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Mercurio en pescado

Las especies más proclives al cúmulo de toxinas son, además del tiburón, el pez espada o emperador, los atunes, bonitos y caballas

  • Autor: Por JORDI MONTANER
  • Fecha de publicación: 6 de febrero de 2007

Que el consumo de pescado protege la salud cardiovascular está ya fuera de toda duda; ensayos clínicos han corroborado las propiedades de la carne y los aceites de pescado, ricos en ácidos omega-3, proteínas y vitaminas. Por si fuera poco, abundan también los minerales, aunque puede que algunos estén de más. Un estudio estadounidense demuestra que el consumo de pescado contaminado con mercurio por parte de mujeres embarazadas puede dar lugar a lesiones fetales.

¿Deben las futuras mamás sustituir las hamburguesas por el pescado? Sí, pero no. Típica respuesta de todo nutricionista responsable, habida cuenta que el peligro de una sobrecarga calórica por parte de las primeras puede no ser nada comparado con el riesgo de toxicidad por mercurio, con niveles cada vez más preocupantes detectados en especies de pescado de consumo habitual. ¿Qué hay que hacer? De entrada, comer un poquito menos de todo y optar por la variedad. Salvo en el caso de los pacientes con trastornos de la conducta alimenticia (anorexia y bulimia), nos caracterizamos unos y otras por primar la cantidad en el plato en detrimento de la calidad. Los clínicos, por otra parte, han desbaratado la creencia popular de que las embarazadas deben «comer por dos».

Cúmulo de sustancias

Aun así, a la hora de comer pescado bueno es conocer lo que la contaminación del mar se trae consigo. Aquí no valen cambios climáticos ni etapas evolutivas. El mar, nuestro mar, anda convertido en un vertedero y es sólo por culpa de una actividad humana irresponsable. No es sólo que los niveles de metil mercurio acumulados en los tejidos de los organismos marinos clamen al cielo, sino que las dioxinas y los bifenilos policlorados (BPC) suben enteros de un año a otro. La cadena alimenticia marina ocasiona que las especies más predadoras, como los tiburones, acumulen siempre los niveles más tóxicos.

A modo de paradoja, la cadena de televisión de la National Geographic Society recuerda en su publicidad que en el mundo ya hay más gente que muere por haber comido tiburón que por haber sido comida por un tiburón. Fei Xue y colaboradores, de la Universidad de Harvard (Boston, Massachusetts) decidieron reclutar a 1.024 mujeres entre la semana 15 y la 27 de embarazo. Los investigadores averiguaron qué cantidad de pescado consumieron estas mujeres durante el periodo estudiado y demostraron que quienes habían consumido más frutos del mar revelaron una mayor concentración de mercurio medida en el cabello. Los niveles detectados oscilaron entre 0,01 y 2,5 μg/g. Quienes consumieron pescados enlatados (en conserva) mostraron siempre los niveles más elevados. Se dio la circunstancia que 44 mujeres dieron a luz de forma prematura (antes de la semana 35 de la gestación), y todas mostraron niveles de mercurio en el cabello por encima de 0,54 μg/g.

Este estudio motivó que a finales del 2006 las autoridades federales estadounidenses revisaran la necesidad de aconsejar o desaconsejar el consumo de pescado en la población general. Puestos a hacer estadística, se comprobó que el riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares como consecuencia de comer demasiado poco pescado era mayor al de padecer cáncer o sufrir malformaciones fetales por tomar demasiado. Así las cosas, el debate quedó en una ligera ventaja a favor del consumo de pescado, con la advertencia explícita de rehuir las especies más proclives al cúmulo de toxinas: además del tiburón, el pez espada o emperador, los atunes, bonitos y caballas.

Advertencia europea

En Europa, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA, en sus siglas inglesas) fijó un umbral de riesgo (1,6 nanogramos/kg de peso corporal a la semana) y lanzó un aviso especial a las madres de bebés lactantes y niños de corta edad, ya que el metil mercurio puede afectar al desarrollo neuronal de los fetos y también de niños en las primeras etapas de crecimiento. La EFSA recuerda que el metil mercurio orgánico puede constituir más del 90% del mercurio total identificado en pescados y mariscos.

También, que las especies depredadoras de gran tamaño son a menudo migratorias y no es posible excluir pescado de aguas particulares donde el historial de los niveles de contaminación por mercurio pudieran ser elevados. Señala también la Autoridad que otros alimentos que contienen mercurio (no en la forma metil mercurio de los peces) suponen una menor preocupación y se consideran de riesgo menos elevado. Añade que las mujeres que podrían quedarse embarazadas, las mujeres que están embarazadas o las mujeres que son lactantes no deberían comer más de una pequeña porción (menor de 100 gramos) a la semana de pescado proveniente de las especies predadoras antes citadas. Para el atún se permiten dos porciones semanales.

Una potente neurotoxina

El mercurio es una potente neurotoxina que ocasionar pérdidas sensoriales, temblores, déficit de coordinación muscular, problemas en el habla, capacidad auditiva y problemas visuales. El mercurio metilado se enlaza con átomos de carbono e hidrógeno. El no metilado, en cambio, se une a un átomo de carbono y a otro de azufre, y se cree que de este modo es menos probable que sea metabolizado por nuestro organismo. La toxicidad del mercurio depende, por tanto, de su forma química, y los síntomas y signos varían según se trate de exposición al mercurio elemental, a los compuestos inorgánicos del mercurio o a los orgánicos (en particular los compuestos de alquil mercurio, como sales de metil mercurio y etil mercurio, y el dimetil mercurio).

El metilmercurio es un neurotóxico que traspasa con facilidad la barrera placentaria y la barrera hermatoencefálica; de ahí lo preocupante de la exposición durante el embarazo. Un ejemplo de liberación directa de compuestos orgánicos de mercurio es el caso de envenenamiento por metil mercurio en la bahía Minamata (Japón) en los años 50, cuando se vertieron en el mar subproductos orgánicos de mercurio como resultado de la producción industrial de acetilaldehído. También se conocen casos de envenenamiento en Irak, debido a que las semillas de trigo utilizadas para preparar pan habían sido tratadas con un recubrimiento fitosanitario a base de compuestos inorgánicos de mercurio. Hay, además, investigaciones recientes que demuestran que en los vertederos de desechos urbanos y las plantas de tratamiento de aguas residuales.

MINAMATA EN LA MEMORIA

La enfermedad de Minamata es un síndrome neurológico grave y permanente causado por un envenenamiento por mercurio. Los síntomas incluyen ataxia, alteración sensorial en manos y pies, deterioro de los sentidos de la vista y el oído, debilidad y, en casos extremos, parálisis y muerte. El reportero gráfico W. Eugene Smith atrajo la atención del mundo hacia la enfermedad de Minamata, denominada así en honor a la bahía japonesa en la que se detectó el primer brote, relacionado con un vertido industrial. En 1956, el año en que se detectó el brote, murieron 46 personas. Las mascotas y los pájaros del lugar mostraban síntomas parecidos. Al franquear la década de los 60 se habían identificado ya 111 víctimas mortales, sumadas a los más de 400 casos con problemas neurológicos graves. Madres que no presentaron ningún síntoma preocupante durante su embarazo dieron a luz niños gravemente enfermos.

En 1968, el gobierno japonés anunció oficialmente que la causa de la enfermedad era la ingestión de pescado y de marisco contaminado de mercurio por los vertidos de la empresa petroquímica Chisso. Se calcula que entre 1932 y 1968 aquella empresa vertió a la bahía unas 81 toneladas de mercurio. Pese a lo claro del origen de la enfermedad, las víctimas no fueron indemnizadas hasta 1996. Hasta el 2001 se habían diagnosticado en Japón 2.955 casos de la enfermedad de Minamata. De ellos, 2.265 habían vivido en la zona gravemente contaminada. Los pacientes pueden solicitar aún compensaciones económicas y ayudas para los gastos médicos.




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