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Abuelos que viven en familia

Tres generaciones compartiendo la casa familiar resulta un modo de convivencia que a menudo se convierte en fuente de conflictos

Una enfermedad que imposibilita a la persona mayor, la viudedad o dificultades económicas propias o de sus hijos son actualmente las principales causas que favorecen que tres generaciones -abuelos-padres-hijos- convivan bajo el mismo techo. Un modelo de estructura familiar en clara tendencia a la baja, que en ocasiones se convierte en una fuente de conflictos para la familia, ya que limita la independencia e intimidad de las dos generaciones de adultos, pero que también puede enriquecer a todos los miembros del núcleo familiar cuando la decisión es aceptada por la mayoría.

Una fuente de conflictos

La imagen de la abuela cosiendo junto al fuego, unos nietos escuchando sus cuentos y otros correteando por el salón mientras la madre prepara la cena en la cocina es una imagen del pasado. Entre otras cosas, como dice la experta de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología, porque “en las casas actuales no hay el espacio suficiente para poder vivir de este modo”. La convivencia nunca es fácil y si, además, cinco o seis personas deben compartir menos de 80 metros cuadrados, puede convertirse en un infierno. A ello hay que sumar, según Sancho, la desaparición de la escena hogareña de las mujeres, que se han incorporado de manera masiva al trabajo de puertas afuera de la casa y que representan el 80% de los cuidadores de ancianos, frente al 20% de los hombres que se ocupan de sus mayores en España.

La convivencia con los abuelos en un espacio reducido suele provocar roces, que a menudo se trasladan a la pareja de adultos que alojan al anciano en casa al ver cómo su intimidad e independencia decrece a medida que la persona mayor “va tomando confianza”, señala la psicóloga Marcia Rodríguez. La tolerancia hacia los mayores depende, además, en gran medida, de la relación de parentesco que exista con el anciano, ya que resulta mucho más fácil ceder si se trata de los padres que si se trata de vivir con los suegros. Tampoco deben perderse de vista las condiciones de salud de la persona mayor que se traslada a vivir con sus hijos o hijas, pues resulta más complicado “soportar la situación” si el anciano padece una enfermedad, especialmente si ésta le hace permanecer inválido y necesitar la continua presencia de otra persona para ocuparse de él. Respecto a esta cuestión, la mayor parte de los mayores de 65 años estima, independientemente de su sexo, que debe ser la familia ayudada por la Administración quien se ocupe de su cuidado, según el Informe elaborado por el Imserso.

Cuando el abuelo se muda a casa, surgen a menudo conflictos que tienen su base en los nietos. A menudo padres y abuelos tienen concepciones diferentes respecto a la educación de los nietos o nietas, por lo que pueden surgir malentendidos, recelos y sospechas que crean malestar y vician las relaciones. En este sentido, la psicóloga Rosario Castaño explica que muchos ancianos que viven con sus hijos y nietos sienten que se les despoja de su dignidad y no se les trata con la deferencia que merecerían por su edad. Así, Teresa Sancho explica que los mayores pueden entender la convivencia en familia de las siguientes maneras:

  • Pérdida de poder: Dejan de tener su espacio de poder y de tomar decisiones sobre su propia vida y sobre las de los demás. En ocasiones pasan a ser “gobernados” por sus hijos o hijas, en lugar de ser una referencia para éstos, que son quienes marcan ya las pautas de comportamiento en la casa.
  • Pérdida de independencia: Los mayores están acostumbrados a una independencia que pierden, por lo menos en parte, al vivir en casa de sus hijos. La mudanza conlleva la adaptación a unas normas que en ocasiones pueden resultarles incómodas.
  • Pérdida de espacio propio: Por lo general, en la casa de los hijos no existe espacio suficiente como para que el anciano pueda disponer de habitación propia, que muchas veces debe compartir con alguno de sus nietos, por lo que pierde intimidad.

    También los hijos pueden sufrir las consecuencias de la convivencia:

  • Pérdida de intimidad de la pareja.
  • Pérdida de independencia: Convivir con el abuelo no permite hacer escapadas o excursiones familiares si el anciano necesita cuidados especiales. Además, los mayores suelen tener tendencia a controlar la vida de sus hijos y, en ocasiones, a tratarlos como si aún fueran niños (control de horarios, llamadas telefónicas?).
  • Trabajo extra si el anciano está enfermo.
  • Sentimiento de culpa: En ocasiones los hijos se sienten culpables por no tener la paciencia para soportar las “manías” de sus mayores.
  • Celos de sus hijos: Muchos abuelos juegan más con sus nietos de lo que lo hicieron nunca con sus hijos. La mayoría de los mayores ya está jubilado y tiene más tiempo para disfrutar de la familia durante la vejez.

    Pero a pesar de los inevitables conflictos, también existen numerosas ventajas en la convivencia intergeneracional y el apoyo familiar a las personas mayores en España destaca en Europa por ser uno de los más notorios, según el informe del Imserso Las Personas Mayores en España 2004, un fenómeno que no puede decirse que esté en extinción, según refiere Teresa Sancho desde la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología. No obstante, en su opinión tampoco hay que mitificar la convivencia con los abuelos y ésta sólo será positiva “siempre que responda a una decisión asumida y aceptada por todas las personas que van a convivir”.

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    abuelos


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