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Mal comportamiento infantil

Las malas conductas de los niños no pueden ser sancionadas con castigos. La clave está en recompensar los buenos actos y buscar alternativas a los malos

Marcar unas normas a los niños desde que son pequeños es la base para conseguir una buena conducta. El exceso de permisividad deriva en pequeños egoístas no acostumbrados a recibir un ‘no’, mientras que el autoritarismo puede lesionar su autoestima y hacerles creer que sus padres y madres no les quieren. La relación entre padres e hijos es un tira afloja en el que unos luchan por mantener el poder y otros por conquistarlo, pero no se puede tomar el camino fácil de imponer un castigo, porque su efecto, aunque inmediato, es momentáneo. A la larga, da mejor resultado recompensar las buenas conductas e intentar buscar alternativas a los actos que menos gustan. Todo el mundo sabe que los actos que se repiten son los que reportan un beneficio.

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Para mostrar descontento con el comportamiento de sus hijos, algunos padres recurren a los castigos, que pueden ser físicos. Sin embargo, para Jordi Sasot, “recurrir a la bofetada es un error gravísimo que cometen los padres porque -asevera- si los padres saben educar, nunca van a tener que levantar la mano al hijo, y si lo hacen es porque algo han hecho mal”. Otros castigos pueden ser los gritos, las riñas o los insultos, a los que los padres recurren porque el efecto inmediato es que los niños dejan de hacer sus fechorías. “Pero sucede que el efecto de los castigos es momentáneo. Por lo general, los padres que castigan a sus hijos se quejan de que el niño no aprende por más que lo castigan y que deben castigarle una y otra vez”, precisa el doctor Joan Romeu i Bes, especialista en neurología y psiquiatría de la Clínica Quirón y profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona.

Según Romeu i Bes, “un castigo es un factor que permite que una conducta disminuya de frecuencia mientras se aplica el castigo, pero que, de la misma manera, hace que la conducta indeseada aumente cuando el castigo cesa”. Los inconvenientes, por lo tanto, de esta situación son dos: por un lado, al tener un efecto momentáneo, el niño repetirá la conducta castigada nuevamente, mientras que los padres, al notar que el castigo surte efecto en el momento en que lo aplican, tienden a castigar cada vez más y con mayor energía. Como consecuencia de todo esto, el niño no aprende a mejorar su comportamiento sino a perfeccionar sus travesuras para evitar el castigo, a los que poco a poco se hace insensible. Además, advierte Romeu “sean o no físicos los castigos, inducen un aumento de la agresividad de los niños”. “Les damos un ejemplo de que ‘cuando estamos enfadados con alguien, es bueno ir contra él’, lo cual provocará indudables derivaciones indeseables”, manifiesta, para añadir que castigos morales como la culpabilidad “pueden hacer tanto o más daño que un castigo físico, provocando una mayor agresividad en el niño”.

Por su parte, la Asociación Mundial de Educadores Infantiles insiste también en que “en ningún caso el sistema de castigos debe aplicarse”, bien porque su efecto es temporal y la conducta vuelve a repetirse, o porque “lo que el adulto considera desagradable para el niño, en realidad no lo es para él y, en vez de considerarlo un castigo, se convierte en un reforzador, aumentando el comportamiento desadaptado en intensidad y frecuencia”. Asimismo, hay que cuidar los comentarios que se transmiten al niño, puesto que cuando el niño escucha expresiones como ‘eres un desordenado’ o ‘eres malo’, “lesiona gravemente su autoestima”.

Lo preferible es que los castigos sean sustituidos por técnicas de sanción, con las que el niño aprenderá las consecuencias de sus actos, de las que sólo él será protagonista. Si el pequeño no obedece las normas, debe aprender por sí mismo a resolver los problemas porque nadie los va a resolver por él. “Si un adolescente deja la ropa sucia en el suelo, los padres no pueden recogerla y llevarla a la lavadora, sino al cajón, pero sucia. Entonces el adolescente recibirá las consecuencias de sus actos cuando quiera ponerse una ropa limpia y vea que no lo está”, señala Sasot. En la misma línea, al niño que no quiera comer no se lo podrá hacer otra comida hasta que no termine lo que está en el plato y, por supuesto, está totalmente prohibido darle de comer entre horas. Y si no se quiere ir a dormir a la hora que marcan los padres, es posible que elijan ellos la hora, pero al día siguiente deberán levantarse igualmente para ir al colegio o hacer las tareas como si se hubieran acostado pronto.

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