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Padres permisivos: ¿dónde está el límite?

Los psicólogos aconsejan que los padres eduquen a sus hijos e hijas con autoridad, pero marcando unos límites razonables

El 40% de los padres asegura sentirse desbordado por los problemas de sus hijos e hijas. Les resulta difícil educarles y, en algunos casos, el miedo a repetir el modelo autoritario en el que fueron criados deriva en un exceso de permisividad. Como consecuencia, durante la adolescencia son frecuentes los problemas de disciplina, pero no es fácil comenzar a imponer reglas a esta edad tan difícil. Los niños deben tener unos límites o pautas que les marquen el camino que deben seguir, sin ahogarles en un mundo de imposiciones, tal como aseguran los psicólogos y educadores. Para ello, los padres y madres deben establecer estas normas de manera razonada, adaptarlas a cada edad y ser firmes en sus decisiones. Si no se tiene un proyecto claro, es más fácil claudicar.

Aprender a poner límites

En general, se considera que los padres que no ponen límites actúan de esta manera por miedo a que sus hijos les rechacen, porque no quieren repetir viejos patrones de autoritarismo en los que fueron criados o, simplemente, porque no saben poner normas o es más fácil decir que ‘sí’ para evitar conflictos. En el libro ‘Jóvenes y valores, la clave para la sociedad del futuro’, el catedrático de Sociología de la Universidad de Deusto, Javier Elzo, determina que “bajo el término de tolerancia, a menudo no hay otra cosa que permisividad, cuando no dejación de responsabilidades” y defiende el trabajo de los padres que deseen educar a sus hijos en algo más que la mera convivencia pacífica. Los conflictos entre padres e hijos deben aceptarse y afrontarse, ya que, precisa Àngels Geis, “el niño sabe que siempre tiene la confianza de los padres y que, aunque le riñan, le quieren y él les quiere a su vez porque son sus referentes”. En esta línea, ofrece una serie de consejos para que los padres aprendan a poner límites a los hijos, teniendo en cuenta que “a cada edad se deben aplicar unas técnicas diferentes”:

  • Aprender a negociar. Hay que hay que hacer un esfuerzo por negociar con los hijos, a pesar de que éstos sean buenos “negociadores”. Para ello, el marco de referencia debe ser suficientemente amplio y debe aumentar conforme va creciendo el niño, “como cuando pide comer más patatas que judías y se le hace caso, pero come las dos cosas, nunca sólo una de ellas”.
  • Los adultos deben conocer sus propios límites. Si los padres no tienen límites tampoco sabrán ponerlos. No se puede pedir a un niño que utilice el teléfono móvil sólo en momentos de urgencia, si ve que los padres no tienen límite en su uso y lo mantienen permanentemente encendido.
  • Saber decir ‘no’. El estilo comunicativo de los padres debe estar acorde con sus palabras, es decir, el lenguaje verbal y el lenguaje no verbal no deben contradecirse.
  • Ser coherentes. Cuando se niega algo, se tiene que explicar por qué se ha tomado esa decisión, escuchar las argumentaciones de los hijos y actuar de la misma manera que se pide a estos que actúen.
  • Escuchar y mirar al niño. Cuando lloran, patalean o gritan, es posible que los niños estén intentando decir algo a los padres. Por ello, hay que aprender a escucharles y mirarles a los ojos.
  • Mantener las decisiones. Es importante mantener la coherencia con lo que se hace y se piensa porque de lo contrario se perderá la credibilidad ante los hijos.
  • Resaltar lo que se hace bien. El niño debe saber lo que hace mal, pero no se le puede “machacar” con estas actuaciones, también tiene derecho a saber que hay cosas que hace bien.
  • Poner límites que tengan valor. “Si hay que decir al niño que no rompa un vaso, no se debe utilizar el chantaje emocional y decirle que mamá se va a poner triste si lo hace, sino que hay que decirle la verdad, que está mal romper un vaso”, subraya la profesora, para quien “el tiempo que se invierta ahora, tendrá muy buenas consecuencias”.

En definitiva, poner límites no significa que haya que ser estrictos, sino evitar que los niños y niñas estén consentidos y sean poco “resistentes a la frustración” o “malos perdedores”. “El mejor antídoto es decir a los hijos que les queremos y hacer que se sientan queridos y amados, pero sabiendo que lo que hacen no siempre está bien. Pensar que esto ya lo aprenderá en el colegio es una equivocación, porque la escuela cada año tiene unos profesores diferentes y sólo ocupa un 25% del tiempo del niño”, señala Àngels Geis.

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