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El alcance socioeconómico de la PPC

La aparición de un brote de peste porcina clásica en una explotación de Lleida, ha devuelto al primer plano de la información una enfermedad que se consideraba erradicada. Aunque no afecta a la salud humana, su impacto y difícil control acarrea graves consecuencias económicas, además de abrir una nueva crisis en el sector alimentario.

Una plaga de distribución mundial

JOSEP CATALÀ

De las 5.557.223 cabezas de ganado que, según las últimas cifras oficiales disponibles, constituyen el censo porcino de Cataluña, 2.537.424 se encuentran en la provincia de Lleida. Se comprende, por tanto, que las autoridades autonómicas responsables del sector hayan decidido actuar con rapidez y contundencia ante los primeros y reverdecidos focos de peste porcina clásica.

Enfermedad extremadamente contagiosa y febril, causa epidemias capaces de diezmar grandes cabañas. Desde luego, no produce daño alguno en humanos, aun en el caso de que consuman productos de cerdo infectados, pero su coste económicos es elevadísimo si no se procede con buen tino al detectar el primer foco contagioso: deben sacrificarse todos los cerdos afectados y aquellos que, aun no estándolo, hayan convivido con ellos. Se impone paralelamente la protección de las granjas próximas y debe valorarse una posible vacunación masiva, si bien no son pocos los especialistas que no confían demasiado en esta medida.

El nombre de peste porcina clásica es el habitual en Europa para designar esta enfermedad animal, pero en Estados Unidos y Canadá, por ejemplo, es más conocida como cólera porcino y, en otros lugares, como peste porcina a secas. Esto da idea de que su distribución es mundial, si bien en muchos países sudamericanos y asiáticos constituye un claro endemismo.

El virus causante de la epizootia se propaga a través de cerdos en vivo o bien mediante productos obtenidos de él y no tratados adecuadamente. Y aquí, al igual que en el caso de la encefalopatía espongiforme bovina, el mal de las vacas locas, destaca la importancia que debe darse a las prácticas industriales correctas. En efecto: dar productos residuales de la manufactura porcina a cerdos sanos, como suele ser habitual en algunas zonas o países, es la mejor manera de propagar la enfermedad. Sólo con que se cocieran en agua los despojos que se quiere aprovechar desaparecería el peligro.

En ocasiones, no tan raras como pudiera parecer, el virus de la peste porcina clásica pertenece a una cepa de poca virulencia, lo que hace que el cerdo infectado no demuestre en su etapa aguda ni fiebre ni inapetencia ni depresión, síntomas que tanto ayudan al diagnóstico. El animal, que puede llegar a recuperarse al menos de forma aparente, sigue siendo portador del virus y sólo un seguimiento continuado puede ayudar a descubrir que se trata en realidad de una bomba de relojería. Una baja tasa de reproducción y/o el nacimiento de lechones con algunos problemas neurológicos, son claros indicadores de que su o sus predecesores no están libres de la peste.


Similitud clínica pero sin parentesco


El virus causante de la peste porcina clásica tiene ARN (ácido ribonucleico) como material genético. Por el contrario, el de la peste porcina africana (PPA) es un virus ADN (ácido desoxirribonucleico). El primero, un pestivirus de la familia Flaviviridae, resulta pequeño, incluso para un virus. El de la PPA, en cambio, es un gigante en comparación y está dotado de una compacta cubierta. A pesar de tales y grandes diferencias, es extremadamente difícil, por no decir imposible, diferenciar los síntomas que uno y otro producen en los cerdos infectados. Incluso para los veterinarios con sobrada experiencia.

La PPA, mucho más temida que la clásica, no cuenta hoy por hoy con una vacuna con la que hacerle frente. Un rápido diagnóstico, desde luego con la colaboración de un buen laboratorio preparado para aplicar técnicas de replicación de ADN y tests de precisa inmunología, junto con el sacrificio de los animales infectados, son el mejor sistema para frenar su propagación.

En el África subsahariana, la PPA es endémica, y en 1957 logró llegar hasta Europa. Los brotes iniciados en 1960 en España y Portugal cayeron como una bomba sobre los ganaderos de porcino, que vieron cerrarse las fronteras a la exportación. En 1978 se detectaba en Cerdeña, en 1985 en Bélgica y en 1986 en Holanda. Los controles exhaustivos que se realizaron dieron sus frutos, pero no hasta varios años más tarde. Así, en 1993 la PPA se daba oficialmente como erradicada en Portugal y, dos años después, en España.

Un detalle anecdótico pero muy significativo, marcó el fin de la epizootia en España. Tras años de fronteras cerradas a la exportación de cerdos españoles o de productos cárnicos derivados, Estados Unidos decidió, poco después de darse por erradicada la enfermedad, empezar a comprar jamones ibéricos. Fue el fin de las reticencias del mercado mundial al porcino español.

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