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José Cervera, periodista y ensayista especializado en Internet y las nuevas tecnologías

Orgullo carcamal

  • Última actualización: 8 de mayo de 2008

El autor reivindica el valor cultural y generacional de los videojuegos a la vez que advierte de que la intervención del Estado en la regulación de los mismos es una intromisión muy seria, pues en el fondo lo que subyace en el debate es un conflicto generacional como tantos ha habido en la historia de la humanidad. José Cervera es periodista y ensayista. Su próximo libro, 'El robo del milenio', versa sobre la pugna entre el poder y la sociedad por el control de Internet y será publicado por Edaf.

Cada generación se enfrenta con sus padres, la generación anterior. Es ley de vida, parte del proceso de creación de una personalidad propia, de una persona diferente de la anterior. El joven quiere ser nuevo, distinto de sus padres; los padres se resienten de su perdida juventud y entusiasmo y con facilidad se ponen para todo en lo peor. Así, la ropa, las costumbres y, sobre todo, las diversiones son desde tiempo inmemorial causa de conflicto intergeneracional.

"Hoy, las generaciones que tuvieron broncas con sus padres por la 'movida' y las hombreras se dedican a perseguir a sus propios hijos porque juegan a videojuegos"

Cada generación se promete que a ellos no les ocurrirá con sus hijos. Cada generación se encuentra, para su asombro y pavor, comportándose con sus vástagos como sus padres lo hicieron con ellos. Las generaciones cambian, la 'carcundia' permanece. Hoy, las generaciones que tuvieron broncas con sus padres por el rock y los vaqueros, o por la 'movida' y las hombreras, se dedican con entusiasmo a perseguir a sus propios hijos porque juegan a videojuegos. Y lo que es mucho, mucho peor: reclutan al gobierno, mi gobierno, el que yo pago con mis impuestos, para la tarea.

"No es lo mismo", escucho gritar ya a esos padres: "No es lo mismo; lo nuestro no es 'carcundia', sino genuina preocupación". "Los videojuegos",estarán argumentando, "son violentos, nocivos, feos, y no pueden por menos que ser perniciosos para la salud física y mental de nuestros queridos descendientes". "No hay nada que pueda salvar a los videojuegos", piensan, autoconvencidos; "es obvio que ninguna característica les salva, nada les hace más que malos, malos, malos para nuestros hijos..."

"Qué importa que sean divertidos, que hagan pensar, que ayuden a relacionarse; el caso es que son violentos y feos"

Lo mismo que dijeron sus propios padres de la televisión, la música de la movida y de aquellos estremecedores vestidos; lo mismo que dijeron sus abuelos de los Beatles y los Rolling Stones, y sus bisabuelos del jazz y el cine, y sus tatarabuelos del charlestón, y sus tatara-tatara-tatarabuelos de la nefanda invención de la lectura, la que volviera loco al buen Alonso Quijano.

No importa que recientes estudios revelen que jugar a videojuegos reduce los errores de los cirujanos al operar, o que la práctica de estos deportes virtuales mejore la condición de niños con cáncer; no importa que experimentos educativos hayan demostrado que los estudiantes que utilizan videojuegos como herramienta aprenden más y mejor, que el vínculo entre videojuegos y violencia física esté desacreditado. Qué importa que las empresas estén descubriendo la realidad virtual como nuevo foco de actividad empresarial y creativa.

Qué importa que sean divertidos, que hagan pensar, que ayuden a niños tímidos a relacionarse con otras personas, que estén creando nuevos tipos de relación social. El caso es que son violentos y feos, que los padres de hoy apenas han jugado y que es necesario proteger a nuestros niños, con ayuda de 'papá Estado'.

"Dediquemos los impuestos a cosas más serias que a proteger a nuestros hijos del mundo real"

Orgullo carcamal, se llama eso. 'Carcundia'. Rechazo de cosas sin conocerlas. Hiperprotección de la progenie. Lo mismo que tanta rabia nos dio cuando nos lo aplicaron a nosotros. Lo mismo que nuestros niños aplicarán a nuestros nietos.

Pero por favor, al menos no con nuestro dinero. Dediquemos los impuestos a cosas más serias que a proteger a nuestros hijos del mundo real. Una actividad tan antigua como la Humanidad. Y siempre, siempre, siempre inútil. Mirémonos a nosotros.




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