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De ellos depende el acceso a Internet. Están repartidos en más de un millón de kilómetros
Los cables de fibra óptica han invadido en poco más de dos décadas los fondos marinos. De ellos depende el acceso a Internet y, en consecuencia, el buen funcionamiento de las principales economías occidentales.
La asociación internacional responsable de la protección de estos cables, la CIPC, señala que están repartidos en más de un millón de kilómetros. Los principales, Sea Me We3, miden 39.000 kilómetros y conectan a Japón, Alemania y Australia.
En los últimos años se han producido incidentes con estos cables. El más reciente tuvo lugar el pasado 19 de diciembre, cuando la rotura de tres cables en el Mediterráneo interrumpió el tráfico de datos entre Europa y Oriente Medio.
Fuentes del operador France Telecom señalan que incidentes tan importantes como éste ocurren aproximadamente cada 18 meses. En la mayoría de las ocasiones, las averías "no son visibles para el público en general" gracias al desvío del tráfico de información, afirman.
Cada ruta tiene un coste de varios cientos de millones de euros, ya que es específica y está adaptada a la naturaleza de los fondos marinos. Dependiendo del medio ambiente y de los posibles peligros, los cables pueden establecerse en su ruta o enterrarse tres metros bajo el lecho marino.
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