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Realizarán desde un barco especialmente acondicionado perforaciones a más de seis kilómetros de profundidad
Hace medio siglo, concretamente el 9 de julio de 1958, un terremoto de 8,3 grados en la escala de Richter, con su epicentro a poca distancia de la bahía de Lituya, en Alaska, provocó el desprendimiento de toda una montaña de roca y hielo, que cayó verticalmente al mar y causó el mayor tsunami desde que se tienen registros de estos fenómenos.
La ola gigante, que llegó a alcanzar los 524 metros de altura, penetró varios kilómetros en tierra firme, arrasando todo a su paso. Por suerte, se trata de una zona prácticamente despoblada. Todo lo contrario de lo sucedido en el sudeste asiático en 2004. En diciembre de ese año, un tsunami se cobró cerca de 300.000 vidas en una de las peores tragedias naturales que se recuerdan.
Los tsunamis siguen produciéndose en los mares de todo el mundo sin que, de momento, sea posible predecir su llegada. Precisamente con este objetivo, un equipo internacional de científicos investiga actualmente, al sur de las costas japonesas, una zona de 900 kilómetros de longitud que se considera como uno de los mayores y más activos "puntos calientes" de tsunamis en todo el mundo.
La llamada falla de Nankai, que constituye la frontera entre dos placas tectónicas, ha sido escenario de un gran número de terremotos, muchos de los cuales han levantado olas espectaculares. Los científicos que forman parte del proyecto realizarán desde un barco especialmente acondicionado perforaciones a más de seis kilómetros de profundidad.
Los resultados de las perforaciones pueden ayudar a comprender cómo se genera un tsunami. "Podemos monitorizar los océanos todo lo que queramos, pero nunca entenderemos por qué algunos terremotos producen tsunamis y otros no hasta que comprendamos cómo funcionan las fallas", señala el geofísico Nathan Bangs, de la Universidad de Texas y uno de los integrantes del equipo.
Dejando caer sismógrafos y otro instrumental en las perforaciones realizadas, los científicos estarán en condiciones de monitorizar la zona en tiempo real. Los sensores recogerán de forma continua datos sobre la temperatura y presión de las rocas. En los agujeros más profundos, a más de nueve kilómetros bajo el nivel del mar, los investigadores podrán estudiar rocas que se han ido deslizando hacia abajo desde hace millones de años y las analizarán en busca de pistas.
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