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Muchas familias obtenían en un mes de trabajo los ingresos suficientes para vivir durante medio año
La vendimia francesa ha dejado de desencadenar la gran migración laboral que durante las décadas de los 70 y 80 vivía España. En aquellos años, en torno a 70.000 personas abarrotaban en los últimos días de agosto las estaciones de ferrocarril o cruzaban la Península en autobuses, furgonetas y coches particulares con destino al sur de Francia y a la comarca de Burdeos. Con un mes de duro trabajo obtenían los ingresos suficientes para vivir durante medio año. Sin embargo, dentro de dos semanas sólo acudirán al país vecino unos 15.000 peones agrícolas, apenas la quinta parte que entonces.
Hasta finales de los 80, miles de familias -procedentes en su inmensa mayoría de pueblos andaluces, valencianos, murcianos y castellano-manchegos- se echaban cada año la casa a la espalda para recoger, durante un mes o mes y medio, la uva de los viñedos más conocidos de Europa. La marca histórica se fijó en la campaña de 1972, con casi 100.000 trabajadores. Sin embargo, a partir de los años 90 cada vez menos españoles se dirigen a Francia. Los mínimos se vivieron en esa década con unos 12.000 vendimiadores desplazados.
Mejores salarios
Las razones de ese fuerte retroceso son variadas, según los sindicatos. En primer lugar, la diferencia de condiciones laborales y salariales entre ambos países era muy pronunciada hace treinta años. Francia estaba mucho más avanzada en ambos aspectos y ofrecía una gran oportunidad a muchas familias españolas, que sufrían largas temporadas de paro en sus comarcas, para poder ingresar un dinero con el que salir adelante: con lo que ganaban en estas campañas podían subsistir durante seis meses. El resto de las necesidades del año las cubrían con las peonadas que podían conseguir en las explotaciones agrícolas españolas, donde los salarios eran muy inferiores.
El segundo factor que explica la decadencia de la migración a la vendimia francesa es el proceso de mecanización del campo durante los últimos años. Ahora las máquinas realizan trabajos para los que antes era imprescindible la labor de los peones, por lo que la demanda de mano de obra de los agricultores franceses se redujo desde principios de los 90 de forma considerable. No obstante, una mecanización excesiva en los viñedos puede suponer una rebaja en la calidad del vino, así que los empresarios vinícolas franceses mantienen estable la necesidad de mano de obra.
Un tercer elemento que ayuda a comprender la disminución del éxodo de jornaleros en agosto es el paulatino proceso de despoblación que han sufrido la mayoría de las zonas rurales españolas por el traslado masivo de sus habitantes, especialmente los jóvenes, a las ciudades. La escasa mano de obra de los lugares dedicados al sector primario en muchos casos no puede o no quiere desatender sus obligaciones para ocuparse de la vendimia francesa.
De padres a hijos
Pese a que hoy en día las diferencias entre Francia y España no son tan grandes, el jornal mínimo percibido por un agricultor español es de 5,20 euros por hora, mientras que el del francés asciende a unos 6,83. El sueldo medio de un vendimiador en Francia es de unos 1.500 euros al mes, lo que aún compensa a unos 15.000 españoles; prácticamente, los mismos cada año.
La campaña se ha convertido en un círculo cerrado, en una cuestión de familia. Siempre son los mismos, o casi, los que acuden, ya que con el paso de los años entre los empresarios franceses y los peones españoles se forja una amistad. Si en una campaña no acuden los habituales, serán sus familiares o amigos los que vayan. Los latifundistas galos no se arriesgan a probar con gente nueva, por lo que la llegada de trabajadores de otros países europeos es anecdótica.
Además, los españoles que acuden a la vendimia han conquistado a lo largo de los años, y con la ayuda de los sindicatos, ciertos derechos que han mejorado sus condiciones laborales. Las familias que repiten, además del salario, valoran el buen trato recibido durante su estancia, especialmente el alojamiento. Los empresarios facilitan a los jornaleros unas buenas condiciones de hospedaje, algo que no ofrecerían a cualquier persona nueva que decidiera probar la experiencia.
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