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El nuevo centro, dotado de laboratorios con nivel de bioseguridad 3, investigará infecciones graves como la encefalopatía espongiforme, la lengua azul o la circovirosis porcina

La Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) y el Instituto de Investigación y Tecnología Agroalimentaria (IRTA), han aunado esfuerzos para poner en marcha el Centro de Investigación en Sanidad Animal (CreSA), el segundo de sus características que se inaugura en España. El nuevo centro, que está dotado de laboratorios con nivel de bioseguridad 3, cuenta con la participación de empresas farmacéuticas y ganaderas.
Cinco laboratorios y 12 salas para albergar animales de experimentación con nivel de bioseguridad 3, lo que le convierte en el segundo centro de su tipo en España, sólo equiparable al centro de Valdeolmos en Madrid, constituyen la apuesta catalana a la investigación en materia de seguridad alimentaria. Aislamiento hermético, gradientes de presión negativa, filtración del aire y tratamiento de líquidos y efluentes son algunas de las características que reúnen estas instalaciones, lo que les permitirá trabajar con patógenos graves como el virus de la peste porcina, la lengua azul o la gripe aviar altamente patógena, enfermedades de declaración obligatoria y que forman parte la denominada Lista A de la Organización Internacional de Epizootias (OIE). Las instalaciones se complementan con 717 metros cuadrados de laboratorios de nivel de bioseguridad 2, con 19 espacios específicos para virología, microbiología, biología molecular, inmunología, anatomía patológica, cultivos celulares, parasitología y entomología.
Los investigadores del CReSA, que provienen en buena parte de la Facultad de Veterinaria de la UAB, ya trabajan en «tareas rutinarias» con respecto a algunas enfermedades de declaración obligatoria, y están preparados para colaborar con la Administración en la detección temprana y caracterización de patógenos de diferentes brotes, así como en los estudios epidemiológicos. Este es el caso, explica Mariano Domingo, director del CReSA, del trabajo de «vigilancia entomológica» que están ya desarrollando para detectar de forma temprana la posible entrada del portador del virus de la lengua azul, el artrópodo Culicoides imicola. Ahora mismo, el riesgo está en los brotes de lengua azul en lugares relativamente próximos a la península, como Italia, Córcega y Cerdeña, zonas en las que se ha identificado numerosas poblaciones del artrópodo.
Pero las nuevas instalaciones permitirán ir más allá y realizar inoculaciones experimentales en animales para evaluar diferentes enfermedades bajo diferentes perspectivas. Así, por ejemplo, la relación entre genética y enfermedades, como la encefalopatía espongiforme o la circovirosis porcina, el desarrollo de vacunas, o la relación entre nutrición y enfermedad. En esta última línea, detalla Domingo, «queremos desarrollar metodologías y sistemas para analizar el aparato digestivo del animal cuando es sometido a determinadas dietas».
Estos estudios tienen una especial relevancia en el contexto actual, tras la prohibición del uso de antibióticos como promotores del crecimiento. No ha sido «demostrado fehacientemente», según Domingo, que la causa de las resistencias de las bacterias sean debidas al uso de estos aditivos. «Puede haber más causas», señala el investigador, «pero es necesario poner orden y evitar su uso indiscriminado como aditivo en la dieta».
Ello pasa por encontrar una alternativa adecuada. Y es que, en algunas zonas, por ejemplo los países escandinavos, la consecuencia de la retirada de antibióticos como aditivos ha sido un aumento en los antibióticos recetados, así que en realidad no ha disminuido su uso sino que se ha trasladado la vía de administración. También en el caso de las granjas de conejos, la retirada de aditivos supone un problema en tanto que hay enfermedades difíciles de controlar.
En ese sentido, el uso de probióticos es una alternativa, pero «debe ser evaluada». «Siempre se mira si el animal engorda o no, pero no mucho más», lamenta Domingo. Uno de los proyectos que arrancarán en un futuro próximo en el CReSA persigue precisamente eso, saber qué modificaciones son críticas en la dieta y cómo se pueden medir.
Pero sobre todo, afirma el director del CReSA, «aspiramos a ser un centro de referencia que trabaje con un estricto control de calidad», siguiendo un protocolo que cubra requisitos como la «trazabilidad o la verificación del experimento». Para ello, parte del personal trabajará exclusivamente en ese control (de momento, dos personas en un equipo de 30). Detalles del protocolo son, entre otros, el uso de cuadernos de laboratorio detallados donde se refleja cuándo y cómo se hace todo, la verificación cada día del funcionamiento correcto de los equipos y una estricta confidencialidad.
Uno de los proyectos más interesantes que abordará el CReSA es el estudio genético de la circovirosis porcina, también llamada síndrome de adelgazamiento posdestete (PMWS). Este síndrome, asociado a la presencia del circovirus, suele darse alrededor de las ocho semanas de vida del animal y coincidiendo con el destete, de ahí su nombre. El origen de esta enfermedad, una de las más graves en los cerdos y con una alta incidencia en las granjas, no está demasiado aclarado. Sus síntomas son adelgazamiento, trastornos respiratorios y debilidad, entre otros. Los investigadores del CReSA han sido pioneros en comprobar que la circovirosis porcina es inmunosupresora. El último trabajo, publicado en agosto en la revista Journal of General Virology, analizaba muestras de tejidos y sangre de diferentes animales afectados y revelaban alteraciones severas como anemia, disminución del complejo CD8+, monocitosis o neutrofilia, entre otros. Todos los datos revelaban un funcionamiento severamente deficiente del sistema inmunitario.
«Salvando las distancias, se puede comparar al síndrome de inmunodeficiencia humano», explica Domingo. Lo que se propone el equipo del CReSA es descubrir si la genética otorga una mayor o menor susceptibilidad a la enfermedad, para lo cual van a cruzar diferentes razas de cerdos y reproducir experimentalmente la enfermedad, a fin de ver los niveles de incidencia en los distintos grupos resultantes. Hasta ahora se han hecho observaciones clínicas de que en algunas razas hay menos incidencia de la enfermedad pero, matiza Domingo, «son sólo observaciones que hay que verificar».
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