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Hipocondría: “el enfermo eterno”

Una de cada cien personas en el mundo padece esta enfermedad

¿Quién no tiene un pariente, un amigo o un conocido que continuamente se lamenta de las enfermedades que cree sufrir? A menudo se tilda a estas personas de quejicas y su entorno más cercano, como familiares y amigos, considera que la única razón de los habituales lamentos es conseguir ser el centro de atención. Sin embargo, en muchas ocasiones, se enfrentan sin saberlo y sin hallar la comprensión de quienes les rodean a una enfermedad crónica y de difícil solución: la hipocondría.

¿Cómo son los hipocondríacos?

“Se considera que una persona es hipocondríaca cuando durante seis meses o más está convencida de que padece una enfermedad, a pesar de que los exámenes médicos indiquen lo contrario”, sentencia Marta Michelle Colón, psicóloga clínica. Las que más miedo les causan son las patologías sin cura, como determinados cánceres, SIDA o enfermedades del corazón. “Presentan una personalidad obsesiva y son proclives a la angustia y a la depresión” concluye Mónica Elorza, psicóloga de AM&EM Asociados.

Según los expertos, el perfil del hipocondríaco corresponde a un hombre o mujer, con más de 30 años, que tiene por costumbre acudir al médico por una preocupación que perturba su vida: padecer una enfermedad grave. Los niños no son inmunes a esta enfermedad y según los expertos, quienes más la sufren son aquellos cuyos padres la padecen. “Lo habitual es que se dé en varones que ronden la treintena y en mujeres a partir de los 40”, explican los psicólogos.

La psicóloga Amaia Bakaikoa define a los hipocondríacos como neuróticos obsesivos de la salud, “lo que les preocupa son los trastornos físicos, pero existe otro tipo de paciente obsesionado por trastornos psíquicos. Estos últimos también son hipocondríacos”, afirma. “No se preocupan por tener mal el corazón, aunque sí por creer estar sufriendo una depresión que, sin duda, están convencidos que les llevará a un suicidio que no quieren que se dé”, concluye.

Las personas que rodean a estos enfermos son conscientes del continuo autoanálisis al que se someten: estudian con detenimiento cada pequeño síntoma de su cuerpo, se toman el pulso, la temperatura, la tensión, cuentan las veces que respiran por minuto, analizan sus heces y orinas, sus ojos y su piel. Estos análisis van acompañados de continuas quejas, según relata la doctora Amaia Bakaikoa, de síntomas tan extraños como “venas dolorosas, corazón vago, etc”. Se trata de personas muy informadas que leen continuamente reportajes y artículos sobre medicina, además de ver todos programas televisivos sobre salud, tan de moda en la actualidad. Resulta curioso observar la reacción de estos enfermos ante la lectura de diversos males, “en muchas ocasiones sienten los síntomas según los leen”, explica la experta.

Para Josune Eguia Fernández, psicóloga del Centro Campuzano-Tíboli de Bilbao, el desencadenante de esta enfermedad no se conoce con exactitud todavía pero “es incuestionable que este tipo de enfermos tienen altibajos. Existen ciertos detonantes que agravan su situación”. “En breve, por ejemplo, empezarán a llegar a la consulta hipocondríacos que estén experimentando los síntomas de la neumonía asiática, convencidos de padecerla sin haber tenido ningún tipo de contacto con este país ni con nadie relacionado con el mismo”. Hace pocos meses las consultas de los urólogos estaban llenas de hombres que padecían el llamado “síndrome Molina”: la mayoría de ellos se quejaban de fuertes dolores en los testículos y estaban convencidos de padecer un tumor cancerígeno en alguno de los testículos, como el conocido futbolista.

Al hipocondríaco le aterra estar enfermo, poder estarlo, el sufrimiento y, en consecuencia, la muerte. Interpreta todo lo que siente como un presagio de una futura o latente enfermedad que, por lo general, suele ser grave. Para evitar todo tipo de enfermedades o el empeoramiento de sus ficticias dolencias se convierte en un experto nutricionista. Sabe qué contiene cada alimento y bebida que ingiere, y controla la temperatura a la que se expone utilizando o desechando de forma compulsiva ventiladores y calefacciones.

Quienes padecen esta enfermedad acaban obsesionándose de tal manera que sus dolencias acaban siendo su único tema de conversación. Algunos llegan incluso a trasladarse de domicilio a fin de permanecer más cerca de un hospital y cada vez que planean sus vacaciones sustituyen la visita al museo por un recorrido por los centros sanitarios a los que acudir si se presenta la ocasión. Incluso renuncian a disfrutar de una vida social plena por miedo a todas las enfermedades que les pueden contagiar y, en caso de tener que ponerse en contacto con el resto de la humanidad, algunos no dudan en utilizar guantes o mascarillas.

La peor cara de esta enfermedad es que la personalidad de quien la padece y su manera de vivir cambian totalmente para consagrarse en cuerpo y alma a su salud, llegando a renunciar al trabajo, amigos y familia, que a menudo es quien se lleva la parte más amarga.

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