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La Cumbre de la Tierra deja en segundo plano la cuestión alimentaria

La Cumbre Mundial para el Desarrollo Sostenible de Johannesburgo ha llegado a su fin envuelta de apreciaciones contradictorias. Mientras que desde el mundo desarrollado se insiste en proclamar los aspectos positivos del encuentro, desde los países en desarrollo y las ONG se habla de “decepción y fracaso”. Biodiversidad, energía, agua y alimentación, por este orden, han llenado la agenda de las delegaciones. De éste último capítulo, tan sólo el interés por extender el uso de la biotecnología ha merecido cierta atención.

La Cumbre de Johannesburgo no será recordada como el gran foro mundial para el desarrollo sostenible como pretendía Naciones Unidas, su gran impulsor. A diferencia de la cita previa, celebrada en el ya lejano 1992 en Río de Janeiro, las propuestas y acuerdos alcanzados en la capital surafricana apenas suponen "devolver a la agenda internacional" algunas de las cuestiones más candentes en desarrollo sostenible, en opinión de las voces más críticas de los países en desarrollo. Un avance "muy pequeño", agregan, con respecto a lo que se había planteado durante las sesiones preparatorias.

Los meses previos a la cumbre, la agenda de las distintas delegaciones fue llenándose con propuestas relativas principalmente a biodiversidad y energía. De la primera se esperaban acuerdos específicos para preservar sobre todo las grandes masas forestales, en especial los bosques tropicales, zonas húmedas y manglares, además de las reservas pesqueras, muchas de ellas cercanas a su límite de explotación. De la segunda, con gran interés de parte de la Unión Europea, se planteaba la necesidad de impulsar las energías alternativas, con especial hincapié en la eólica y la solar, y se pretendía fijar mediante calendarios y objetivos, acciones concretas para el próximo decenio. La declaración política final, sin embargo, deja ambos aspectos difuminados por el escaso compromiso de Estados Unidos y Japón.

En segundo plano

Si bien la defensa de las reservas pesqueras y la búsqueda de alternativas como la promoción de la acuicultura y las piscifactorías han centrado parte de las sesiones, lo cierto es que la cuestión alimentaria ha encontrado un escaso eco en la cumbre. Los aspectos más destacados, al menos sobre el papel, han sido la insistencia por asegurar el acceso a agua potable y el saneamiento de las redes de abastecimiento a los países más desfavorecidos y, por tanto, con mayor déficit en este aspecto. África, Asia central y Europa del Este son, a juicio de Romano Prodi, presidente de la Comisión Europea, y uno de los máximos defensores de la iniciativa, las áreas del planeta que mayores inversiones en infraestructuras deben recibir de aquí al 2015. Más de dos millones de personas, según datos de la Organización Mundial de la Salud, mueren cada año por enfermedades relacionadas con el consumo de agua en mal estado. Disentería y cólera, ambas evitables con medidas de potabilización, son las principales causas de muerte.

Más allá de este aspecto, la cumbre se ha clausurado con declaraciones genéricas sobre la cuestión alimentaria. Dos de ellas, no obstante, sobresalen por encima del resto. La primera, sin objetivos concretos ni mucho menos calendarios a cumplir, hace referencia a la necesidad de impulsar un cambio en los "patrones de producción y consumo" con la finalidad de garantizar un acceso a productos alimentarios generados según principios de sostenibilidad.La segunda de las cuestiones destacadas en el marco alimentario tiene que ver con los llamados nuevos alimentos y, de manera destacada, con una aplicación "más decidida" de las herramientas y productos que se están desarrollando al amparo de la biotecnología.

Jacques Diouf, director general de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), hizo mención expresa al potencial de la biotecnología y de los organismos modificados genéticamente (OGM) como "alternativa a considerar" para paliar la hambruna en el mundo. Las declaraciones de Diouf en Johannesburgo marcan una línea de continuidad respecto a iniciativas hechas públicas previamente por la propia FAO y la OMS para "avanzar en la investigación" de vegetales transgénicos para asegurar su inocuidad para el medio ambiente y para el consumo humano.

El director general de la FAO admitió en Johannesburgo que existen "riesgos probados" de polinización cruzada entre distintas variedades de cereales que podrían ocasionar pérdidas de biodiversidad y que el conocimiento de los efectos que la alteración genética de algunas especies vegetales pudieran tener sobre la salud, todavía "son incompletos". Pese a ello, insistió, los países en desarrollo "deberían reflexionar" sobre la posibilidad de aceptar ayuda humanitaria en forma de productos modificados genéticamente. Soja, maíz y arroz transgénicos, por citar sólo unos casos, deberían colocarse en la balanza de los efectos positivos, según Diouf. La inseguridad alimentaria que se vive en amplias zonas del planeta, junto con la escasa disponibilidad de recursos, "ejercen un contrapeso que obliga a la reflexión".

EL CASO DEL ARROZ DORADO


Las referencias de Naciones Unidas a la posible extensión de los OGM ha devuelto al primer plano de la actualidad al arroz dorado, la variedad modificada genéticamente para incrementar la productividad de provitamina A y betacarotenos. Aunque este cereal modificado genéticamente no consta en las últimas declaraciones oficiales de la FAO y la OMS, cosa que sí ocurre con el maíz y la soja transgénicos, ambas organizaciones admitieron públicamente unos meses atrás sus beneficios potenciales. En una escueta nota, referida al uso de OGM, daban carta de naturaleza por primera vez al beneficio esperable de esta variante: “Cada año”, reza la nota, “más de un millón de niños mueren por enfermedades relacionadas con la vitamina A. El arroz dorado podría evitar dichas muertes”.

Con la nota pública se daba por zanjada la agria polémica que en los últimos años ha envuelto al arroz dorado. Auspiciado inicialmente como “una posibilidad de estudio” por la propia FAO, a inicios de los 90, no fue hasta 1998 que Ingo Potrykus, del Instituto Federal de Tecnología suizo, no hizo públicos los primeros resultados sobre una variedad con niveles de producción aceptables. De inmediato, no obstante, saltó la polémica.

La FAO, así como otros organismos oficiales, parecieron desentenderse del tema. Por su parte, distintas organizaciones ecologistas, con Greenpeace a la cabeza, se opusieron frontalmente incluso a cultivos experimentales. Finalmente, la industria no tardó en reaccionar. Potrykus había empleado en sus investigaciones más de 70 patentes todavía vigentes. Demasiadas, se argumentó, para que la industria no recibiera beneficio alguno de su aplicación.

Potrykus, declaró a consumaseguridad.com en una estancia reciente en Barcelona, se ha sentido “al menos durante dos años” en lucha contra todo el mundo. Tras años de negociaciones, el investigador suizo, impulsor de una organización humanitaria encargada de gestionar los derechos de uso del arroz dorado, ha conseguido un acuerdo con la industria por el que se reducen a 12 las patentes esenciales y se limita su cultivo gratuito a las explotaciones agrícolas que no superen los 10.000 dólares de beneficios anuales. Ello le ha permitido firmar un primer convenio con el gobierno de Filipinas, sellado el pasado 12 de febrero, que abre las puertas a la adaptación del arroz dorado a las variedades locales y, en paralelo, a consolidar los estudios de bioseguridad, tanto en lo que refiere a salud humana como ambiental, e iniciar su evaluación nutricional. En este proceso, que Potrykus calcula en cinco años de trabajo adicional, han mostrado su interés los gobiernos de India, China, Vietnam, Sudáfrica y varios países latinoamericanos. Con algunos de ellos, indicó el experto, ya se han iniciado negociaciones.

Pero la mayor resistencia, lamentó, ha surgido de Greenpeace y otras organizaciones ecologistas. “Sus argumentos carecen de solidez científica”, advirtió. “No es cierto que sea necesario comer varios kilos al día de arroz dorado”, como se ha proclamado desde el movimiento ecologista. Potrykus señaló, por el contrario, que el arroz “no tendría sentido” si no se consiguieran efectos positivos con las cantidades habituales en estos países, de unos 300 g por día. Por otro lado, negó efectos perjudiciales para el medio ambiente, otro de los argumentos esgrimidos por Greenpeace, así como su escasa viabilidad: “se pueden insertar hasta una docena de genes sin que la planta pierda rendimiento en los cultivos”, afirmó. Tras reiterar la falta de base científica de los ecologistas, lanzó una dura advertencia: “Alguien deberá responsabilizarse de que miles de niños queden ciegos cada año y que mueran miles de mujeres por falta de suplementos esenciales en su dieta”.

El arroz dorado, anunció finalmente, podría tener en un futuro próximo dos nuevos “compañeros” obtenidos igualmente por técnicas de laboratorio. Si se cumplen las previsiones, las nuevas variedades de arroz transgénico incrementarán de forma significativa su contenido en hierro y en aminoácidos esenciales. Una vez comprobada su eficacia y su seguridad, se cederá gratuitamente su uso a los agricultores de países en desarrollo. Con este anuncio, Potrykus, amplía el catálogo de productos obtenidos por técnicas de ingeniería genética destinados a “usos humanitarios”. “Si buena parte de la Humanidad es vegetariana es debido a su extrema pobreza”, zanjó.

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