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Discapacidad intelectual y envejecimiento prematuro

La exclusión de personas con discapacidad intelectual de los programas de prevención de salud provoca que enfermen más que la población general

  • Autor: Por

  • Fecha de publicación: domingo 24 mayo de 2009

Las personas con discapacidad intelectual envejecen antes de tiempo y esta degeneración prematura acorta su esperanza de vida diez años respecto a la población general. La mayoría de las veces esta aceleración del proceso de envejecimiento se debe a la falta de acceso de estas personas a programas de prevención de la salud y a los servicios sanitarios.

Enfermedades comunes

Imagen: Flora Braz

Además de los déficits auditivos y visuales característicos del transcurso del tiempo, a partir de los 40 años las personas con discapacidad intelectual tampoco se libran de importantes enfermedades que afectan a la población general. Entre ellas figuran las patologías cardiovasculares, que sufren en un porcentaje que se asemeja al de la población general. Dentro de ellas, el colesterol elevado, de forma excepcional, se ha detectado en una proporción inferior respecto al conjunto de la población; las enfermedades respiratorias, que sufren una de cada 20 personas; y las patologías hepáticas, que afectan a dos de cada 20.

Un dato llamativo es que la mitad de los afectados mayores de 40 años ya tienen artrosis y, en muchos casos, no sólo sufren más problemas osteoarticulares respecto a la población general, sino que estos también aparecen antes. Se explica por las deficitarias condiciones de salud de estas personas y su elevado consumo de tratamientos farmacológicos del sistema nervioso central. De hecho, un 70% reciben más de un fármaco de manera simultánea.

Y, por último, las enfermedades y procesos de envejecimiento propios de cada sexo también aparecen de manera distinta, frente a la población general. Así, en las mujeres con discapacidad intelectual, la menopausia debuta antes y en los hombres, las alteraciones de la próstata son más frecuentes respecto a los varones de la población general. De nuevo, en estos casos, los problemas responden al limitado acceso de este colectivo a los programas de prevención de la salud y a los servicios sanitarios.

La salud mental y psicofármacos

Al malestar físico de las personas con discapacidad intelectual se añade el mental, sin duda, otra constatación preocupante sobre el estado general de este grupo. Según el estudio, una de cada cuatro personas con discapacidad intelectual tiene trastornos mentales con más frecuencia que la población general. Sus conductas son desafiantes y, entre ellas, una de las más habituales es la agresividad ejercida contra los otros o contra uno mismo.

Una preocupación importante es que alrededor del 50% de estas personas, a lo largo de su vida, van a sufrir estos problemas de enfermedad mental o de conducta añadidos. Esta situación implica que muchas van a requerir medicación psicotrópica, que no se supervisa con tanta frecuencia como se debería, y que pueden acabar automedicándose de forma peligrosa. Los psiquiatras responsables de su seguimiento deberían hacerlo de forma más rigurosa, ya que el uso de psicofármacos en este grupo es elevado si se compara a las medicaciones que toman para otras patologías, como antihipertensivos, antidiabéticos o hipolipemiantes (tratamiento para niveles anormales de lípidos, como el colesterol), ha alertado Novell.

RETOS SOCIOSANITARIOS

Imagen: Manuel Martín

Las carencias en recursos sanitarios y sociales para estas personas se han hecho visibles a través del estudio Séneca, una iniciativa de APPS (Federación catalana pro personas con discapacidad intelectual) y la Fundación Vodafone con el apoyo de la Generalitat catalana. Y una de las revelaciones más preocupantes y en las que más ha insistido su coordinador, Ramón Novell, es el limitado acceso de las personas con discapacidad intelectual a los servicios sanitarios y sociales. Gracias al informe se ha constatado que la media de contactos de estas personas con estos servicios es de 4,1 por año, mientras que la media en población general es mucho más elevada: de 6,6 visitas los hombres y 8,7, las mujeres.

Asimismo, el apoyo de los servicios domiciliarios a estas personas es limitado, no hay residencias específicas para personas con discapacidad y en los pisos tutelados la ratio de profesionales para atenderlos es insuficiente. En otros países, como Holanda o el Reino Unido, donde se han efectuado estudios parecidos, se han detectado deficiencias similares en la salud física, mental y social de las personas discapacitadas. Tras analizarlos, Holanda, por ejemplo, ha creado programas de prevención de la salud en el sistema sanitario de atención primaria que incluyen revisiones periódicas y, desde el punto de vista social, ha habilitado dispositivos, como residencias específicas.

En España, según este experto, tanto la Administración como los profesionales sociales y sanitarios deben adquirir conciencia de la necesidad de aplicar programas de prevención y de promoción de la salud en las personas con discapacidad intelectual para que envejezcan de manera saludable. Para ello, son necesarios programas de formación para los profesionales y adaptar materiales educativos para los afectados, a fin de que comprendan distintas cuestiones de salud que les atañen. «No son personas bien entendidas por el sistema de salud y una visita de cinco minutos a un ambulatorio no basta. Necesitan más tiempo y más paciencia», afirma el director del informe Séneca.

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