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Estudios de conducta para mejorar el bienestar en las granjas

El bienestar de los animales en las granjas, así como en el transporte y sacrificio, es una línea relativamente reciente de investigación cuyo objetivo es minimizar el sufrimiento innecesario y mejorar los modelos de las actuales granjas. Con ello se pretende mejorar el estado sanitario de los animales y también la calidad final de la carne.

El estrés o el sufrimiento excesivo de los animales repercute directamente en la calidad de la carne Factores como estos no sólo son estresantes sino que pueden inmunodeprimir al animal e influir directamente en su salud. Y, como en un círculo cerrado, la salud y el estado sanitario de los animales repercute nuevamente en el bienestar de los animales. De tal forma que, a veces, para evitar enfermedades multifactoriales como algunas neumonías que pueden estar causadas por la alta densidad en los corrales, «lo mejor no es administrar antibióticos sino bajar la densidad». Así lo explica Antonio Velarde, investigador del Centro de Tecnología de Carne del IRTA, y experto en el estudio del estrés animal durante el transporte y el sacrificio. Su equipo esta poniendo a punto el protocolo para una nueva investigación que persigue descubrir la eficacia de uno de los métodos habituales de aturdimiento antes del sacrificio, el del CO2.

Estudio de potenciales evocados

La controversia sobre si el CO2 es eficaz o no surge del hecho de que no se sabe a ciencia cierta en qué momento el animal queda inconsciente. En la eficacia del aturdimiento con CO2, detalla Velarde, juegan varios factores: la concentración de gas, el tiempo de exposición del animal al gas y el tiempo que se emplea para el sacrificio. Si el animal recupera la conciencia durante el proceso, reaccionará intentando huir, estará sometido a un alto estrés y sufrimiento innecesario. Como resultado del esfuerzo y desgaste energético, la carne tendrá muy baja calidad y no se podrá comercializar, con lo cual todo el sufrimiento habrá sido en balde. «Si la carne es necesaria», apunta Velarde, «al menos que se consiga con el mínimo sufrimiento animal».

El problema con el CO2 es que, por lo general, tras 20 o 25 segundos de inhalar el gas y desplomarse, el animal suele presentar convulsiones. Lo que no está claro es si estas convulsiones son una respuesta refleja del sistema nervioso o si el animal esta todavía consciente y es una respuesta a su aversión por el gas. Para averiguarlo, los investigadores del IRTA están preparando un protocolo para comparar la respuesta a potenciales evocados en animales antes y después de ser sometidos al CO2. Se trata, básicamente, de presentar a los animales estímulos visuales, auditivos y táctiles y ver su respuesta, a través de electroencefalogramas. Después, los mismos animales son sometidos a aturdimiento con CO2 y se controla a través de un electroencefalograma en qué momento la respuesta cerebral cambia de tal forma que se puede decir que están inconscientes.

Paralelamente, los investigadores compararán los resultados entre animales portadores y no portadores del gen halotano. Se sabe que los cerdos portadores de este gen son más susceptibles al estrés. «La tendencia en el mercado europeo», añade Velarde, «es intentar eliminar el gen halotano, a través de selección de especies». Pero de seguir esta línea, será un proceso lento.

Repercusión directa sobre la calidad

El manejo en general de los animales tiene una repercusión directa sobre la calidad de la carne. Por ejemplo, es importante evitar el uso de picas eléctricas, evitar las rampas y no mezclar los grupos sociales durante el transporte. «Los cerdos son muy jerárquicos, en los primeros días en la granja, establecen una jerarquía y después ya no hay peleas». Si se rompen esos grupos, los animales vuelven a enzarzarse en nuevas peleas para reestablecer la nueva jerarquía, lo que supone más estrés.

Los estudios sobre la conducta de los animales, iniciados alrededor de los años 70, son una de las pocas vías para esclarecer si el animal sufre o no. Actualmente la producción española sobrepasa las necesidades del país. Según la evolución de censos y producciones ganaderas del Ministerio de Agricultura, en diciembre del 1970, España contaba con 7.621.000 cabezas de porcino, cifra que en diciembre del 2000 había aumentado hasta 22.149.000 (sólo por debajo de Alemania, con algo más de 26 millones de cabezas). Los profesionales del sector saben que para exportar debe aumentarse la calidad. Pero también son conscientes de que el interés del consumidor por el bienestar de los animales ha aumentado y marcará decididamente el futuro del sector.

HACIA UN NUEVO MODELO DE GRANJA

Muchos factores estresantes son más habituales de granjas intensivas que de extensivas; lo que no significa necesariamente que sean estas últimas mejores en todo. «En granjas intensivas el tratamiento sanitario de los animales es más fácil y seguro; en granjas extensivas puede haber más problemas para controlar parásitos y el estado sanitario de los animales», detalla Antonio Velarde. Una granja intensiva resolverá el tema del calor con ventilación; una granja extensiva, debe ofrecer sombra suficiente, o agua y barro para que el animal, que no dispone de glándulas sudoríparas, pueda refrescarse. De lo contrario, el calor puede afectar de forma importante al animal.

De cualquier forma, el elevado nivel de producción de carne a buen precio despierta dudas sobre si los métodos actuales son buenos desde el punto de vista de la seguridad alimentaria, el medio ambiente y el bienestar animal. Dado que un cambio radical no es posible, los nuevos modelos de granja persiguen unir lo mejor de ambas concepciones. Un ejemplo está en la recomendación de la Unión Europea de poner paja en el suelo de las granjas porcinas «siempre que sea posible», una recomendación quizá insuficiente por no indicar obligatoriedad.

«Sobre un lecho de paja el animal está más cómodo, puede remover y explorar en ella», detalla Velarde. Los cerdos tienen un instinto muy fuerte de hozar y explorar con el hocico. En granjas extensivas el animal puede explorar. En intensivas, si el animal no puede hozar, «redirige» ese instinto hacia otros estímulos y actividades como morder las colas de los compañeros, señala el investigador. «Es algo muy habitual y problemático [produce dolor, estrés y peleas entre los animales], y no se arregla siempre con cortar las colas». Poner otros estímulos como pelotas o cadenas de hierro, es una opción que se convirtió en norma recientemente en el Reino Unido.

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