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El impacto de las nuevas etiquetas de los OGM

Desde el 19 de abril, todos los productos modificados genéticamente o que los incorporen en su composición deberán advertirlo en la etiqueta

  • Autor: Por MERCÉ FERNÀNDEZ
  • Fecha de publicación: 20 de abril de 2004

La nueva normativa europea sobre trazabilidad y etiquetado para los transgénicos persigue garantizar la libertad del consumidor a escoger, así como controlar la evolución de organismos modificados genéticamente de origen vegetal destinados a su comercialización. Pero para cumplir esos objetivos, las diferentes administraciones y laboratorios europeos se enfrentan a nuevos retos. Los principales son de orden tecnológico y de cumplimiento.

El pasado febrero, un estudio del British Food Journal firmado por Mark Partridge y Denis Murphy de la Universidad de Glamorgan (Gales), revelaba que una parte importante de la comida orgánica del mercado británico tenía trazas de soja transgénica. La peor parte de la noticia era que ocho de los diez productos contaminados estaban certificados como libres de transgénicos por organizaciones como la Soil Association, si bien la contaminación era mínima -de 0,1% al 0,7%- pero se ponía de relieve las dificultades en el control de la ruta que siguen los transgénicos en el mercado.

Evitar esto es lo que persigue la nueva normativa sobre trazabilidad y etiquetado, que se aplicará desde ahora y paralelamente a la derogación de la moratoria sobre transgénicos. Los objetivos generales persiguen, entre otras cosas, garantizar la libertad de elección del consumidor, evaluar los posibles efectos sobre el medio ambiente de los transgénicos (en el caso de plantas, por ejemplo) y seguir a lo largo de toda la cadena de producción y distribución los alimentos en previsión de un imprevisto riesgo para la salud humana.

Para que la normativa funcione deben definirse métodos validados de detección de transgenes Ello implica una compleja red de información que cubre todos los operadores y etapas del mercado: qué está modificado genéticamente y qué no, su procedencia y destino, si se aplicará a alimentación humana o animal, e información especifica de qué modificación genética se ha hecho. Un código de nueve dígitos alfanuméricos es lo que identificará al producto biotecnológico en el etiquetado. Este sistema europeo de codificación estará vinculado con la base de datos Biotrack de la OECD, así como con la Biosafety Clearinghouse impulsada en el protocolo de Cartagena, de forma que se garantice que no hay duplicaciones en los códigos.

Este es, en líneas muy parcas, el nuevo marco. Un beneficio incuestionable es que el consumidor podrá decidir libremente. Pero que esto funcione depende en gran medida de la transparencia en la información y de la capacidad de análisis y monitorización, y de la disponibilidad de métodos validados de detección de transgenes (los genes insertados), sin los cuales la trazabilidad no pasaría de ser buenas intenciones.

Validación de métodos

Es lo que están haciendo de forma coordinada el Instituto de Salud y Protección al Consumidor (IHCP en sus siglas originales), la Red Europea de Laboratorios de OGM (ENGL) y el Joint Research Centre (JRC), que prepara muestras y las envía junto con el protocolo de análisis a la red de laboratorios, para después recoger los datos y comprobar si los resultados coinciden con el contenido real de las muestras. Una vez validado un método, es propuesto al Comité Europeo de Normalización.

El desarrollo de estos protocolos no es baladí. Cuando en mayo del pasado 2003 se desató en el Reino Unido el escándalo de las proteínas «PCR-negativas», es decir, indetectables -PCR (polimerasa chain reaction) es el test que se utiliza para detectar la presencia de ADN específico- se hicieron evidentes las carencias en este sentido. En aquella ocasión, varias partidas de carne de pollo a las que se había inyectado proteínas hidrolizadas de vacuno dieron resultados discrepantes en diferentes laboratorios. ¿Cómo era posible que en un laboratorio detectaran el ADN de vacuno en el pollo y en otro el resultado fuera negativo? La respuesta estaba en la diferencia de protocolos usados.

Otro problema en el desarrollo de protocolos tiene que ver con el tiempo. «Detectar transgénicos es difícil actualmente porque hay que saber qué se está buscando», explica el británico Derek Matthews, un biológo molecular del Instituto Nacional de Botánica Agrícola. Se necesita saber, entre otras cosas, qué secuencias genéticas flanquean el ADN añadido o la secuencia del propio transgen añadido. Esta información ha de ser facilitada por las empresas que han desarrollado el producto, pero éstas son reacias por el miedo a que otras compañías copien la tecnología, y suelen esperar hasta el último momento. Lo que afecta indefectiblemente a la posibilidad de desarrollar con suficiente antelación el método de detección.

No menos importante es la preparación de muestras de productos muy procesados, ya que cuanto más procesado está el producto, más difícil es detectar el ADN. No es lo mismo detectar material genético en una semilla que detectarlo en el aceite de esa misma semilla.

Preparación de muestras

Otro punto crucial es la preparación de muestras. Por ejemplo, ¿cómo se analiza un cargamento de varias toneladas de semillas o cereales? ¿O cuántas semillas se toman de varios sacos? Esto es especialmente relevante en el caso que hubiera que confirmar que el cargamento en cuestión está libre de transgénicos o que no tiene más de un 0,5% de contaminación accidental.

Por lo general, afirman Simon Kay y Claudia Paoletti, del IHCP europeo, se asume que «la contaminación sigue una distribución randomizada» lo que es «muy probablemente falso». Los investigadores explican en un informe realizado para la Comisión europea, que una cantidad de material particulado tiene un nivel de heterogeneidad que hay que tener en cuenta, ya que afectará a la exactitud del resultado analítico.

Otras limitaciones tienen que ver con el hecho de que para un análisis se necesita un nivel mínimo de copias de ADN (y que a menos material genético presente en la muestra, mayor probabilidad de error) o con el riesgo de contaminación de las muestras. Si en el proceso de análisis la muestra se contamina con ADN procedente de otra fuente (del propio analista, pongamos por caso, o de otra muestra), al procesar la muestra para obtener más copias del ADN diana también se estarán obteniendo más copias del ADN intruso. La forma de contrarrestar es desarrollar protocolos precisos que prevean esos riesgos.

En esa línea se mueven dos proyectos de investigación, KeSTE y KeLDA, del JRC. En el primero se ha abordado el desarrollo de un programa informático que ayuda a evaluar y preparar las muestras; el segundo es un proyecto en el que participa Red Europea de Laboratorios de OGM (ENGL) y que supone el primer paso para evaluar la distribución real de transgénicos en los cargamentos de soja que importan los estados miembros de la UE. Este proyecto aportará modelos estadísticos que ayudarán a la toma de muestras. Será, además, el primero que aporte datos reales de un producto dominante en el mercado europeo de transgénicos.

TRAZABILIDAD MÁS ALLÁ DE EUROPA

La trazabilidad de los productos biotecnológicos también se contempla en el Protocolo de Cartagena y en el Codex Alimentarius OMS-FAO. Además, cualquier producto que se introduzca en Europa de países terceros debe cumplir con la normativa de etiquetado. A este nivel, la trazabilidad suscita dudas importantes. Uno de ellos es el coste económico que puede suponer para los diferentes países, especialmente los que disponen de menos recursos. Era lo que planteaba Brasil y China en la última reunión del comité del Codex Alimentarius, el pasado verano en Japón.

Desde otro orden de cosas, la vinculación de la trazabilidad con el principio de preservación de la biodiversidad del Protocolo de Cartagena, su uso como garantía de información y como elemento clave en la gestión de riesgos, son aspectos en los que la mayoría de países coinciden.




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