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Bonsáis

El desconocimiento de los cuidados que requieren reduce su vida

  • Autor: Por
  • Fecha de publicación: martes 25 noviembre de 2003

¿Ha tenido alguna vez un bonsái y ha visto cómo se marchitaba en pocos meses? Estos pequeños árboles, que pueden llegar a vivir cientos de años, son el regalo elegido por muchas personas en épocas como la Navidad. Sin embargo, aún es habitual el desconocimiento de las normas básicas para su cultivo -no distintas a las de cualquier otra planta-. Al contrario de lo que se cree, la mayoría de los bonsáis son especies de exterior, y cuando vayamos a adquirir uno es preferible no dejarse llevar por precios bajos, puesto que probablemente se tratará de ejemplares que no ofrecen garantías. Por ello, es recomendable pedir consejo a alguno de los más de 4.000 aficionados que integran los 85 clubes y asociaciones en España.

Trasplante

Otra de las fases fundamentales es la del trasplante, cuya frecuencia varía según la especie. En el caso de los frutales, por ejemplo, se realiza anualmente, mientras que con las coníferas es suficiente con hacerlo cada cuatro o seis años. En general, los bonsáis jóvenes, al crecer más que los maduros, necesitan ser trasplantados con mayor frecuencia.

La época adecuada para trasplantarlos es poco antes de la primavera o justo al principio, según Lasaga. Las raíces de todos los árboles crecen para encontrar el agua y los nutrientes, y cuando un bonsái está en una maceta, sus raíces van creciendo hasta ocupar todo el espacio en la búsqueda de esos elementos. Mientras esto sucede, la tierra se va desgastando y pierde la facultad de satisfacer esas necesidades, aspecto que se nota sobre todo al regar, ya que el agua penetra con mayor dificultad en la tierra envejecida. Al levantar entonces el árbol de la maceta, se verá que las raíces forman un ovillo espeso y enredado. Ese será el momento de trasplantar.

Para que no haya ningún problema a la hora de efectuar el traslado, es necesario tener bien preparada la maceta, las herramientas y la tierra que se va a utilizar. Se levanta el árbol, se quita la tierra vieja desenredando las raíces con la ayuda de un rastrillo pequeño y se recortan aproximadamente un tercio. A continuación, se vuelve a plantar con tierra nueva, que se coloca también entre las raíces con la ayuda de un bastoncito, y, para terminar, se riega bien la planta, hasta que el agua salga limpia por los agujeros del fondo de la maceta. Un aspecto a tener en cuenta en esta fase es la tierra utilizada; en opinión de Lasaga, las más recomendadas son las granuladas, como la akadama, de origen japonés.

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