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Dime qué edad tienes y te diré cómo afrontar el síndrome postvacacional

El "síndrome postvacacional" puede producirse en niños, adultos y ancianos y, según un estudio reciente, afecta a la tercera parte de los trabajadores

  • Autor: Por MARÍA HUIDOBRO
  • Última actualización: 19 de septiembre de 2018
Imagen: yellow2j

A todas las personas les afecta el fin del verano, en mayor o menor medida. Más allá de la edad, todas viven el síndrome postvacacional de manera parecida, o ¿no? Desde el peque que comienza el cole hasta el jubilado que como mucho ve la escuela si se encarga del nieto, pasando por el universitario, el trabajador o el parado, a todas las personas esta cuesta psicológica les viene un poco grande. A continuación, se detalla cómo afrontar septiembre según las circunstancias vitales más comunes.

Septiembre es un tiempo de cambios para todos. De un día para otro hay que madrugar otra vez para ir al centro de estudios o de trabajo, volver a comidas rutinarias y sus horarios, coger el intenso ritmo escolar y laboral... todas ellas situaciones que rompen de manera brusca con el bienestar que produce el descanso vacacional.

Esta cuesta requiere un tiempo de adaptación y, a veces, conlleva una serie de molestias. En los casos más leves no duran más de 2 o 3 días. Sin embargo, es habitual que los síntomas se alarguen hasta las dos semanas. Si lo hicieran más allá de tres meses, apunta la psicóloga sanitaria Itziar Azpiazu, lo convertirían en un trastorno adaptativo. Es el llamado "síndrome postvacacional" que, según un estudio reciente de la empresa de recursos humanos Adecco, lo sufre uno de cada tres trabajadores.

Desde la Clínica Universidad de Navarra reconocen que hay autores que tan solo lo consideran una situación transitoria normal, mientras que otros lo ven como una enfermedad, pues afecta a la esfera del bienestar de la persona. De todas formas, apuntan que puede cursar diferentes formas: debilidad generalizada y astenia; insomnio y, en ocasiones a la vez somnolencia durante el día; la capacidad de concentración se ve limitada; baja tolerancia hacia el trabajo que se manifiesta con desidia y hastío y, a veces, angustia vital; agresividad, inquietud, inseguridad... Por su parte, la psicóloga miembro del Colegio Oficial de Psicólogos de Bizkaia enumera otros síntomas: tristeza, apatía, falta de energía y motivación, ansiedad, taquicardias, sudoración, mareos, cierta irritabilidad, cambios de humor, bajones físicos...

Esta crisis es más comprensible en los niños. Ellos llevan desde junio sin horarios fijos, con menos preocupaciones y responsabilidades y en ambientes muy diferentes al de la escuela. Y más en el caso de los pequeños que inician su periodo escolar o en aquellos que cambian de centro. Como señala la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria, los menores pueden llegar a tener cierto nerviosismo y estado de ansiedad cuando les toca volver al colegio. También notarán fatiga, falta de apetito, molestias estomacales, tristeza, irritabilidad, trastornos del sueño y falta de concentración en clase. Por fortuna, estos síntomas se van superando a medida que pasan los días y van entrando en la rutina.

Su primer año de colegio

Para los más pequeños septiembre es un mes de muchos cambios, de ahí que los centros escolares tengan un periodo de adaptación para los nuevos alumnos que facilite su entrada. Pero el papel de los padres es fundamental: ellos deben darle la seguridad que necesitan para afrontar el que seguro que será el primer momento estresante de su vida.

Entre las pautas más recomendables está llevarle al cole antes para que lo vea por fuera y explicarle lo que hará allí, además de avisarle de que coincidirá con otros niños del parque del barrio para los que también será su primer día. "Será como el parque, pero con más amigos", describe Azpiazu, quien aconseja que se les hable desde la propia experiencia, enseñándole fotos de aquella época escolar. Es clave que se adapte a los horarios de sueño y comidas un par de semanas antes, para que el reloj biológico no se desajuste, y cuidar la alimentación, si es que en verano ha habido cierto relajo.

Y ya iniciado el curso, es esencial que los progenitores se encarguen de llevarles y recogerles y les pregunten cómo se han sentido y se lo han pasado. Además, después de las clases, no deben faltar actividades de disfrute (excursión, cine, etc.) para que el cambio no sea tan radical y vean que el ocio también sigue existiendo más allá del verano.

La tradicional vuelta al cole

Este último punto también sirve para quienes, después de casi tres meses de vacaciones, tienen las rutinas escolares bastante olvidadas. Y es que a los escolares la vuelta al cole les resulta bastante pesada. Ellos sí que sufren el síndrome postvacacional. La solución es adaptarse cuanto antes a los horarios de las comidas y del sueño. Para ello, lo conveniente es que estén en casa unas jornadas antes de que acaben las vacaciones. Por supuesto, que los primeros días sus padres estén un poco más pendientes de ellos lo agradecerán.

Imagen: elias minasi

Niño o adolescente que cambia de centro educativo

Pasar de la guardería al colegio, o de la escuela de Primaria al instituto, ocurre en septiembre y tras las vacaciones de verano, un tándem de doble estrés para los menores. En este caso, los padres pueden ayudar a sus hijos de distintos modos. Días antes del inicio, pueden ir a conocer el centro educativo por dentro y comer algo en un sitio cercano para tener recuerdos agradables relacionados con ese espacio.

Desde luego, es importante saber que sus progenitores están ahí para lo que necesiten y sentirse apoyados por ellos. "No se les puede decir que todo será genial, sino ser realista, pero positivo, reconociendo que es normal estar nervioso. A veces, acallamos a los niños, les vendemos un mundo maravilloso, y ellos por dentro no lo están sintiendo así y creen que no lo pueden compartir, porque consideran que no deberían estar así. Debemos darles espacio para que también puedan quejarse y expresar lo que sienten", recomienda la experta.

Con los más tímidos, ayudará destacarles sus dones y también es vital la labor del profesorado, con el que habrá que estar más en contacto para saber cómo se está adaptando y así poder tratarlo con el hijo.

Septiembre: cambio de colegio y de ciudad

En ocasiones, en septiembre también se inicia una nueva vida en otra ciudad, y los más pequeños lo notan. Para minimizar sus consecuencias, lo primero que toca es hacerse a la nueva casa, participando en la decoración de su habitación y dominar todo lo que tenga que ver con el nuevo colegio. "Gracias a contar con la mayor información posible tendrá cierta percepción de control y familiaridad con la nueva situación", señala la especialista, quien también recomienda hablar sobre las propias experiencias: "Somos sus modelos, y si les damos unas pautas de cómo vamos a hacerlo nosotros, ya ellos lo hacen suyo".

Joven que entra en la universidad

Los jóvenes que en este mes se estrenan en la universidad o en unos estudios fuera de casa pasan a una nueva etapa vital llena de responsabilidades. Les ayudará a salir airosos recorrer el entorno, habitar unos días antes el nuevo piso, ponerse en contacto con personas conocidas de la zona o los estudios -más fácil con las redes sociales- y apuntarse a grupos de ocio donde hacer nuevos amigos: fútbol, teatro, música, etc.

Tras un mes de vacaciones... septiembre cuesta

Quienes han disfrutado de un mes de vacaciones han desconectado tanto de la rutina y de la estructura que tenían antes, que volver a ella les cuesta mucho más. Impedir que el síndrome postvacacional se alargue no es difícil. "El remedio está en prevenir su aparición", recuerdan desde la Clínica Universidad de Navarra.

La fórmula está en regresar del lugar de vacaciones unos días antes de comenzar en el puesto y acogerse a una jornada reducida, pero si no es posible, no hay más que empezar el trabajo un jueves o guardarse unos días para disfrutarlos dos semanas después de la vuelta. También resulta alargar las vacaciones mentalmente, recordando los buenos momentos, viendo fotos, introduciendo esos instantes en las relajaciones y hasta empezando a preparar las siguientes. Y no hay que olvidarse del ocio. Después de tanta diversión, que no todo sea trabajo, y nada de llevárselo a casa.

En definitiva, resume Itziar Azpiazu, "se trata de tener una actitud positiva y evitar los pensamientos negativos, aceptar que uno puede estar un poco mal y permitirse estar un poco triste, cansado o ansioso". Los hábitos saludables vienen muy bien: hacer ejercicios de relajación y deporte y evitar el alcohol (fomenta la desgana o el desánimo) y la cafeína (genera estrés y ansiedad). También resulta hacer el trabajo divertido: cambiar el recorrido en coche o desayunar en un bar ya hace el día diferente y motiva.

Imagen: belchonock

Después de unos días de vacaciones, al trabajo

Por estudios o trabajo, hay quienes solo pueden disfrutar de unos días. Pero deben reconocer el para qué, a fin de no caer en el síndrome típico de septiembre. "Hay que tener presente por qué lo has decidido. Ponerte a ti la responsabilidad, porque si vas de víctima, te estás quitando fuerza, poder y capacidad de cambio", confiesa la experta.

El regreso para el ama/amo de casa

Al acabar el verano, acompañar a las personas en sus rutinas y pensar en cómo gestionará su tiempo es la tarea de quien se encarga de la casa. Para estas personas estructurar bien el plan del nuevo curso con obligaciones, pero también con ocio inamovible y autocuidado, es clave. Así que no está de más apuntarse a cursos, quedar con amigos, ir al gimnasio, andar, etc.

El desempleado sigue con su trabajo

Para los parados, lo que más pesa es la no rutina: se meten tarde a la cama y se levantan a cualquier hora, desmotivados y desanimados, ven que todo el mundo avanza y ellos no. Pero buscar empleo es un trabajo muy duro que genera mucha ansiedad y angustia. Así que como en la adaptación laboral, la rutina es clave. La psicóloga insiste en la importancia de irse pronto a la cama; hacer deporte (correr, andar); marcar horarios para buscar trabajo (internet, periódico, visitas); y contar con tiempos para uno mismo.

Jubilado, ¿siempre de vacaciones?

Para el que ya no trabaja no hay septiembre, pero puede ocurrir que igual tiene que cuidar del nieto o de la casa. En estos casos, para no sucumbir al síndrome postvacacional, el jubilado debe seguir unas rutinas y buscar actividades que le hagan sentirse bien.

Cuando volver al trabajo es negativo

Volver al trabajo no debería ser algo negativo. De ahí que, si se ve con este prisma, haya que analizar cómo se vive esta ocupación. "Si ves que te genera sufrimiento, igual hay que darle otro enfoque a tu empleo, ver qué partes no te gustan y cómo se podrían cambiar. Hay que ver si en realidad es donde se quiere estar", apunta la psicóloga sanitaria, Itziar Azpiazu. Las crisis, a veces, son oportunidades de cambio, por lo que si la vuelta en septiembre afecta de verdad, igual es el momento de replantearse un cambio de trabajo o en la forma o la actitud de trabajar.

Imagen: CONSUMER EROSKI

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