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Avales y sus riesgos

El avalista puede terminar pagando la deuda contraída por la persona a quien avaló hasta que la misma quede por completo saldada

Un aval se requiere cuando un usuario quiere comprar un bien material costoso (vivienda, garaje, solares, etc.), pero también cuando pide un crédito personal de gran cuantía. Entran en juego dos partes: por un lado, la persona que se compromete a respaldar el bien adquirido (el avalista) y, por otra, quien solicita el préstamo, que es el avalado. A la primera, aceptar ser avalista puede ocasionarle problemas, ya que si el titular del crédito no puede asumir las deudas, será ella quien deba responder con su capital, incluso con sus bienes, para saldar las deudas contraídas. Este y otros riesgos del avalista se explican en el siguiente artículo.

Ejercer como garante

Un aval es una garantía bancaria cuya finalidad es demostrar al banco que, aunque el titular del crédito no disponga de la garantía suficiente para responder al crédito, hay otra persona que puede responder por él y, lo que es más importante, que se compromete a pagar la cantidad que el titular del producto haya dejado de abonar.

Se requieren casi siempre para un bien material (vivienda, garaje, solares, etc.), pero también cuando se solicita un crédito personal de gran cuantía. Entran en juego entonces las dos partes que conforman este proceso financiero:

  • Avalista: la persona que se compromete a respaldar el bien adquirido.
  • Avalado: quien solicita el préstamo.

Al avalar se pone en juego el propio patrimonio, por lo que conviene elegir con cautela con quién se firma esta operación

Al primero, ejercer como garante le puede acarrear muchos problemas en el futuro, ya que de no poder asumir las deudas el avalado, será él quien tenga que responder con su capital, incluso con sus bienes en última instancia. Por eso, es muy importante seleccionar con quién se firma esta operación, pues no puede formalizarse con cualquier persona. Solo conviene ser avalista de algún familiar o amigo de gran confianza, y del que no se tengan dudas sobre su respuesta ante el crédito solicitado.

Bajo ninguna circunstancia hay que comprometerse con personas poco fiables o con aquellas de las que apenas se posea información. La sorpresa puede ser irreversible, ya que ante la falta de recursos económicos de los posibles avalados, habrá que responder ante el banco o caja de ahorros que concedió la vía de financiación. De ahí la prudencia para ser avalista de otras personas.

Avales bancarios y particulares

Hay dos clases de avales: bancarios y particulares.

  1. Bancarios: es una entidad financiera quien se encarga de pagar la deuda, y su principal repercusión sobre la economía doméstica reside en su aplicación en los contratos de alquiler de pisos. Los propietarios que teman que sus nuevos inquilinos no les paguen su alquiler de forma regular o sencillamente que abandonen la casa sin pagarlo, pueden incluirlo en su contrato de arrendamiento. En estos casos, además de la obligada fianza, que deberán afrontar quienes alquilen un inmueble, también pueden exigir a la otra parte un aval bancario cuya cuantía corresponda al precio de alquiler de 3 o 4 meses, para cubrir estas contingencias.

  2. Personales: se utilizan en la contratación de hipotecas, créditos al consumo, etc. Son familiares y amigos quienes se encargan de asumir casi siempre la función de garante para que el titular pueda comprarse una vivienda o adquirir un coche. Este tipo de avales personales son gratuitos para ambas partes y funcionan como si de un seguro se tratase, porque serán estas personas quienes se hagan cargo de la responsabilidad financiera, en el caso que el titular no pueda responder de su cuantía.

    El avalista se pone en la misma situación que el avalado en el momento en que firma o consiente esta operación. Si, por cualquier circunstancia, es preciso variar las condiciones (cuantía, plazo de amortización, ampliación...) del préstamo, hay que comunicárselo a los avalistas y estos decidirán si aceptan o no el cambio.

Riesgos de convertirse en avalista

Los riesgos de aceptar esta operación son muy claros y parten de las siguientes actuaciones que conviene analizar con detenimiento antes de cometer un error que puede ser irreparable:

  • El hecho de avalar un préstamo conlleva las mismas obligaciones que para el solicitante; nunca es un apoyo moral a su concesión.

  • El avalista puede terminar pagando la deuda contraída por el deudor, hasta que la misma quede por completo saldada.

  • Puede verse envuelto en un largo proceso judicial (de no pagarse) que termine en el embargo de su cuenta corriente, bienes personales (desde su casa y hasta el coche) e incluso la parte de su nómina que excede del Salario Mínimo Interprofesional. No importa la edad que se tenga, puede afectar también a los jubilados.

Antes de avalar a nadie, por tanto, conviene investigar sus contratos de trabajo y antigüedad, su solvencia económica y de qué bienes dispone en el instante de formalizar este proceso.

Créditos sin avales

En el momento de solicitar un crédito, es cada vez más frecuente que las entidades financieras demanden un aval a los solicitantes, ya que es una forma de asegurarse que el adelanto se les devuelva sin ningún contratiempo.

No obstante, se puede sortear esta modalidad crediticia ya que la gran mayoría de préstamos rápidos se comercializan sin la exigencia de un aval o una nómina. En pocos minutos, los clientes disponen de liquidez en su cuenta corriente, aunque los importes son más bien modestos, de entre 500 y 1.000 euros de media.

Por otro lado, en las vías de financiación personal y para el consumo, tampoco se incorpora la figura del aval, y basta con la presentación de la nómina para acceder a estos productos. Todo lo contrario que con las hipotecas o créditos de mayor cuantía, que en muchos de los casos se exige la presencia de un aval para poder contratarlos.


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