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En los próximos días se sabrá el alcance real de la enfermedad y se confirmará la sospecha que sitúa su origen en un laboratorio de investigación animal
Para determinar si el brote de fiebre aftosa detectado en el Reino Unido va a tener consecuencias graves va a ser necesario aguardar al menos dos semanas. Este es el tiempo medio de incubación de una enfermedad vírica que, aunque no causa problemas de salud humana, puede afectar negativamente a la ganadería en su conjunto y, como efecto rebote, al comercial y a amplios sectores económicos por la restricción en el movimiento de personas y mercancías.
- Imagen: Jordi Pareto -Poco ha trascendido, oficialmente, del brote de fiebre aftosa que durante el pasado fin de semana se detectó en una granja de Surrey, al sur de Inglaterra. Sobre el origen del foco, las autoridades sanitarias británicas han insinuado una posible «causa humana», accidental o deliberada, con el epicentro situado en un laboratorio de investigación veterinaria en Pirtbright, muy cerca de la granja donde se identificaron los primeros animales enfermos. Sea cual sea el origen, han declarado fuentes sanitarias del Reino Unido, la prioridad actual es «evitar la propagación de la enfermedad, controlarla en sus focos actuales y erradicarla». En la medida de lo posible, de lo que se trata es de evitar las pérdidas multimillonarias que ocasionó la enfermedad en 2001 en ese mismo país: unos 10.000 millones de libras en pérdidas por la caída del consumo de carne y las restricciones de movimientos, amén del sacrificio de unos 10 millones de animales.
Las primeras medidas adoptadas por el gobierno británico han permitido identificar y aislar los focos primarios ?dos laboratorios veterinarios, uno público y otro privado; y una granja-, establecer medidas de control en el perímetro inmediato de los focos (unos tres kilómetros) y de restricción de seguridad (extendida hasta los 10 kilómetros); han procedido al sacrificio de las reses afectadas (poco más de un centenar); han identificado la cepa vírica responsable (al parecer, la misma que originó un brote en 1967); y se han tomado las medidas necesarias para que ningún animal ni producto derivado salga del país y, con respecto a los que habían salido, determinar su inmovilización. Así se ha hecho, por ejemplo, con partidas localizadas en Andalucía y Cataluña, donde se han inmovilizado unas 3.000 reses.
La adopción inmediata de medidas restrictivas en el Reino Unido y en la UE podrían acotar el brote de fiebre aftosa a unos pocos animales e instalaciones A diferencia de lo ocurrido con el brote de 2001, la intervención del gobierno británico y de las autoridades sanitarias europeas ha sido inmediata. En el brote anterior, el gobierno liderado por Tony Blair tardó tres días en tomar unas primeras y tímidas medidas, y casi una semana hasta acotar el problema geográficamente. El virus, de unos 10 días de incubación, ya se había extendido, y las zonas ganaderas del noreste y el sur de Inglaterra tuvieron que hacer frente a medidas drásticas. La más evidente, aunque no la única ni la más trascendente económicamente, la inmovilización y posterior incineración de miles de animales, especialmente ovejas, cerdos y vacas.
En cualquier caso, fue el sector ganadero en su conjunto el que sufrió las consecuencias. Y, en paralelo, las líneas de distribución y comercialización de carne y productos lácteos, incluido el mundo de la restauración. Por su parte, el consumo, pese a la inexistencia de riesgo para la salud humana, decayó hasta situarse en límites históricos.
Por otro lado, la extensión de la epidemia animal obligó a tomar medidas preventivas en las aduanas y en las fronteras, lo que dificultó enormemente el tráfico de personas y mercancías, además de afectar al sector turístico. Muchos consumidores recuerdan todavía las imágenes de camiones de transporte siendo desinfectados en espacios habilitados ex profeso en los pasos fronterizos.
A la falta de respuesta inmediata de las autoridades sanitarias británicas se le sumó una actitud dubitativa de Europa y la negativa del sector ganadero a vacunar a los animales alegando riesgos potenciales de salud animal y unos «más que seguras» pérdidas económicas, según puede leerse en la prensa de entonces.
La respuesta para el brote actual ha sido radicalmente distinta: Bruselas ha reaccionado a los pocos días prohibiendo la exportación de productos cárnicos y lácteos procedentes del Reino Unido, los países miembro de la UE han detectado prácticamente en cuestión de horas los productos que se habían importado y el sector ganadero tiene a su disposición ni más ni menos que 300.000 dosis de vacunas destinadas al ganado.
La situación en España, según fuentes del Ministerio de Agricultura, está «bajo control». El ministerio estima que entre junio y julio se han importado unos 3.000 animales ingleses. Las inspecciones ordenadas por la Generalitat en 48 explotaciones catalanas y por la Junta de Andalucía en su territorio, descartan la presencia de animales enfermos. Lo mismo se espera que ocurra con las inspecciones que se están efectuando en explotaciones ganaderas de Asturias.
En el caso que se detectara un brote, por nimio que fuera, se pondrían en marcha los protocolos de actuación diseñados. Esto es, identificación de la cepa, aislamiento de los animales y de las instalaciones y delimitación preventiva de áreas de influencia. En paralelo, las autoridades españolas deberán decidir si los animales deben someterse o no a vacunación, extremo que levanta todavía polémica pero que se entiende, cada vez más, como un mal necesario.
A la espera de saber cuál es la evolución de la enfermedad y si las medidas restrictivas han tenido efecto, buena parte de las pesquisas se centran ahora mismo en identificar el verdadero foco del brote y, de confirmarse las sospechas, esclarecer cómo ha sido posible su difusión.
Si bien en los primeros días se creyó que dos granjas localizadas en Surrey eran las culpables del brote, la investigación llevó de inmediato a dos laboratorios que trabajan en investigación en salud animal, uno público, localizado en Pirtbright, a escasos kilómetros de las granjas, y otro privado (cuyo nombre no ha trascendido), ubicado en la misma zona.
En el primero de ellos hay equipamientos del Instituto de Salud Animal británico y de la farmacéutica Merial, productora de vacunas. Las investigaciones hechas públicas hasta la fecha señalan la posibilidad de que un error humano en la manipulación o un problema técnico en el sistema de producción, habría podido provocar la liberación de la cepa vírica al medio. Ambas posibilidades podrían haber sido accidentales, aunque nadie descarta oficialmente que pudieran ser deliberadas. En cualquier caso, si se sabe que Merial cuenta con un reservorio de unos 10.000 litros destinado a la producción de vacunas que contienen la cepa identificada en los animales enfermos. Esta cepa, curiosamente, apenas se encuentra en el medio ambiente, aunque fue la responsable de un gran brote de fiebre aftosa en el Reino Unido en 1967.
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