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El mal de las vacas locas

  • Última actualización: 14 de octubre de 2005

España, al igual que media Europa, lleva unos años enfrentándose a la crisis alimentaria más virulenta de los últimos tiempos. La causa es el llamado "mal de las vacas locas", una encefalopatía espongiforme de carácter transmisible capaz de superar la barrera de las especies. La crisis, originada en Gran Bretaña por el uso masivo de harinas cárnicas en alimentación animal, ha generado una enorme alarma social al tiempo que un despliegue científico sin precedentes para poner cerco al prion, el agente causal, y a sus mecanismos de transmisión.

El mal de las vacas locas

El llamado mal de las «vacas locas», o Encefalopatía Espongiforme Bovina (EEB), empezó a cobrar vida en 1986. Primero de forma inadvertida, luego de forma ya más generalizada, empezaron a detectarse en Gran Bretaña animales enfermos que presentaban alteraciones nerviosas manifiestas que culminaban con su muerte. El análisis al microscopio de su cerebro revelaba un aspecto que recordaba en mucho al de las esponjas. Nacía así el enigma de la EEB, una enfermedad que ha sido capaz de saltar la barrera de las especies.

Al tratarse de una enfermedad que afecta al sistema nervioso, produce cambios en el comportamiento de los animales. Por este motivo, el ganado vacuno, debido a la elevada presencia de sus carnes y productos derivados en el mercado y a las posibilidades de transmisión directa, se ha convertido en el de mayo riesgo para consumo humano. La enfermedad suele manifestarse en animales de dos o más años, en su gran mayoría vacas lecheras. Como medida de precaución, se ha restringido el consumo de su carne a animales menores de 30 meses.

Una vez que se conoció la enfermedad animal, y creyendo que se trataba de un proceso que sólo afectaba a animales, se describió una nueva enfermedad en el hombre en el año 1996 (nueva variante de la enfermedad de Creutzfeld-Jakob), que se ha asociado a la existencia de priones similares a los de vacuno. A partir de aquí, los consumidores perdieron su confianza en las autoridades sanitarias y rechazaron el consumo de carne y de productos cárnicos, mientras que las autoridades británicas procedían a desarrollar estudios que permitiesen conocer las causas de la nueva enfermedad y cómo controlarla.

El sistema de control más eficaz se evidenció en el consumo de harinas elaboradas con residuos de animales enfermos o portadores de priones. Es entonces cuando el gobierno británico prohíbe las harinas de origen animal para la alimentación de rumiantes en su territorio, pero permite su exportación a otros países, lo que provoca la diseminación del proceso a toda Europa.

A partir del mes de noviembre de 2000, la Unión Europea comienza a tomar conciencia del problema y se comienzan a aplicar medidas que eviten el consumo de las harinas animales. Este proceso se ha dado en toda Europa aún cuando se conocía el riesgo de su existencia en otros países e incluso, habiendo legislación concreta para evitar su diseminación. Así, en estos últimos años (desde 1994-1995) se han publicado diversas normas dirigidas a establecer las medidas de protección contra la enfermedad.

Entre el conjunto de normas, hay que destacar aquellas que afectan muy directamente a los productores de carne, prohibiendo el empleo de harinas animales en la alimentación de rumiantes, y a los mataderos, como filtros sanitarios, ya que establecen la obligatoriedad de separar y retirar de las cadenas alimenticias humana y animal los denominados Materiales Específicos de Riesgo (MER): cráneo, ojos, amígdalas, médula espinal de vacuno, ovinos y caprinos de más de 12 meses de edad, y el bazo de ovinos y caprinos de todas las edades.

No obstante estas medidas fueron burladas. Los ganaderos, consciente o inconscientemente, emplearon estas harinas en la alimentación del ganado, especialmente en los animales lecheros (los más susceptibles de padecer la enfermedad), y las autoridades agrarias no tomaron ninguna medida preventiva especialmente rigurosa en el control de la enfermedad. En consecuencia, la enfermedad se presenta como crisis alimentaria y ganadera a finales de 2000, situación en la que nos encontramos hoy.

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