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Natación infantil

Aunque un bebé puede aprender a flotar con apenas un mes de vida, hasta los cuatro años no aprende a coordinar movimientos y a nadar

A las pocas horas de nacer, al mes, al año… Los expertos no se ponen de acuerdo. No existe unanimidad respecto a la mejor edad para que un bebé comience a acudir a clases de natación. Algunos médicos aseguran que a partir del primer mes los niños están listos para adquirir técnicas de flotación, mientras que otros animan a esperar hasta los dos años y recuerdan que, a pesar de todo, no es hasta los cuatro años cuando el aparato locomotor está lo suficientemente maduro como para aprender a nadar. Respecto a los posibles daños derivados de la depuración de las piscinas con cloro, parece claro que no existe peligro para el organismo de los pequeños, puesto que las técnicas habituales de limpieza recurren a otros sistemas como el uso de hipoclorito (con bajo contenido en cloro), bromo, ozono o rayos ultravioleta.

Ventajas

La unión entre padres e hijos durante las clases de natación es indiscutible. El progenitor acompaña al pequeño durante toda la sesión, que suele durar unos treinta minutos, cuatro días a la semana, y consigue infundirle la tranquilidad que necesita para perder el respeto a un medio similar al que, al fin y al cabo, ha conocido durante los primeros nueve meses de vida.

Pero además de los beneficios sobre el vínculo afectivo, para María Castillo la matronatación es una fuente de estímulo en todo el cuerpo del bebé que le permite ir despertando sus sensaciones al mismo ritmo que desarrolla otras habilidades como sentarse o gatear. La matronatación es una fuente de estímulo en todo el cuerpo del bebé “En un principio, el niño o niña ralizará movimientos muy descoordinados, que se convierten poco a poco en algo parecido a lo que podrían ser las primeras habilidades acuáticas”, explica. Realizan una especie de gateo en el agua, que simula el nadar de los perros, pero que en ningún caso tiene nada que ver con la disciplina acuática.

En este sentido, Alfonso Valdeolmillos destaca también la mejora que la natación supone en niños con problemas de parálisis cerebral, problemas de espalda o síndrome de Down. “Al no haber fuerza de la gravedad en el agua pueden realizar ejercicios de manera más sencilla”, matiza. “Resulta especialmente conveniente que practiquen la natación los menores con problemas de columna vertebral o con movilidad reducida (niños en silla de ruedas, obesidad importante), es decir, aquellos que apenas pueden practicar otros ejercicios físicos. Sin embargo, no es siempre recomendable en niños asmáticos, ya que muchas de las crisis están desencadenadas por hongos o humedad”, añade la AEP.

En cuanto a las condiciones de las piscinas y los cursillos, se deben organizar programas en un horario en el que las instalaciones estén lo menos frecuentadas posible, ya que muchas veces lo que asusta a los niños es el bullicio o las salpicaduras de otros nadadores. Respecto a la temperatura del agua, ésta debe mantenerse alrededor de los 30 grados, la profundidad no debe superar el metro, preferiblemente para que los padres hagan pie y puedan reaccionar mejor ante cualquier contratiempo. Y es imprescindible que haya socorristas y monitores siempre cerca de los niños.

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