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Estrategias razonables para mejorar la dieta infantil

El 37% de los niños de 6 a 9 años australianos ingieren más grasas, y de peor calidad, que lo que recomiendan las autoridades sanitarias

Imagen: opclibra

Que la obesidad infantil se ha convertido en una prioridad sanitaria en todos los países occidentales ya no es nuevo. Ahora la cuestión es cómo invertir la tendencia. Cambiar drásticamente un estilo de vida y unos hábitos dietéticos asentados en millones de niños no es realista, así que hay que optar por intervenciones razonables, aseguran los expertos.

«No está claro cuál es la dieta óptima para reducir la ingesta de calorías de forma segura y efectiva en niños», recuerda la investigadora Rebecca Gehling, en un trabajo que se acaba de publicar en la revista Journal of Paediatric Child Health. La grasa es el factor determinante en la aportación energética, por lo cual la estrategia más lógica debería ir en ese sentido: reducir la grasa.

Gehling, del Departamento de Nutrición de la Universidad de Flinders (Australia), ha dirigido una investigación en la que se ha comparado la dieta real de niños de 6 a 9 años. El estudio parte de los datos recogidos en 1995 en la Encuesta Nacional de Nutrición australiana, que recoge la realidad dietética de los diferentes grupos de población de ese país.

Según los datos de la encuesta, el 37% de los niños de 6 a 9 años australianos participantes en aquella encuesta adquieren de las grasas más del 35% de la energía de su dieta diaria. De ellos, un 43% ingieren más del 15% de energía en forma de grasa saturada. Estas cifras superan la recomendación de las autoridades sanitarias, según la cual entre un 25% y un 30% de la energía ingerida debe provenir de las grasas y no más de un 10% debe ser de grasas saturadas.

Más grasa y energía, menos comida

El grupo de alto consumo de grasas no come más sino que consume 140 gramos menos que el grupo de bajo consumo de grasas Los investigadores han identificado dos tendencias o grupos. Un primero es el de alto consumo de grasas, un grupo con una tendencia «de riesgo» que ingiere entre el 35% y el 45% de la energía en forma de grasa. El segundo es el de bajo consumo en grasa, que ingiere entre el 23% y el 27% de su energía en forma de grasas. El estudio no establece diferencias de peso ni altura entre ambos grupos, porque el objetivo no es hallar relaciones de causa-efecto, sino comparar patrones alimentarios. Si se identifican los alimentos que marcan esa diferencia, afirma el equipo, será más fácil elaborar unas recomendaciones para las familias.

¿Qué difiere entre ambos grupos? Lo primero, y ciertamente llamativo, es que el grupo de alto consumo de grasas no come más. Al contrario: consume 1.570 gramos diarios de comida, 140 gramos menos que el grupo de bajo consumo de grasas (con 1.711 gramos) y sin embargo ingieren 1.100 kilojulios más de energía. Más diferencias. El grupo de alto consumo en grasas («alto en grasas» para abreviar) consume menos vitamina C, aunque más fósforo y más calcio que el grupo «bajo en grasas». Este último, en cambio, tiene un consumo de calcio demasiado bajo (hasta el 74% de ellos no llega a la cantidad diaria recomendada de calcio).

Por grupos de alimentos, el consumo de lácteos, alimentos con cereales y barritas de snacks es más elevado en el grupo «alto en grasas». En cambio, este mismo grupo consume menos cantidad de pan, cereales, frutas, refrescos y zumos. No se han hallado más diferencias significativas, excepto el hecho de que el grupo «alto en grasas» obtiene hasta tres veces más energía de vegetales (lo que incluye verdura, pero también platos como patatas fritas caseras o coliflor con queso, cuyo principal componente es vegetal), así como de carne y similares (pollo, pescado, salchichas y huevos, entre otros).

Las recomendaciones, dicen los investigadores, deberían apuntar a esos grupos de alimentos. Así, aconsejan, entre otras cosas, la reducción de productos lácteos (el helado y el queso una vez cada tres días; los otros días optar por yogures y buscar opciones con menos grasa), limitar el zumo a 150 mL al día, incentivar el consumo de agua, reemplazar los snacks de cereales por pan, cereales o fruta y cambiar, en los platos cocinados, las patatas fritas caseras por patatas cocidas o hervidas. Tan sólo con reducir los alimentos basados en cereales (snacks), cambiar a lácteos con menos grasa y poniendo el agua como bebida prioritaria, se puede conseguir, afirman, el mayor impacto en la reducción de ingesta de grasa y energía.

NIÑOS OBESOS CON RIESGO CARDIOVASCULAR

El problema no está sólo en los kilos. Muchos niños obesos tienen perfiles lipídicos que apuntan a un riesgo prematuro de enfermedad cardiovascular, según un estudio que se ha presentado en el VI Congreso que realizó en Washington la Sociedad Americana de Cardiología o (American Hearth Association, AHA) sobre arterioesclerosis, trombosis y biología vascular. Hallar esos trastornos y saber si están vinculados a hábitos culturales y alimentarios o a otras razones es el paso previo a la prevención.

«Es urgente transmitir la importancia de prevenir las enfermedades cardiovasculares en la infancia», dice Daniel Preud'Homme, profesor de la Universidad del Estado de Wright (Estados Unidos) y autor del estudio. El resultado «inesperado» del estudio es que los niños obesos blancos tienen un riesgo mayor de enfermedad cardiovascular que los niños obesos negros. Los niveles más bajos del colesterol HDL se han hallado en el 46% de los niños blancos (lo que representa un mayor riesgo) frente al 29% de los niños negros; los niveles más altos de colesterol VLDL se han hallado en el 62% de los niños blancos, frente al 31% de los niños negros.

El trabajo, se realizó sobre 160 niños con obesidad mórbida y con una edad media de 12 años, de los cuales el 30% eran negros, y el 70% blancos, hispanos, asiáticos o nativos americanos. Los investigadores analizaron el colesterol HDL (de las siglas en ingles de lipoproteínas de alta densidad) o colesterol «bueno» -llamado así porque vuelve al hígado donde puede ser eliminado-, el colesterol de baja densidad o LDL y el colesterol de muy baja densidad o VLDL, que bloquean las arterias e incrementa el riesgo cardiovascular. También se ha medido los tamaños de las partículas de lipoproteínas (cosa que se puede hacer con técnicas de resonancia magnética) porque las partículas más pequeñas del LDL se han asociado con un mayor riesgo cardiovascular.


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