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Una salida laboral para los buenos estudiantes y los recién licenciados
El aumento del poder adquisitivo de las familias, unido a la necesidad de los estudiantes, sobre todo de los universitarios y de los recién licenciados de conseguir dinero para sufragar sus gastos, ha hecho que proliferen las clases particulares. Aparecen como una alternativa a las academias, ofreciendo una atención más personalizada y adaptada a las necesidades específicas del alumno. Aunque hay varias fórmulas, la más extendida es la que supone el desplazamiento de este "profesor" al domicilio del estudiante. Se da especialmente en Secundaria y el boca a boca juega un papel fundamental. En la actualidad, se trata de un mercado "bastante salvaje", donde no existe ningún tipo de regulación laboral y, de hecho, es muy difícil, si no improbable, que llegue a haberla algún día.
Por regla general suelen ser universitarios que están terminando la carrera o recién licenciados, aunque también hay estudiantes de Bachillerato que encuentran en esta práctica una alternativa para tener una cierta autonomía económica. La edad media de estos profesores particulares se sitúa entre los 18 y los 28 años, señala Juan Diego Pérez, adjunto de Federación andaluza de Enseñanza Privada de Comisiones Obreras. "Es raro encontrar en este mercado a personas con más de 35 años, salvo aquellos docentes que están trabajando en un colegio y que como complemento dan clases", afirma.
Pérez reconoce dos formas de enseñanza no reglada: aquélla que se imparte fuera de los colegios e institutos, es decir la que se da en las academias y la que ofrecen los profesores particulares. En este caso, habría que diferenciar dos subtipos: el enseñante tiene un local o utiliza su propio domicilio para dar las clases y generalmente se hace con grupos (más habitual en grandes barrios). La otra opción es que el profesor se desplace hasta la vivienda del alumno, por lo que aquí la atención es individual. Hoy en día, tal y como declara Juan Diego Pérez, los padres prefieren ésta última fórmula al considerarla más beneficiosa para sus hijos.
Suele ser una práctica destinada sobre todo a estudiantes de Primaria y Secundaria (de 10 a 16 años). En Bachillerato es más difícil, ya que en este caso suelen preferirse las academias. No obstante, hay excepciones, encontrando casos de menores que aún no están en edad escolar y que ya cuentan con un profesor particular. Éste es el caso de una pequeña de 3 años recién cumplidos a la que Lidia María Martín empezó a dar clases de inglés cuando tan sólo tenía 2 años, o el de un niño de 5 años al que enseña a leer. En ambos casos recurrir a este tipo de enseñante no se debe, evidentemente, a la necesidad de suplir ninguna carencia formativa del niño, únicamente al deseo de los progenitores de que éste adquiera conocimientos.
Estas clases se localizan más en las ciudades y en los grandes municipios que en los pueblos pequeños, y en el caso concreto de los meses de verano se da de forma destacada en las localidades costeras que ven aumentada su población con la llegada de turistas. Es un modo de que el niño refuerce conocimientos o recupere aquellas asignaturas en las que ha tenido peores resultados, sin que la familia tenga que quedarse sin vacaciones por ello, comenta la secretaria de Enseñanza Pública de UGT Andalucía, María José Carrero. No obstante, hay que destacar que a partir de que se suprimieron los exámenes de septiembre, la demanda de este tipo de clases descendió en la época estival, por lo que se estima que vuelva a incrementarse con la entrada en vigor de la Ley de Calidad (en algunas comunidades como Cataluña o País Vasco se producirá a el próximo curso), que contempla de nuevo estas recuperaciones.
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