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Cannabis en tratamientos contra el dolor

En Cataluña se puede utilizar ya con fines terapéuticos

  • Fecha de publicación: 4 de noviembre de 2002

La OMS estima que cada año fallecen en el mundo cinco millones de personas; la mitad, con dolor. A través de estos enfermos la ciencia médica ha aprendido que el dolor crónico carece de utilidad biológica y que, una vez de analizado como síntoma, debe ser anulado o reducido hasta hacerlo tolerable para el paciente. Ahora bien, ¿quién y en función de qué decide cuáles son las sustancias se pueden emplear para mitigar el dolor o los trastornos que ocasionan algunos agresivos tratamientos médicos? Una de las sustancias de la controversia es el cannabis, que en Cataluña se puede utilizar ya con fines terapéuticos.

Cannabis sativa

La propia Organización Mundial de la Salud recomienda un tratamiento analgésico escalonado. Es decir, para dolores leves lo adecuado serían los fármacos como el paracetamol, para los moderados, se pasaría a los opiáceos débiles -codeína o tramadol-, dejando el uso de sustancias como la morfina, la metadona o el fentanilo -opiáceos fuertes- para los casos de dolor intenso. Es decir, para determinados casos aconseja recurrir a determinadas drogas, lo que inevitablemente alimenta la polémica: ¿qué sustancias se pueden usar? ¿por qué derivados del opio sí y del cannabis, que es la droga ilegal más consumida y una de las menos peligrosas, no?

La planta, la cannabis sativa, ha sido cultivada por el hombre desde el Neolítico y desde siempre ha sido empleada para extraer fibras para la manufactura de tejidos y sogas, e, incluso, como alimento para pequeños animales domésticos. Su facultad para alterar la función normal del cerebro (debida a la presencia del principio activo THC, o delta-9-tetrahidrocanabinol) hizo que su uso también se hiciera recurrente en ceremonias religiosas, celebraciones sociales y tratamientos médicos. Quienes la incorporaron a la farmacopea occidental -en la oriental es imposible fechar sus primeras aplicaciones- fueron lo romanos. Dioscórides prescribió las preparaciones de la planta como analgésico y como freno al deseo sexual, a lo que Galeno -cien años más tarde- añadió que el abuso producía esterilidad.

Independientemente de la controversia entre investigadores, el cannabis goza de cierta tolerancia social y su consumo constituye casi una forma de entender la vida. Esto es, se asocia con jóvenes y maduros progresistas, de claras tendencias izquierdistas, defensores de la paz y de cuantas reivindicaciones contribuyan a un mundo mejor. Un retrato robot no por estereotipado incierto y que encaja con el adulto activo participante -o simpatizante- del Mayo del 68 o el joven objetor de conciencia. Hoy, con prohibición de por medio, la comunidad científica sigue sin ponerse de acuerdo sobre los efectos terapéuticos de la que es, tras el alcohol y el tabaco, la droga más consumida. Según el Plan Nacional sobre Drogas, en España, casi un 20% de la población entre 15 y 65 años la ha probado alguna vez y entre un 4 y un 5% la utiliza habitualmente.

Desde su ilegalización, los argumentos a favor o en contra de su uso -ya sea terapéutico o lúdico- han estado siempre condicionados por prejuicios o intereses. El ejemplo más clarificador se dio hace tan sólo cinco años cuando la Organización Mundial de la Salud hizo públicos datos extraídos de un estudio que revelaban que la droga tenía efectos sobre el desarrollo cognitivo y la capacidad psicomotora de sus usuarios. Meses después, la revista inglesa New Scientist se hizo con el informe original y desveló que la OMS había suprimido de su declaración toda mención a las comparaciones entre la marihuana y el alcohol y el tabaco. En ellas se concluía que el daño general a la salud ocasionado por el consumo de la primera era inferior al generado por el uso de cualquiera de las otras dos.

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