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Productos financieros con fines sociales

Las tarjetas y fondos de inversión solidarios como herramienta contra las desigualdades sociales

Los productos financieros con fines sociales aparecen como una iniciativa muy reciente en el panorama bancario español, sobre todo si se compara con países como Reino Unido o Estados Unidos. Este fenómeno se caracteriza porque, en una iniciativa similar a la banca ética, destina parte de los beneficios a proyectos cuyo objetivo es el desarrollo social, pero ajustados a unos determinados productos, como las tarjetas de crédito solidarias o los fondos de inversión éticos. Ante la aparición de estos productos lanzados por la banca tradicional, han surgido recelos motivados por convertir la solidaridad en un bien de consumo. En este sentido, algunos expertos del ámbito académico coinciden en calificar este fenómeno como una estrategia de marketing dirigida a un «segmento de consumidores muy específico que desea tranquilizar su conciencia». Entonces, ¿son éticos y solidarios los productos de los bancos, aunque no cumplan con todos los preceptos de la banca ética? Los Comités de ética aseguran que sí.

¿Estrategia de marketing?

Ante la aparición de estos productos con fines encomiables lanzados por la banca, han surgido recelos motivados por convertir la solidaridad en un bien de consumo. Gutiérrez y Ballesteros coinciden en calificar este fenómeno como una estrategia de marketing. «Los bancos tradicionales aprovechan el tirón de este tipo de productos y, por ejemplo, las tarjetas solidarias se anuncian más durante la Navidad», indica Gutiérrez. Por su parte, Ballesteros afirma que «la mayoría de los productos financieros sociales de la banca tradicional parecen ser una estrategia de marketing». Este profesor universitario recalca que se trata de productos de empresas que no tienen un fin social, dirigidos a un «segmento de consumidores muy específico que desea tranquilizar su conciencia y que en realidad constituyen una expresión más de la cesta de productos de consumo». Es decir, que se vislumbra el negocio ante un público concienciado por los mensajes de las ONG y de los medios de comunicación que revelan la dimensión de la pobreza y la exclusión en el mundo.

Las críticas también provienen del choque del modelo de la banca tradicional con el de la banca ética: una nacida para obtener beneficios económicos y otra para «transformar el mundo», en palabras de Ballesteros. Sin embargo, David Camino Blasco, catedrático de Economía Financiera y Contabilidad de la Universidad Carlos III de Madrid y experto en microfinanzas, discrepa de este punto de vista y no le parece perjudicial que los bancos promocionen sus productos éticos, sino una cuestión propia de la «lógica del mercado». «Me parecería mal que lo hicieran si no tuvieran una inversión realmente ética», destaca.

Comités de ética

¿Realmente son éticos y solidarios los productos de los bancos, aunque no cumplan con todos los preceptos de la banca ética? La respuesta es afirmativa. Los consumidores disponen de bastante información -ofrecida por las propias entidades- acerca de los proyectos a los que contribuyen con estas iniciativas, cuánto dinero supondrá y a qué organizaciones se destinan las inversiones. Además, en las tarjetas solidarias, por ejemplo, se puede elegir a qué ONG se beneficia.
En los fondos de inversión existen mecanismos de control, como el Comité de Ética, que puede ser independiente, con personas de las ONG y el mundo social, o interno. Su misión es velar para que sólo se invierta en aquellos productos acordes con el ideario del fondo en cuestión, que es el que ha convencido al consumidor para suscribirlo. De todas maneras, Ballesteros alerta de que se debe tener cuidado porque algunas veces se buscan ONG o movimientos sociales afines a los criterios del banco, de forma que las entidades saben que no les pondrán demasiados problemas en sus decisiones de inversión.

Escasa acogida entre el público

«¿Hasta qué punto las personas están dispuestas a renunciar a rentabilidad por dormir tranquilos y hacer inversiones en empresas limpias o éticas?», se pregunta Camino Blasco. Gutiérrez confirma que los fondos de inversión éticos y solidarios «no han cuajado mucho», aunque las tarjetas de crédito que retribuyen a las ONG tengan «más aceptación». «Más que dinero, hay buena voluntad. Entre la gente joven y las personas con una cierta conciencia ética y medioambiental, se ven muy bien, pero estos grupos son los que disponen de menos recursos para invertir. Entre los grandes inversores, todavía es un fenómeno limitado y no se ha llegado a los niveles de Estados Unidos y Reino Unido, donde constituyen una parte importante del volumen total de inversión -alrededor de un 10%-«, explica Camino Blasco.

Esta tendencia se corrobora con la bajísima cuota de mercado de la banca ética, por debajo del 0,1%, «uno de los porcentajes más bajos de la Unión Europea», según confirma Sasía, que achaca este dato al retraso en la implantación de este tipo de iniciativas en España. «Con los mismos rendimientos, siempre se invertiría en fondos éticos, porque todo el mundo quiere ayudar, pero existe un coste implícito por tener la conciencia tranquila: conformarse con el 8% de rentabilidad en un fondo que cumpla todos los requisitos éticos en vez de lograr el 10% de un fondo normal es difícil de asumir para inversores profesionales, a los que se juzga por sus rendimientos y no por su conciencia, o para la gente con mucho dinero, que se fija en el rendimiento empresarial», sostiene Camino Blasco. Por otro lado, las propias entidades se protegen ante este tipo de productos, no tan rentables como los demás. Gutiérrez explica que las cajas de ahorro acostumbran a llevar este tipo de productos a través de la obra social, «para no deteriorar su coeficiente de solvencia».

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