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Alonso Rodríguez Navarro, biólogo molecular de plantas

«El sector público debe liderar la investigación en transgénicos»

La investigación vinculada a los alimentos transgénicos tiene claramente dos caras. De un lado, el desarrollo de aplicaciones comerciales, liderado por el sector privado, que se caracteriza sobre todo por la búsqueda de mejores rendimientos en cosechas o en producción animal. Del otro, emergente en el ámbito de la investigación pública, están empezando a surgir propuestas que persiguen favorecer el acceso a los alimentos. En esta línea se sitúa Alonso Rodríguez Navarro, investigador de la Universidad Politécnica de Madrid, a quien no le importa calificarse a si mismo como un trabajador del "alimento de los pobres". En su caso, el arroz.

El punto de partida es ambicioso. Ahí es nada tratar de contribuir a paliar el hambre en el mundo

La situación en el mundo es la que es y la técnica puede contribuir de algún modo a revertirla.

Cada vez hay más consenso sobre la necesidad de mejorar la producción de alimentos, desde la propia FAO a un número creciente de investigadores. Pero si se industrializa la producción de alimentos, sus precios disminuyen y, en consecuencia, se acaba limitando la producción en el mundo desarrollado. En los países pobres ofrecer más alimentos puede llevar a una situación contradictoria: aumenta la tasa de natalidad con lo que se acaba incrementando la demanda. Quiero decir que no basta con dar sólo alimentos, la cuestión es más compleja e intervienen otros factores como la educación, la sanidad... Ante esta complejidad, en una universidad o en un centro de investigación lo único que nos podemos imaginar como meta es atacar el problema de algún modo. En nuestro caso hemos optado por el arroz, el llamado alimento de los pobres.

¿Y qué se puede aportar en este terreno?

Nuestra investigación se centra en dos líneas complementarias. Una es el incremento de la producción y otra intentar que el medio ambiente resulte lo menos perjudicado.

¿Cómo se logra compatibilizar ambos objetivos?

Si uno quiere incrementar la productividad de arroz desde los 3.000 o 4.000 kilos por hectárea que se producen en algunos países asiáticos hasta los 8.000 del Valle del Guadalquivir o el Delta del Ebro, por ejemplo, lo más normal es emplear fertilizantes. Y eso, a medio plazo, como ya se ha visto, implica contaminar aguas superficiales y subterráneas, normalmente por un exceso de nitratos y nitritos. La fertilización puede sustituirse, o al menos minimizarse, optimizando el rendimiento vegetal.

¿Cómo abordan esta optimización?

Una fórmula es tratar de incrementar el índice de los vegetales tolerancia a aguas salobres. Es decir, emplear agua salada para riego. Normalmente las plantas no toleran altos niveles de sal. En términos generales, el agua de mar diluida 10 veces ya resulta intolerable para el riego. Nuestro trabajo consiste aquí en buscar los genes que codifican los transportadores de sodio en la planta y tratar de modificarlos para que la planta tolere mejor altas concentraciones salinas. Conseguir que la planta crezca normalmente con agua de mar, la más abundante en el planeta, es algo todavía imprevisible y que no creo que se resuelva antes de medio siglo. Pero alcanzar este objetivo para agua diluida un tercio podría conseguirse a 10 años vista.

¿Qué consecuencias tendría conseguir este hito para la agricultura?

Para un país como Filipinas, incrementar la producción de arroz hasta 400.000 hectáreas; y en Indonesia, entre uno y dos millones de hectáreas. Este incremento espectacular sólo tiene una explicación: aumentando la tolerancia salina pueden ganarse kilómetros de terreno cultivable en cualquier delta. Y esa ganancia se produce sin el empleo de fertilizantes ni tampoco empleando obstáculos físicos a la entrada de agua salada.

Su aproximación implica manipular genéticamente el vegetal. Por tanto, estamos hablando de transgénicos, unos productos que generan un cierto rechazo en la sociedad.

Me es difícil valorar esta cuestión. En efecto, existe una oposición frontal, cuando no boicoteo, a determinadas aplicaciones de los transgénicos desde organizaciones ecologistas y algunos sectores de la sociedad. Y más cuando los efectos de los pesticidas, por ejemplo, me parecen muchísimo más graves. En cualquier caso, considero que este tipo de presiones están teniendo un efecto secundario pernicioso, y es que se está reduciendo la inversión pública en este terreno. La garantía de que el probable efecto perjudicial que pudiera tener un producto de este tipo es tener un sector público fuerte. La mayor parte de la investigación ha sido llevada a cabo por empresas privadas. Su objetivo es, lógicamente, rentabilizar sus inversiones. Investigarán, en consecuencia, sólo en aquello que les pueda reportar beneficios. Es decir, en productos que alguien pueda comprar y eso sólo ocurre en Occidente.

Pero no es lo mismo investigar como mejorar la resistencia a un pesticida que la tolerancia a aguas salobres. ¿Influye esa diferencia de enfoque en la percepción pública?

Algo sí está cambiando. En el sector público hay muchos investigadores que están interesados en tratar de paliar este tipo de problemas y contribuir de alguna forma. Un número creciente de ellos se están interesando abiertamente por la investigación en enfermedades que carecen de importancia en el mundo rico pero que son extraordinariamente graves en los países en desarrollo. Esta opción, liderada desde el sector público, puede ayudar a cambiar esa visión negativa.

Decía antes que están tratando de compatibilizar mejoras de producción con un mayor respeto por el medio ambiente. ¿Cómo?

Si queremos incrementar la producción de alimentos, especialmente en cereales, la única forma pasa por echar fertilizantes en cantidades importantes. Una segunda línea de investigación que estamos desarrollando consiste en estudiar las asociaciones de unas bacterias que están en las raíces de unas leguminosas y que fijan el nitrógeno atmosférico. De la misma manera que el agua de mar es ilimitada en el planeta, el nitrógeno también lo es en la atmósfera. Si se pudiera incrementar la producción de plantas que pueden utilizar el nitrógeno atmosférico, sería una baza extraordinaria para reducir el uso de fertilizantes.

¿Qué tecnología emplean para conseguirlo?

Más que inventar cosas nuevas lo que pretendemos es mejorar lo que ya existe en la naturaleza. La fijación de nitrógeno en las raíces de las plantas comporta una pérdida importante de energía a través de un ciclo en el que se produce hidrógeno. En nuestro grupo estamos tratando de modificar los genes que reciclan ese hidrógeno de manera que la productividad se puede incrementar entre un 15 y un 25%, que ya sería mucho.

Hablamos de nuevo de manipulación genética.

En efecto, pero en este caso no es de la planta sino de la bacteria. Ésta es la que tiene la información para desarrollar el proceso y lo que se persigue es su optimización. Es decir, mejorar la capacidad de la bacteria para la fijación del nitrógeno.

¿En qué punto se encuentra esta línea de investigación?

Está bastante avanzada. Es probable que dispongamos de cepas bacterianas que reciclen el hidrógeno y que ganen una parte importante de la energía que la planta le da a la bacteria y que ésta emplea para fijar el nitrógeno. En esta línea, por otra parte, partimos de una base de conocimiento mucho mayor. Hay mucha más información en el mundo en lo que refiere a fijación del nitrógeno que en el uso de aguas salobres.

Probablemente porque la manipulación genética de bacterias está ya muy abonada.

No es tanto este factor, que es ciertamente importante, como al mayor conocimiento. Ahora mismo la fisiología de la planta anda como veinte años por detrás de la animal. Además, las bacterias son un objeto de estudio recurrente. El problema de la aplicación de las técnicas de biología molecular a las plantas en el área del uso del agua, es que precisa de un amplio conocimiento de su fisiología. Ello quiere decir que mucha de nuestra investigación, aquí y en todo el mundo, es fisiología pura, es decir, primero conocer los problemas de la planta y luego tratar de corregirlos. La investigación en células animales y en bacterias va algunos años por delante.

'MORIRSE DE HAMBRE NO ES TANTO FALTA DE ALIMENTOS COMO TENER ACCESO A ELLOS'

"Esta es la situación en el mundo". Así arranca Alonso Rodríguez Navarro cuando se le cuestiona por las motivaciones íntimas que guían las líneas de investigación que dirige actualmente en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Agrónomos (Universidad Politécnica de Madrid). Su primer reflexión es de carácter numérico: "Cada día mueren 25.000 personas de hambre en el mundo", recita. Y si mueren, apostilla, no es tanto por la falta de alimentos como por el acceso. Es, por tanto, un problema de distribución en el que, por añadidura, se da la paradoja de que cerca del 30% de los cereales que se producen en el mundo es para dar de comer a unos animales que se consumen mayoritariamente en el mundo desarrollado. "Los pobres", dice, "no comen carne ni leche ni huevos". La consecuencia de este desequilibrio es bien conocida. Hay más de 2.000 millones de personas afectadas por problemas derivados de la malnutrición a causa de deficiencias vitamínicas o minerales. Pero hay otra consecuencia, que a juicio del investigador, define un contexto "muy complicado y lleno de contradicciones" en el que se acaba asumiendo la guerra y el consumo desaforado en contraste con situaciones de extrema pobreza. A estas contradicciones no son ajenas ni los transgénicos vegetales ni el papel que están jugando las partes interesadas. La reciente publicación del genoma del arroz y los intentos de conseguir una variedad rica en vitamina A y oligonutrientes, es una prueba palpable de ello. El primer genoma fue dado a conocer por una empresa, Monsanto, que cede su uso a universidades y centros de investigación tras la firma de un convenio en el que tan sólo exige, además de una contraprestación económica, reconocer la autoría de genes o aplicaciones derivadas del uso de su base de datos. Mientras algunas empresas han optado por este cambio de enfoque en cuanto a la disponibilidad de su información y facilitan investigaciones en apariencia poco rentables, organizaciones ecologistas se muestran radicalmente en contra de cualquier manipulación genética incluso si su destino es favorecer países en desarrollo. Es una contradicción que, a juicio de Rodríguez Navarro, sólo podrá superarse mediante un sector público "fuerte" que lidere y controle este tipo de investigaciones.




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