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José Luis de Vicente, comisario de la exposición 'Reclaim the Spectrum'

Reclamar el espectro

  • Última actualización: 9 de mayo de 2006

José Luis de Vicente desarrolla proyectos sobre cultura y creación digital. Ha trabajado con organizaciones como ArtFutura, Sónar, OFFF y Resfest. Es uno de los editores de Elastico.net, organizadores de COPYFIGHT junto a Oscar Abril Ascaso. Ha comisariado la exposición "Reclaim the Spectrum" para el festival Zemos98 de Sevilla.

Sacamos el móvil en plena calle y marcando unos números damos por supuesto que escucharemos la voz que estamos esperando oír. Encendemos la radio o la televisión y suponemos que al sintonizar una emisora podemos ver las noticias o escuchar el partido de fútbol. Si nuestro portátil nos avisa de que ha detectado una red inalámbrica, estaremos recogiendo nuestro correo segundos después. Y casi nunca nos hacemos más preguntas. Sólo cuando algo sale mal -nos falta cobertura, ha fallado un enlace de satélite o una tormenta bloquea la recepción- somos conscientes en que aquel mensaje, aquella llamada, debía llegar hasta nosotros en forma de onda de radio a través de alguna frecuencia del espectro electromagnético. A veces, perder esas ondas puede acabar siendo más molesto y problemático que perder una llave, o un avión.

A veces, perder esas ondas puede acabar siendo más molesto y problemático que perder una llave, o un avión

Rara vez pensamos en lo que ocurre en el espacio radioeléctrico, a pesar de que seríamos incapaces de vivir sin él. Desde las rutas marítimas o aéreas hasta las previsiones meteorológicas, pasando por las cadenas de suministro de cualquier producto a los medios de comunicación, cada vez más cosas descansan sobre nuestra capacidad de hacer circular señales por ese espacio que se sitúa entre los tres Kiloherzios y los trescientos Gigaherzios. Un espacio que, al menos en teoría, es extremadamente escaso y precioso.

Si el espacio radioeléctrico es el suelo urbanizable de la sociedad de la información, la infraestructura que lo mantiene funcionando -desde las antenas que coronan los edificios más emblemáticos hasta los cientos de satélites en órbita- supone la obra de ingeniería más ambiciosa que haya desarrollado la humanidad. La historia de su conquista y colonización a lo largo del siglo XX es uno de los relatos más apasionantes que quedan por escribir. Desde que Marconi uniese en 1903 por primera vez las dos costas del Atlántico en una conversación por telégrafo inalámbrico entre el presidente Roosevelt y el rey Eduardo VII de Inglaterra hasta hoy, hemos tejido progresivamente a nuestro alrededor un ovillo invisible y omnipresente de señales hertzianas cada vez más denso y que comprende ya desde lo muy cercano -el mando a distancia de la TV y el teléfono bluetooth- hasta lo más distante, como las lecturas de GPS que desde veinte mil kilómetros de altura nos dicen nuestra posición exacta. La sustitución en curso de los códigos de barras por los chips "RFID" (identificación por radiofrecuencia) hará que cada vez sean más escasos los objetos cotidianos que no tengan una 'doble vida' en el espectro; que no estén unidos por una antena a una red mayor.

En las escasas frecuencias públicas abiertas se han producido innovaciones tan productivas socialmente como las redes 'wireless'

Con la explosión de las tecnologías inalámbricas, el espacio radioeléctrico está reemplazando en muchos aspectos al espacio público. A la vez que los centros comerciales sustituyen a las plazas y los 'Starbucks' a los cafés tradicionales, estamos sacando cada vez más dinámicas sociales de las calles y trasladándolas a las ondas. Pero a diferencia de las plazas y los parques, los usos del espacio hertziano no se suelen poner en cuestión; su discusión no es una prioridad política, y mientras los 'señores del espectro' (militares, industrias de la radiodifusión, operadores de telecomunicaciones) disfrutan del uso exclusivo de las frecuencias más útiles, en las escasas frecuencias públicas abiertas a todos se han producido en los últimos años innovaciones tan productivas socialmente como las redes 'wireless'.

Se le llama "reclamar el espectro" a cambiar la utilización tradicional que se le había asignado a un conjunto de frecuencias, para designarles una nueva utilidad. La exposición 'Reclaim the Spectrum', que tuvo lugar recientemente en Sevilla dentro de las actividades del festival Zemos98, pretendía llamar la atención sobre la necesidad de que se abra al debate público -y no sólo a los intereses empresariales- la discusión sobre la forma en que se deciden sus usos, en un momento en que sus beneficios sociales pueden ser más profundos que nunca. Pero además, 'Reclaim the Spectrum' es una alusión a 'Reclaim the Streets', el movimiento alternativo que a lo largo de los noventa organizó protestas festivas en medio de las calles de grandes capitales como una manera de denunciar su comercialización y su desaparición como espacio comunitario. Reconocer el derecho a preservar el uso del espectro como un recurso de todos es una necesidad urgente si queremos seguir siendo usuarios, y no sólo consumidores. Si la combinación de todas la redes inalámbricas de un barrio es una herramienta más poderosa para una comunidad que la telefonía de tercera generación, ¿tenemos que vernos abocados a ésta última sólo porque hace falta justificar su modelo de negocio? ¿Podemos seguir atados a un modelo administrativo que se diseñó para la era de la TV ahora que todos somos, en mayor o menor medida, emisores?

Si estas contradicciones no empiezan a discutirse, las guerras del espectro no han hecho más que comenzar.




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