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La edad de oro de los autómatas

  • Autor: Por
  • Fecha de publicación: miércoles 30 mayo de 2007
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Precursores de la
revolución industrial y antepasados directos de la robótica,
pocas cosas hay tan representativas de la Ilustración como los
autómatas y la mezcla de curiosidad, asombro y repulsión
que dejaban a su paso. Su relación con el público es el
símbolo de una transición difícil: el paso del
oscurantismo medieval al espíritu científico de la Era
de la Razón.

El primer autómata era músico

El corazón del mecanismo estaba en el pedestal; allí, un cilindro de madera que giraba alrededor de su propio eje accionaba quince palancas

Presentado en la
Academia de Ciencias Francesa en 1738, el primer autómata era
un androide de tamaño natural que tocaba la flauta (ver
animación
). Estaba inspirado en el fauno de mármol
de Antoine Coysevox y tenía un repertorio de doce canciones,
que tocaba con la precisión y el aire de un intérprete
de carne y hueso.

El corazón del
mecanismo estaba en el pedestal. Allí, un cilindro de madera
que giraba alrededor de su propio eje accionaba quince palancas que
manejaban los ‘pulmones’, nueve fuelles que enviaban aire a todos los
diferentes segmentos que constituían el engranaje ‘físico’
del músico: laringe, labios, lengua y dedos.


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Aunque se habían
visto varios autómatas en Europa y algunos hasta accionaban
pequeños instrumentos en los carrillones de las catedrales más
modernas de la época, el flautista ‘respiraba’.
Jamás se había visto nada igual.

Vaucanson alquiló
un pretencioso salón en el centro de París para mostrar
su artilugio en público y el éxito fue atronador. En
dos meses recibía más de 75 visitantes al día
por el equivalente al salario obrero de una semana.

Voltaire rebautizó
a Vaucanson ‘el rival de Prometeo’, Diderot incluyó un dibujo
del flautista en el primer volumen de su Enciclopedia y
convirtió la descripción del flautista en el texto de
la palabra ‘androide’.

Un año más
tarde, Vaucanson añadió dos nuevos autómatas a
la serie. El primero tocaba el caramillo y el tamboril, el segundo
hacía algo mucho más innecesario y asombroso: era un
pato que hacía la digestión.


El pato de Vaucanson
“Sin el pato cagón”, comentó Voltaire, “no quedaría nada que nos recordara la gloria de Francia”

Después del
flautista, el nuevo músico de Vaucanson pasó sin pena
ni gloria, pero el pato causó sensación. “Sin
el pato cagón”, comentó Voltaire, “no
quedaría nada que nos recordara la gloria de Francia”.
El folleto de la exposición presentaba “un pato
artificial de cobre dorado que puede beber, comer, graznar, chapotear
y digerir de la misma manera que lo haría un pato vivo”.

El artilugio era
doblemente interesante porque los médicos aún no se
habían puesto de acuerdo sobre si el organismo trituraba los
alimentos durante la digestión o los disolvía mediante
jugos gástricos, y por la contradicción del proyecto
mismo: una de las ventajas de ser autómata es que no se
necesita comer.


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Por motivos
relacionados con su propia salud, Vaucanson estaba especialmente
preocupado por estas cuestiones y se sirvió de su juguete como
demostración de sus propias teorías. El pato tenía
en su interior un circuito de tubos que derivaban en un pequeño
laboratorio interior donde el grano era reducido por medio de
productos químicos.

El estómago no
trituraba los alimentos, después de todo. Una vez acabado, los
deshechos pasaban por el intestino para ser finalmente expulsados y
recogidos primorosamente en una palangana de plata.

Los autómatas
salieron de gira mundial (por Europa) y acabaron por desaparecer,
mientras Vaucanson se dedicaba a otras cosas. Cuando, un siglo más
tarde, el pato reapareció en la Exposición Universal de
París de 1844, el mago Robert-Houdin Cuando el pato reapareció en la Exposición Universal de París de 1844, el mago Robert-Houdin descubrió que la digestión del famoso palmípedo tenía truco(de quien el escapista Houdini
tomaría su nombre) descubrió que la digestión
del famoso palmípedo tenía truco: un mecanismo guardaba
el maíz ingerido y otro expulsaba una miga de pan teñido
a modo de excrementos que había sido preparada previamente por
su presentador.

La reacción del
mago fue curiosa: en lugar de sentirse decepcionado por la
mentira de Vaucanson, Robert-Houdin alabó su capacidad de
improvisación. “Claramente”,
dijo, “Vaucanson no era sólo un maestro de la mecánica;
hay que arrodillarse ante su genio para el embrujo”.

El automatier había
dejado de jugar a Dios para convertirse en mago. Uno de los resortes
del cambio fue el autómata más famoso de todos
los tiempos: el jugador de ajedrez del Barón Von Kempelen.

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