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Test genético para detectar el cáncer de vejiga

Se identifican 14 genes marcadores capaces de diagnosticar cáncer de vejiga

Imagen: ornlreview

En España se diagnostican cada año unos 15.000 casos de cáncer de vejiga. Es el segundo tumor más frecuente del tracto genitourinario, después del cáncer de próstata, y causa el fallecimiento de cerca de 95.000 hombres y 35.000 mujeres cada año. Un grupo de científicos ha desarrollado un test genético para su diagnóstico, a través muestras de orina y sin la necesidad de utilizar métodos invasivos y más agresivos para el paciente, como la cistoscopia.

Un estudio, llevado a cabo por un grupo de investigación dirigido por Antonio Alcaraz en la Fundación Puigvert de Barcelona y con la colaboración del Hospital Clínic de Barcelona, abre nuevas vías de diagnóstico no invasivo para el cáncer de vejiga. Durante los cuatro años que duró la investigación, cuyas conclusiones se han publicado recientemente en 'European Urology', se recogieron 1.373 muestras biológicas procedentes de 422 pacientes con cáncer de vejiga y 218 personas sanas.

14 genes predictores

El primer paso del estudio ha sido la identificación de un conjunto reducido de genes relacionados con el carcinoma de células transicionales de vejiga y para ello se han utilizado dos técnicas: los microarrays de ADN y la PCR cuantitativa a tiempo real. El equipo de trabajo ha conseguido reducir el número de genes característicos de cáncer a menos de 48, de los que se seleccionaron 12 que proporcionaban una mayor sensibilidad y especificidad al test diagnóstico.

A estos 12 genes se sumaron 2 más que diferenciaban los tumores de buen y mal pronóstico, obteniendo un total de 14 genes. Posteriormente se ha desarrollado un método de diagnóstico que se basa en la detección y cuantificación de la expresión génica de estos genes mediante PCR cuantitativa a tiempo real en ARN extraído de orina. A partir de estos resultados se ha creado un programa informático que es capaz de realizar una predicción diagnóstica. Las técnicas en las que se basa actualmente su diagnóstico son la citología y la cistoscopia.

La terapia biológica es una nueva opción en la que se usa el sistema inmunitario del propio paciente para combatir la enfermedad

La citología en orina es una prueba poco sensible que a menudo tiene falsos negativos (no siempre identifica la presencia de células cancerosas en orina). La cistoscopia, con observación directa de la vejiga, es una técnica específica pero molesta, con el agravante de se requieren varias cistoscopias de control a lo largo de la enfermedad. Actualmente, hay en marcha un trabajo de validación a nivel europeo en el que participarán 1.000 pacientes. Si los resultados son satisfactorios, el test genético podrá utilizarse de forma sistemática para el diagnóstico del cáncer de vejiga lo que supondría una mejora de calidad de vida para los pacientes y un ahorro importante para la sanidad.

España, a la cabeza

En España, el cáncer de vejiga presenta las tasas de incidencia más altas de Europa. En varones, la incidencia española ocupa el tercer lugar, por detrás del cáncer de pulmón y el colorrectal. La supervivencia a los cinco años del diagnóstico es del 70%, que representa una tasa superior a la del conjunto de Europa. Este tipo de cáncer es el séptimo en prevalencia a nivel mundial y Europa alcanza la tasa más alta de incidencia. Existen tres tipos de cáncer que dependen de las células en las que se ha originado la malignidad; en el carcinoma de células de transición, el más frecuente, la enfermedad se origina en las células de la capa de tejido más profunda.

El carcinoma de células escamosas y el adenocarcinoma pueden relacionarse con una prolongada infección o irritación. El tabaquismo y una alimentación con exceso de carne y grasas influyen en el riesgo de contraer cáncer de vejiga, así como la exposición a productos como caucho, determinadas tinturas y textiles. La edad avanzada y el sexo masculino son factores determinantes. El pronóstico de la enfermedad y las opciones de tratamiento dependen del estadio (grado de afectación local y progresión a distancia). Se utilizan cuatro tipos de tratamiento estándar: cirugía, quimioterapia, radioterapia y terapia biológica.

El tratamiento quirúrgico puede ser mediante resección transuretral (RTU), en la que se introduce un cistoscopio en la vejiga a través de la uretra y se elimina el tumor o bien se 'quema' con electricidad (fulguración). En estadios más avanzados de enfermedad se opta por la cistectomía, en la que se extrae parte o la totalidad de la vejiga. Después de la cirugía puede efectuarse tratamiento con quimioterapia o radioterapia, para eliminar toda célula cancerosa que pueda haber quedado. Este tipo de tumores pueden ser tratados con quimioterapia intravesical. En los últimos años, la terapia biológica o inmunoterapia es una nueva opción en la que se usa el sistema inmunitario del propio paciente para combatir la enfermedad.

PREVENIR RECIDIVAS

Imagen: telomeres

La recidiva (reaparición de una enfermedad, después de un período de salud) es uno de los problemas a los que se enfrenta el paciente con cáncer de vejiga. A pesar de que entre el 70% y 80% de los pacientes presentan una enfermedad superficial en el momento del diagnóstico, la tasa de recurrencias a los cinco años tras el tratamiento se sitúa entre el 50% y el 70%, por lo que uno de los objetivos más importantes es evitar la progresión hacia la enfermedad invasiva muscular. El tratamiento con BCG (bacilo de Calmette-Guérin) es un tipo de terapia biológica eficaz en el tratamiento del carcinoma de vejiga superficial recidivante. En el último congreso de la Asociación Europea de Urología, celebrado en Estambul, se presentaron datos de cuatro metaanálisis en los que se confirma su eficacia.

Esta inmunoterapia anticancerosa es una nueva vía de abordaje basado en el control del crecimiento tumoral mediante la activación del sistema inmunológico del propio paciente. Mediante identificación de los antígenos de las células cancerosas se consigue que el organismo las reconozca como extrañas, provocando una respuesta inmune que las ataque. Clásicamente, el BCG se utiliza como vacuna contra la tuberculosis, incorporada al programa de vacunación desde hace años, aunque no de forma universal.

La BCG es una preparación viva, atenuada, de una cepa del Bacilo de Calmette y Guerin (BCG) cultivada del 'Mycobacterium bovis'. Tras la instilación intravesical, la bacteria se une al urotelio vesical. Los granulocitos y otras células mononucleares inmunocompetentes son atraídos hacia la pared vesical, activando una cascada inmunológica que estimula a las células asesinas naturales (NK, en sus siglas inglesas) que son capaces de diferenciar a las células cancerosas del resto.

La terapia con BCG consiste en una primera fase de inducción de seis semanas y, posteriormente, dosis de mantenimiento trimestrales hasta los 36 meses. Entre los efectos secundarios cabe destacar efectos locales por reacción inflamatoria y en un pequeño número de complicaciones más importantes como prostatitis, síndromes escrútales agudos y diseminaciones con cuadros clínicos superponibles a la tuberculosis miliar.




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