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Natación infantil

Aunque un bebé puede aprender a flotar con apenas un mes de vida, hasta los cuatro años no aprende a coordinar movimientos y a nadar

A las pocas horas de nacer, al mes, al año… Los expertos no se ponen de acuerdo. No existe unanimidad respecto a la mejor edad para que un bebé comience a acudir a clases de natación. Algunos médicos aseguran que a partir del primer mes los niños están listos para adquirir técnicas de flotación, mientras que otros animan a esperar hasta los dos años y recuerdan que, a pesar de todo, no es hasta los cuatro años cuando el aparato locomotor está lo suficientemente maduro como para aprender a nadar. Respecto a los posibles daños derivados de la depuración de las piscinas con cloro, parece claro que no existe peligro para el organismo de los pequeños, puesto que las técnicas habituales de limpieza recurren a otros sistemas como el uso de hipoclorito (con bajo contenido en cloro), bromo, ozono o rayos ultravioleta.

Peligros

Algunas de las preocupaciones de los padres cuando comienzan a llevar a su hijo a la piscina es la posibilidad de que éste rechace el medio acuático o las posibles consecuencias de la ingesta de agua clorada. En este sentido, María Castillo asegura que las condiciones higiénicas de la piscina están impuestas por las correspondientes áreas de sanidad de cada comunidad autónoma y recalca los “estrictos controles de calidad” a los que son sometidas las instalaciones.

La polémica más reciente en este aspecto hace referencia a diversos recortes de prensa en los que se advertía de que la natación antes de los dos años podía dañar los pulmones de modo irreversible. Según Valdeolmillos, esta información está elaborada a partir de un estudio realizado por el doctor Alfred Bernard, profesor de toxicología de la Universidad católica de Lovaina (Bélgica), quien declaró que la natación en piscinas fuertemente cloradas podría ser un factor de riesgo de desarrollo o empeoramiento del asma en el niño. “Después de hablar con el propio Bernard, él mismo aclaró que el estudio se refería al riesgo de la cloramina, resultante de la reacción del cloro con elementos orgánicos derivados de la piel y la orina. En este caso, sí se pueden producir determinados malestares, siempre y cuando se den concentraciones muy altas”, tranquiliza el director de la escuela Ureabi, que explica cómo las piscinas son depuradas en la actualidad con hipoclorito (una sustancia baja en cloro), bromo, ozono, cobre-plata o rayos ultravioleta. “Además, la depuradora tiene que estar funcionando constantemente, lo que evita la formación de cloramina, y las exigencias sanitarias obligan a renovar cada día el 5% del agua y el aire de las instalaciones”, precisa.

No existen evidencias del riesgo de desarrollo o empeoramiento del asma por acudir a clases de natación Desde la Asociación Española de Pediatría, se asegura que no existen evidencias del riesgo de desarrollo o empeoramiento del asma por acudir a clases de natación desde pequeños y hace referencia a un informe elaborado por los doctores J. Elorz y C. González, de la Unidad de Neumología Infantil del Servicio de Pediatría del Hospital de Basurto (Vizcaya), que concluye que “está demostrada la relación entre el aumento de la prevalencia de asma y la práctica de la natación a nivel profesional, pero no hay evidencia de que el riesgo de padecer asma aumente en los niños que acuden a las piscinas, siempre que en éstas existan unos niveles de cloración del agua dentro de los limites establecidos y que la aireación de las instalaciones sea adecuada”.

Sí existe riesgo- continúa la AEP- de que los niños más pequeños presenten hiperhidratación por la ingesta de agua, mientras que las enfermedades más frecuentes incluyen la conjuntivitis química por cloro (sobre todo en verano, ya que el sol contribuye más a ello), la conjuntivitis infecciosa vírica o bacteriana, la infección de córnea en niños con lentillas, el denominado molluscum contagiosum (infección de la piel a modo de verruga con centro deprimido), infecciones de los pies por hongos (sobre todo en duchas), la pitiriasis versicolor (infección de la piel de la espalda por hongos) o las diarreas. “Estas infecciones se propagan en su mayoría por el agua, aunque habitualmente son benignas”, tranquiliza.

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