tecnología.

¿Y LA SEGURIDAD ALIMENTARIA?

 
Los científicos esgrimen que los transgénicos incrementarán la disponibilidad de alimentos.

Uno de los factores que inspiran mayor desconfianza en la opinión pública son los efectos sobre la salud que puedan tener los transgénicos, aunque no es lo mismo, afirmaba un asistente a una mesa redonda en el VII Congreso de Biología Molecular, «morir de hambre que morir por un efecto a largo plazo de los transgénicos».

A nadie se le escapa que no se pueden comparar dos transgénicos de la misma manera, el arroz dorado con las variedades de soja tolerantes a herbicidas, por ejemplo. El arroz dorado está en estos momentos siendo sometido a pruebas de toxicidad. Un transgénico, aclaraba Ingo Potrykus, uno de los padres del arroz dorado, «pasa más evaluaciones que cualquier alimento de los que consumimos». Sobre las alteraciones en el genoma, se han comparado los genomas de variedades de arroz cruzadas por métodos tradicionales y variedades transgénicas, y presentan las primeras más transformaciones en el genoma que las segundas. La prevención a las variedades BT que incorporan genes de la bacteria Bacillus thuringiensis para producir las proteínas que protegen a la planta contra los insectos, olvida que ya están aplicándose insecticidas a los cultivos.

Para el riesgo fundamentado de alergias (si se incorpora un transgen de nuez a la verdura, por ejemplo, y se es alérgico a los frutos secos) la UE optará por una normativa estricta de etiquetado, opción que también dará al ciudadano la opción de escoger.




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