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Nuevas claves para entender la hipertensión

La hipertensión arterial es uno de los principales factores de riesgo cardiovascular, pero falta consenso sobre la eficacia de los tratamientos y de las estrategias para garantizar su cumplimiento

  • Autor: Por JORDI MONTANER, NUEVA YORK
  • Última actualización: 19 de junio de 2006
Imagen: Hile/Flickr

El control de la hipertensión arterial continúa siendo uno de los grandes campos de batalla en la lucha por reducir riesgos cardiovasculares. Pero aunque la opinión más extendida sigue siendo que un control adecuado de la presión sanguínea ha contribuido en los últimos años a un más que notable descenso de infartos cardíacos y de ictus cerebrales, no todo está dicho ni mucho menos todos los especialistas están de acuerdo con los beneficios que se están extrayendo de los últimos tratamientos. Así se ha visto en la Reunión Científica Anual de la Sociedad Americana de Hipertensión (ASH) que CONSUMER EROSKI ha seguido en directo desde Nueva York.

Hipertensión variable, riesgo seguro

Lo peor de la hipertensión en la tercera edad no es lo mucho que sube, sino lo mucho que varía. Un estudio llevado a cabo en Japón y presentado en la Reunión Científica Anual de la Sociedad Americana de Hipertensión vincula la variabilidad de los registros de presión sanguínea en personas mayores a un riesgo aumentado de demencia.

De acuerdo con los resultados presentados por el investigador japonés Kenichi Sakakura, la variabilidad de la hipertensión arterial podría estar directamente asociada al riesgo de disfunción cognitiva y demencia en personas que han entrado en la tercera edad.

En su estudio, los investigadores sometieron a un centenar de ancianos a un registro ambulatorio de la presión arterial de 24 horas (MAPA) y midieron la variabilidad circadiana de su tensión, comparada a los resultados de una prueba de habilidad mental (MMSE) que puntúa de 0 a 30 y que considera la irrupción de una disfunción cognitiva por debajo de 24. Se da la circunstancia de que el 81,3% de los pacientes era de sexo femenino. Más de la mitad de los pacientes reclutados en el estudio mostró conjuntamente un MMSE inferior a 24 y unas variaciones de presión sistólica (descensos o elevaciones) de hasta 20 mmHg.

La variabilidad de los niveles de presión sanguínea en ancianos puede favorecer la aparición de demencias

A través de una simple medición de consulta, destacó Sakakura en la presentación de su estudio, el riesgo de disfunción cognitiva hubiera pasado inadvertido, habida cuenta que la presión media fue de 138,1/75,9 mmHg. «No se trata de valores extraordinariamente elevados», matizó el experto japonés en su sesión, «pero nuestro análisis halló un paralelismo casi exacto entre las desviaciones de presión sistólica y las de habilidad mental».

En opinión del experto japonés, si los médicos de atención primaria «son capaces de identificar las oscilaciones de presión arterial» de sus pacientes ancianos y evitar que se reproduzcan mediante un tratamiento de vida media larga, que garantice un efecto de más de 24 horas, «podrían prevenirse muchas más demencias de las que se previenen».

Los resultados obtenidos por Sakakura se han presentado conjuntamente con los de otro estudio norteamericano, publicado el año pasado en la revista Hypertension, que simplemente relacionaba las tres variables de presión arterial elevada, ancianidad y demencia. En este segundo estudio, sin embargo, no se consideraba ninguna variable que evidenciara ninguna conexión de causa-efecto.

El debate del cumplimiento terapéutico

Imagen: Emily Roesly/Morguefile

La Reunión de la ASH, que está teniendo lugar esta semana en Nueva York, ha convocado a cerca de 3.000 especialistas de hipertensión entre los que asisten unos 150 investigadores españoles. Ninguno de ellos es ajeno al debate, todavía vigente, que vincula el éxito de los tratamientos para atajar la hipertensión al cumplimiento terapéutico y que pone en tela de juicio los últimos tratamientos aparecidos en el mercado.

Marvin Moser, veterano especialista y actualmente editor de The Journal of Clinical Hypertension, destaca en el editorial de la última edición que éste no es un debate nuevo. De hecho, escribe, arranca ya en la década de los años 30 cuando se dudaba que el control de la presión arterial tuviera relevancia para prevenir alteraciones cardiovasculares. Posteriormente, agrega, el debate se extendió a la eficacia del arsenal terapéutico disponible hasta llegar al momento actual, en el que, afirma con rotundidad, «numerosos ensayos clínicos han demostrado la reducción del número de eventos cardiovasculares» gracias a un control adecuado.

Hoy, sigue Moser, el debate se ha trasladado al ámbito coste-beneficio. Como ocurre con otras patologías, existen voces críticas que alertan de las enormes inversiones en nuevos medicamentos y las contrastan con los resultados obtenidos. Demasiada alforja para tan poco viaje, argumentan. Ante ello Moser proclama: «Tenemos antihipertensivos excelentes, efectivos y relativamente seguros. Con ellos, solos o en combinación, podemos controlar la hipertensión». El caso es, admite igualmente, que hay que poner mayor énfasis para que médicos y pacientes, conjuntamente, se convenzan de ello.

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