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Muertes bajo sospecha

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Las infecciones gastrointestinales causadas por Salmonella, Campylobacter y Yersinia, además de Shigella en menor medida, podrían tener peor pronóstico que el descrito hasta la fecha. De acuerdo con los resultados de un estudio epidemiológico danés, publicado en The British Medical Journal, la mortalidad asociada a medio y largo plazo es hasta tres veces mayor en personas infectadas frente a las sanas. Aunque el estudio no valora el origen de la infección, los datos añaden mayor presión a la industria alimentaria.

De las infecciones bacterianas asociadas al consumo de alimentos en mal estado se sabía hasta la fecha que constituyen un fenómeno común en los países industrializados (se estima que al menos una de cada 10 personas sufrirá una infección gastrointestinal de origen bacteriano a lo largo de su vida) y que raramente son responsables de un desenlace fatal (para la mayoría de las infecciones la gravedad coincide con la fase aguda, momento en el que se extreman las medidas médico-sanitarias). Pero esta percepción está empezando a cambiar. La mejora de los protocolos hospitalarios, así como el seguimiento de los enfermos a largo plazo, están evidenciado que las secuelas causadas por las infecciones son mucho peores que lo previsto.

Las infecciones bacterianas de origen alimentario multiplican por tres el riesgo de muerte en la población generalUn estudio danés publicado en la última edición de The British Medical Journal ha venido a confirmar este extremo. Los datos obtenidos por investigadores del Centro de Ciencias Epidemiológicas de Copenhague, liderados por Kare Molbak, ponen de manifiesto que la mortalidad asociada a infecciones provocadas por Salmonella, Campylobacter y Yersinia es tres veces mayor que en personas no infectadas al cabo de un año de superar la fase aguda de la enfermedad. El cómputo a 30 días, en el que se incluyen los efectos de otra bacteria, Shigella, es igualmente superior.

Cálculo difícil

En su artículo Molbak refiere las dificultades para recoger datos que permitan determinar la incidencia real de enfermedades bacterianas de origen alimentario y, de manera más específica, si están implicadas o no en la muerte de un paciente que haya sufrido una infección. Los servicios sanitarios, asegura, "raramente indican la presencia de patógenos cuando fallece un paciente y mucho menos como causa de muerte". Por otra parte, agrega, la atención médica suele concentrarse en las fases agudas de la enfermedad y "se presta poca atención" al seguimiento del enfermo.

Para tratar de obtener la foto fija de la enfermedad, los investigadores iniciaron en 1991 el que hasta la fecha es el mayor estudio epidemiológico sobre infecciones bacterianas. De acuerdo con los registros sanitarios de Dinamarca, compilaron hasta 1999 los datos de pacientes que habían referido infecciones gastrointestinales bacterianas de tipo no tifoideo. En concreto, registraron 48.857 enfermos cuyos datos fueron contrastados con los de 487.138 personas sanas que actuaron como control.

En el estudio, para cuya explotación estadística de datos se han invertido casi cuatro años, introdujo por primera vez la comorbilidad asociada a la infección bacteriana, es decir, la existencia de otras patologías en el momento de sufrir la enfermedad gastrointestinal y que, habitualmente, son las que constan en los certificados de defunción. Entre otras, Sida y enfermedades relacionadas, cáncer metastásico, patología hepática, asma, leucemia y diabetes.

Del total de enfermos evaluados a lo largo de estos casi diez años, el 55,2% padecieron una infección causada por Salmonella; el 33,1% por Campylobacter; el 8,3% por Yersinia enterocolítica; y el 3,4%, por Shigella.

Durante el periodo considerado fallecieron a lo largo del primer año el 2,2% de los enfermos, una cifra tres veces superior al 0,7% registrado en el grupo control. La mortalidad relativa entre ambos grupos a los 30 días de la infección oscila entre un factor 3,63 a 22,03 para las cuatro bacterias. Sin embargo, no hay mayor mortalidad asociada para Shigella, cuyos efectos parecen limitarse a la fase aguda de la enfermedad, ni tampoco para Yersinia a los 180 días. Si la hay para Salmonella y Campylobacter al año de la infección. Salmonella dublin es la especie con mayor mortalidad asociada, probablemente debido a su carácter más invasivo, con un registro 12 veces superior al que se presenta en personas sanas.

El por qué de las muertes

Si bien la causa de las muertes a corto plazo puede relacionarse directamente con la gravedad de la infección y con la existencia de una patología previa, de modo que serían sus complicaciones las que conducirían al fatal desenlace, los autores del estudio no se atreven a considerar lo mismo para los fallecimientos a largo plazo. Máxime cuando la coincidencia de la infección bacteriana y otra enfermedad no parece ser determinante para el recuento de muertes.

Molbak, sin embargo, no descarta que la citada coincidencia pueda influir. A falta de más y mejores estudios, señala, es probable que las infecciones bacterianas de origen alimentario provoquen secuelas que queden enmascaradas por enfermedades preexistentes. Por otra parte, Molbak estima que para este grupo de enfermos las posibilidades de recaídas agudizan el riesgo de muerte. Finalmente, cita la aparición de fenómenos de resistencia antimicrobiana como un factor a tener en cuenta.

Con respecto a este último factor el investigador danés admite sin tapujos la falta de información existente: "Tenemos pocos datos acerca de la generación de resistencia a antibióticos y muy pocas referencias de los tratamientos administrados a los pacientes", afirma. Ambos aspectos "han dificultado el estudio de este fenómenos".

Pese a ello, el investigador advierte de la existencia de distintos estudios, mayoritariamente de origen estadounidense, en los que se cuestiona abiertamente la eficacia de distintos antibióticos en el tratamiento de infecciones gastrointestinales. "El uso de antibióticos para combatir bacterias que se muestran resistentes puede elevar la mortalidad", asegura tajante. "Hemos demostrado que la quinolona [un antibiótico de uso común] está relacionada con un exceso de mortalidad".Dicho de otro modo, el tratamiento de una infección bacteriana con antibióticos ineficaces no sólo aumenta la resistencia de los distintos tipos de bacterias sino que puede favorecer su crecimiento y, con él, incrementar el riesgo de complicaciones y causar la muerte en el caso de recaídas o de la existencia de enfermedades previas.

LA PRESIÓN PASA A LA INDUSTRIA ALIMENTARIA

Las conclusiones del estudio dirigido por Kare Molbak en Dinamarca trasladan una “enorme presión” a la industria alimentaria, según el propio investigador. Hasta la fecha, nadie había sido capaz de probar que las infecciones bacterianas de origen alimentario tienen efectos negativos sobre la mortalidad en la población general. Tampoco nadie había visto que el riesgo de muerte se multiplica por tres. Ello demuestra, a su juicio, que la causa de un buen número de muertes “está bajo sospecha” y que los efectos de las enfermedades gastrointestinales “están claramente subestimados”.

Con independencia de que los tratamientos administrados para combatir las infecciones sean o no los adecuados, Molbak sostiene la necesidad de acentuar las medidas de control sobre los alimentos y, por añadidura, sobre la industria alimentaria. Las cuatro bacterias evaluadas, señala el investigador danés, “habitan” en alimentos contaminados, por lo que “sería razonable” mejorar los métodos de detección y desinfección empleados por la industria.

En este sentido, los autores del estudio admiten “ciertos cambios” en la industria alimentaria. “Muchas empresas han incorporado mejores equipos de detección y han rediseñado su sistema de producción”. Para que estos cambios sean efectivos, concluyen, “es preciso generalizar la tendencia” y mejorar los niveles de seguridad alimentaria.

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