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Deporte, alimentación y enfermedades cardiovasculares

Evitar el sedentarismo, el abuso de hábitos tóxicos y llevar cabo una dieta sana es fundamental para reducir el riesgo de dichas enfermedades

  • Última actualización: 24 de marzo de 2009

Todas las personas, sobre todo las que tienen factores de riesgo cardiovascular, deberían seguir un estilo de vida saludable. Para ello, es muy importante dedicar una parcela de tiempo a cuidar el propio cuerpo, principalmente mediante la realización de ejercicio físico. Así mismo, los hábitos alimentarios ocupan un lugar destacado; debe seguirse una dieta sana, según los criterios de alimentación equilibrada, evitando el sobrepeso y la obesidad. Por último, es bien conocido que una vida cardiosaludable no es compatible con el consumo de tabaco.

Beneficios de la actividad física
Es ampliamente aceptado que la práctica regular de ejercicio físico previene la aparición de la enfermedad cardiovascular. Incluso, en personas ya diagnosticados de una enfermedad cardiaca, el ejercicio físico controlado y programado permite mejorar la calidad de vida y la supervivencia. El ejercicio físico practicado regularmente permite reducir el peso corporal, aumentar el colesterol HDL ("colesterol bueno"), reducir los triglicéridos sanguíneos, mejorar la circulación, favorecer el control de la tensión arterial e incrementar en el individuo la sensación de bienestar. Aunque los deportes son muy practicados durante la infancia, es muy frecuente que las personas no realicen ejercicio físico en la edad adulta. El trabajo, el estrés, las obligaciones familiares, la ocupación del tiempo libre en actividades sedentarias...., hacen que no se practique ningún tipo de deporte. Es necesario por tanto educar desde la infancia hacia una vida activa físicamente para luego mantenerla en la edad adulta.

Alimentación "cardiosaludable"
La alimentación juega un papel muy importante tanto en la prevención como en el tratamiento de este tipo de enfermedades, mediante la promoción de una dieta equilibrada y saludable en la población general y el tratamiento de factores de riesgo asociados como la hipertensión arterial, los niveles alterados de lípidos en sangre -hipercolesterolemia e hipertrigliceredemia-, la obesidad y diabetes.
La calidad de la grasa, fundamental
Además del ajuste calórico para conseguir un peso adecuado, se ha de controlar la calidad de la grasa de la alimentación, reduciendo el aporte de alimentos ricos en grasa saturada (lácteos completos, carnes semigrasas y grasas, fiambres, embutidos, foie gras y patés, nata, mantequilla, repostería industrial con aceites de coco o de palma...). La grasa poliinsaturada, del tipo omega 3, presente en ciertos alimentos (pescados, aceites de semillas, frutos secos) a diferencia de la anterior manifiesta un efecto protector puesto que disminuye la viscosidad de la sangre, el colesterol total y los triglicéridos sanguineos, reduciendo así el riesgo de formación de trombos y, la grasa monoinsaturada, cuyo principal representante es el aceite de oliva (también presente en el aguacate y las nueces en cantidades importantes) posee también un efecto beneficioso al aumentar el llamado buen colesterol (HDLc) y evitar la alteración (oxidación) del llamado colesterol malo (LDLc), principal responsable de la formación de placas en venas y arterias (aterosclerosis).
Los antioxidantes, potentes aliados...
Así mismo, es preciso aumentar el consumo de alimentos ricos en antioxidantes; vitamina C, vitamina E, provitamina A, cinc, selenio y compuestos fitoquímicos (sobre todo en alimentos vegetales) pues las líneas de investigación más recientes corroboran la capacidad que tienen estas sustancias de reducir o impedir la oxidación de las partículas grasas y su posterior acúmulo en las paredes de los vasos sanguineos.
Hidratos de carbono. La ingesta de cantidades elevadas de azúcares simples (azúcar y dulces) se asocia con niveles elevados de triglicéridos plasmáticos y disminuidos del llamado buen colesterol (HDLc).
La fibra también ayuda...
También se sabe que la fibra que contienen ciertos alimentos (frutas, legumbres, ciertas verduras y algas...) tiene la facultad de captar sustancias a nivel intestinal impidiendo su absorción, entre ellas el colesterol.
Ojo con la sal...
La fuente principal de sodio en la alimentación es la sal, por lo que será necesario reducir paulatinamente la sal que se utiliza en las cocciones y en la mesa por su relación con niveles elevados de tensión arterial y retención de líquidos. También se ha de moderar el consumo de alimentos ricos en sodio (aceitunas, quesos curados...) y de aquellos a los que se ha añadido mucha sal durante su elaboración (embutidos, conservas, cubitos para caldo, frutos secos salados, purés instantaneos, patatas fritas...).




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