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Josep Alfons Canicio, hidrogeólogo y asesor en contaminación

«Un tercio de la humanidad vive gracias a la contaminación por nitrógeno de síntesis industrial»

  • Autor: Por
  • Fecha de publicación: jueves 2 diciembre de 2004

El progreso es una moneda de dos caras. A menudo, lo que se gana por un lado se pierde por otro, aunque la incomprensión, la falta de conocimiento o el interés de alguna de las partes pretendan colocarlo todo siempre en el mismo saco. Así ocurre con la química de síntesis, explica Josep Alfons Canicio. Sus beneficios, lamenta, se ven más de una vez oscurecidos por «manipulaciones maniqueístas».

Josep Alfons Canicio es una autoridad en recursos hídricos. Su dilatada trayectoria profesional incluye auditorías de pureza y calidad del agua para el Ministerio español de Medio Ambiente, la Generalitat de Cataluña o la empresa multinacional British Petroleum. En la actualidad trabaja como consultor independiente en una empresa de su propiedad, lo que no le priva de conferenciar en el Institut d'Estudis Catalans (IEC) a propósito del poder contaminante de las dioxinas.

En sus conferencias suele plasmar los efectos de la actividad industrial sobre el medio ambiente y la salud humana.

A los que debemos mucho más de lo que podemos recusar.

Pues no es que la contaminación tenga, digamos, buena prensa.

Una tercera parte de la humanidad está viva gracias a la contaminación por nitrógeno de síntesis industrial. Me refiero a que si dependiésemos sólo del nitrógeno de la naturaleza habría espacio en el planeta únicamente para unos cuatro mil millones de habitantes, y somos más de seis mil millones. Un tercio vive gracias a un invento de dos industriales alemanes: Haber y Bosch.

¿Y qué hicieron esos señores?

Demostraron que N2 + H3 = 2NH3… En otras palabras, se las ingeniaron para obtener amoníaco de una simple mezcla de aire y agua en una base de carbón al rojo vivo. A partir de entonces los nitratos sintéticos colonizaron la tierra y se sumaron a los naturales.

¿Cómo puedo saber si estoy hecho de nitratos sintéticos o naturales?

«Nunca antes en la historia tantas personas han podido comer tanto y tan bien, y eso es gracias a la química sintética»
Nadie lo puede saber, porque las moléculas no tienen memoria y las proteínas no saben de dónde han obtenido el nitrógeno indispensable para llevar a cabo sus funciones. Sin nitrógeno no puede desarrollarse ninguna fuente de alimento en el planeta, pero nadie puede asegurarle que el producto más orgánico o biológico no se haya sintetizado a partir de nitratos de origen industrial.

La contaminación industrial, sin embargo, no está exenta de riesgos para la salud.

Lo malo no es la contaminación en sí, que responde a una actividad socialmente indispensable, sino el carácter tóxico de determinados contaminantes: mercurio, nitratos organoclorados y metales pesados, entre otros.

Sea como fuere, la garantía de calidad que ofrecen los productos orgánicos debe ser tenida en cuenta.

Salvo en el sabor u otras propiedades organolépticas, hay mucha fachada en el tema de la alimentación biológica, orgánica o natural. Si sólo hubiera agricultura biológica no podríamos dar de comer a tanta gente. Nunca antes en la historia tantas personas han podido comer tanto y tan bien, y eso es gracias a la química sintética. Fármacos, insecticidas, abonos, aditivos o materiales de conservación nos permiten llevar la vida que queremos.

Aunque puede que queramos menos contaminantes en la comida.

Insisto en que los únicos contaminantes que deben importar son las sustancias peligrosas; la actitud de la agricultura biológica con respecto a lo demás me parece un tanto maniqueísta y deformadora de la realidad.

Pero las sustancias peligrosas proliferan hasta en la sangre de las ministras de medio ambiente…

La cuestión es si el desarrollo actual de materiales químicos sintéticos es compatible con la salud. Pongamos, por caso, la alimentación: los tóxicos de síntesis más perniciosos son los policlorobifenilos (PCB), las dioxinas (de 75 isómeros o policlorodiebenzodioxinas y de 135, policlorodiebenzofuranos) y los insecticidas organoclorados (DDT o heptaclor).
De los policlorobifenilos podemos decir que son derivados de la industria humana usados en aceites para transformadores y máquinas hidráulicas. La única dioxina reconocida por la OMS como carcinógena es la 2.3.7.8 tetraclorodibenzodioxina (TCDD). En cuanto al DDT, podemos definirlo como un tóxico paradójico; nadie duda de su impacto negativo sobre la cadena trófica, pero hay que reconocer que ha salvado tantas vidas como las sulfamidas o los antibióticos.

Vayamos a por las dioxinas.

Están de moda. Las principales fuentes de contaminación por dioxinas son la incineración o combustión a temperaturas inferiores a 1.400 ºC, las actividades de la industria química y, en especial, las actividades de cloración del papel o depuración de aguas residuales. Aunque también se producen dioxinas por causas naturales como incendios o bioacumulación.

Eso en relación con las fuentes, pero ¿qué hay de los límites?

Los límites permitidos para dioxinas en la UE son 1 pg/día, mientras que la OMS eleva el umbral a 2 pg/día. Se ha calculado que los europeos ingerimos una media de 0,95 pg/día de dioxinas, por más medidas que tomemos. De estar presentes, lo están en vegetales, carnes, huevos y pescados; pero sólo pueden constituir un problema en esos últimos. La cantidad de dioxinas de un pescado es diez veces mayor que la de un huevo.

Más aún si se trata de un salmón del Mar del Norte.

«Eliminar el salmón de la dieta supondría eliminar una de las principales fuentes naturales de ácidos grasos omega insaturados»
El salmón atlántico (Salmo salar) se ha visto involucrado este año en una polémica, a raíz de un artículo de la revista Science en que se especificaba que los salmones noruegos y escoceses de piscifactoría tenían hasta 14 veces más compuestos organoclorados que los de las cuencas pacíficas. El artículo llegaba al extremo de desaconsejar la ingestión de salmones europeos.

Y usted cree que…

No se trata de algo nuevo. Al Mar del Norte vierten sus residuos algunas de las empresas industriales más importantes del viejo continente. Los criadores de salmones atlánticos en cautividad, al contrario de sus colegas del Pacífico, alimentan a sus peces sin piensos, sólo con especies de más bajo escalafón en la cadena trófica de este animal, como lo haría un salmón en estado libre, y lo curioso es que los salmones salvajes andan tan contaminados o más que los de los viveros. En el Pacífico alimentan a los salmones de vivero con piensos de pescado cuyo origen son las aguas casi descontaminadas del sur de Chile. No cabe decir que el índice de dioxinas bioacumuladas es mucho menor.

Buen ejemplo de la naturaleza perversa de la contaminación.

Pero si tan malos fueran los salmones de Escocia y Noruega, ¿no cree que las autoridades sanitarias habrían optado por impedir su explotación y consumo?

Entonces, ¿por qué no lo han hecho, según usted?

Las autoridades sanitarias europeas han hecho números. Las dioxinas son cancerígenas y cada año mueren unos 6.000 habitantes en sus respectivos países por un cáncer relacionable con la ingestión de estas sustancias tóxicas. Pero eliminar el salmón de la dieta en esos países supondría eliminar la principal (si no única) fuente natural de ácidos grasos omega insaturados, y el número de fallecidos por afecciones cardiovasculares imputables a una falta de ácidos grasos en la dieta sobrepasa los 100.000. Como ve, sale más a cuenta comer salmón contaminado.

UN DEBATE DE IDA Y VUELTA

Imagen: GRUMM-Universidad de Barcelona

Como el mismo salmón, el debate científico y sociosanitario a propósito de las dioxinas alojadas en la carne de estos animales ha emprendido un viaje de ida y vuelta. El fascinante ciclo biológico de los salmones incluye la emigración del río que les vio nacer hasta lejanos y fríos caladeros, para regresar misteriosamente para efectuar rituales de cortejo y reproducción salvando contracorrientes y obstáculos.

Su llamativa carne de tonos pálidos rosados oferta todos los selectos beneficios de los peces grasos azules y rinde una versátil lista de posibilidades de consumo: al horno, a la parrilla, marinado, ahumado, acompañado de salsas, en carpaccio o como pasta.El auge del salmón en la alimentación se debe a los avances de piscicultores noruegos, escoceses y canadienses que en su día aprovecharon fiordos y radas naturales, transformados en granjas, para convertir al legendario pez en un alimento familiar y económico.

La alarma saltó cuando el pasado 9 de enero la revista de divulgación científica Science difundió los resultados de una amplia investigación realizada por la Universidad de Nueva York en los principales países productores: Noruega, Dinamarca, Reino Unido, Nueva Zelanda, Chile, EE.UU. y Canadá. Los resultados no tenían nada de halagüeños. Todos los salmones de granja analizados mostraban importantes concentraciones de organoclorados: PCB, DDT, HCB, dioxinas, furanos, mirex, dieldrín, lindano, toxafeno, nanocloro. Todos estos contaminantes son conocidos por su comprobada capacidad de provocar desde problemas dermatológicos leves a lesiones cerebrales y cáncer. No obstante, dentro del suspenso general eran los salmones europeos quienes obtenían las peores notas. Otra consecuencia del artículo de Science fue que el salmón salvaje, tres o cuatro veces más caro y no necesariamente menos contaminado, veía multiplicar rápidamente su cotización.

Ante el temor de que la carne de salmón se viera desprestigiada en el consumo dietético, las asociaciones cardiológicas recordaron que el salmón, por sus altos aportes de ácidos grasos poli-insaturados omega-3 y omega-6, constituye un importantísimo aliado contra el colesterol LDL y las enfermedades coronarias.

El Instituto Nacional de Investigaciones Nutricionales Pesqueras de Noruega rebatió los datos del estudio y expuso que las concentraciones medias de dioxinas en la carne de sus salmones resultan irrelevantes frente a las autorizadas por la Unión Europea y acusó a los firmantes de servir a intereses estratégicos estadounidenses.

La portavoz de Sanidad de la UE, Beate Gminder, certificó que las dioxinas de los salmones europeos no alcanzan ningún límite de peligro, toda vez que la entonces ministra española Ana Pastor anunció que «nuestros expertos y científicos aseguran la total ausencia de riesgos». Sin embargo, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas postuló que el estudio publicado «está bien planteado y documentado».
Oscureciendo el debate, la agencia estadounidense de protección del medio ambiente, la EPA, propuso medidas contra la comercialización de salmones criados, al mismo tiempo que la FDA especificaba que el peligro se circunscribe a más de 240 pg/semana y alentaba de nuevo el consumo del pescado, recordando que, retirada la piel (principal depósito de contaminantes), la rodaja de salmón pierde el 90% de las dioxinas.


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