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Se originó una nube de partículas trece veces más grande que la Tierra
El Sol, epicentro de nuestro sistema solar, protagonizó ayer una de las tormentas más intensas registradas durante las últimas décadas, con el potencial de generar complicaciones de todo tipo en naves espaciales, satélites de comunicaciones, tendidos de suministro eléctrico y hasta en la tecnología utilizada por miles de bomberos en California, que desde la semana pasada combaten múltiples incendios forestales.
El telescopio espacial "Soho" detectó la erupción el martes al mediodía. Fue entonces cuando, en una mancha situada en el hemisferio sur del Sol conocida como región activa 486, se registró una fulguración a la que siguió la expulsión de materia directamente hacia la Tierra. La nube de partículas era trece veces más grande que nuestro planeta, pero no implicaba ningún riesgo, según los científicos.
Una fulguración es una corta e intensa emisión de energía de origen magnético que puede abarcar todos los campos del espectro, desde ondas de radio hasta rayos gamma, y que tarda en llegar a la Tierra los 8 minutos luz que nos separan del Sol. "Una de tamaño medio podría proporcionar la potencia consumida en Estados Unidos durante 10.000 años", explica Inés Rodríguez Hidalgo, del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC).
El fenómeno de anteayer estuvo acompañado de lo que los expertos conocen como una emisión de masa coronal, una erupción de partículas cargadas eléctricamente que salen disparadas al espacio. Fue clasificado como una fulguración del tipo X17, donde la "X" corresponde a una fuerte explosión -la "C" a débil y la "M" a moderada-, más intensa cuanto más alto es el número. "Se ha tratado de la tercera más importante de los últimos treinta años", afirma Rodríguez. La más intensa, una X20, data del 2 de abril de 2001, pero no lanzó materia hacia la Tierra, algo que sí hizo la del 16 de agosto de 1989, una X15 que dejó a oscuras a seis millones de canadienses durante nueve horas.
Satélites desactivados
"La nube se dirige hacia nosotros como un tren de mercancías a toda velocidad", decía el martes John Kohl, del Centro de Astrofísica Harvard-Smithsonian. La velocidad real era mucho mayor que la estimada por los expertos, quienes habían pronosticado que la tormenta magnética se desataría hoy. Se adelantó un día. La agencia espacial de EE.UU. (NASA) y la europea (ESA) desactivaron antes instrumentos del telescopio "Soho", para evitar que sufriera daños, algo que también hicieron compañías operadoras de satélites.
El impacto de las partículas, que viajan a millones de kilómetros por hora, puede agujerear los satélites y desviarlos o hacer que caigan hacia una órbita más baja. Además, una tormenta magnética como la de ayer -los expertos creen que la inestabilidad puede durar varios días- es capaz de provocar apagones, chispazos en oleoductos y gaseoductos, interrupciones en las comunicaciones por radio y telefonía, interferencias en las emisiones de televisión... En Alemania, los problemas de comunicación con los aviones de línea obligaron ayer a reducir la frecuencia de vuelos en un 10%. En España, el tráfico aéreo no se vio afectado.
"Nosotros no tenemos nada que temer", indica Rodríguez Hidalgo. Protegidos por la magnetosfera, lo más que nos puede pasar en la superficie terrestre es que la vida sea un poco más incómoda que lo habitual durante unas horas. En la Estación Espacial Internacional (ISS), Michael Foale y Alexándr Kaleri se tuvieron que refugiar en la popa del módulo "Zvedza", donde el blindaje es más grueso, cuando la plataforma pasaba por zonas de alta radiación. Peor lo tienen en California, donde el disfrute de las auroras boreales contrasta con el riesgo de que fallen los satélites y los sistemas de comunicación.
Fenómeno atípico
Los cielos rasgados de colores típicos de las latitudes polares descendieron ayer hasta California, Nuevo México, Texas y Oklahoma. La violenta tormenta geomagnética que azotó la Tierra fue de tal magnitud que se vieron auroras a miles de kilómetros de donde suelen brillar. Es algo que suele ocurrir cuando se da una erupción solar y que habían previsto los astrofísicos, quienes habían predicho la visión de auroras a la latitud del estado norteamericano de Florida (costa este de EE.UU.).
Las auroras no se producen en las inmediaciones de los polos magnéticos terrestres por casualidad. "El campo magnético de nuestro planeta, que nos protege de esa dañina radiación, la desvía hacia los polos, por donde esa materia penetra en la atmósfera, con la que interacciona", indica Inés Rodríguez Hidalgo.
Es entonces cuando los cielos se iluminan con brillantes colores, algo que no solemos ver en España, pero que resulta habitual en Groenlandia, Alaska, Canadá y el norte de Europa.
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