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Incendios subterráneos: qué ocurre en las Tablas de Daimiel

La autocombustión de la parte inferior de las turberas de este Parque Nacional ha puesto de relieve sus graves problemas ecológicos

Imagen: wokka

Los incendios no sólo se producen en la superficie. El fuego bajo el suelo de las Tablas de Daimiel es un fenómeno conocido como "autocombustión de las turberas", que se repite en diversos lugares del mundo. Sus consecuencias económicas y ecológicas son muy graves. La degradación del suelo, la explotación insostenible del agua o la sequía han facilitado la quema de las entrañas de este Parque Nacional. Los responsables institucionales aseguran que está controlado, pero los ecologistas sostienen que las medidas adoptadas no son la solución que necesita este humedal.

Las turberas son un tipo de suelo con elevadísimos contenidos en materia orgánica (carbono). Pueden quemarse en condiciones de baja humedad (cuando desciende el contenido de agua que atesoran) y altas temperaturas. Este material se puede incendiar de varias formas; una de ellas es la combustión espontánea o autocombustión, como la sucedida en el Parque Nacional de las Tablas de Daimiel. Los gases explosivos localizados en el seno de este sustrato carbonoso se combinan con oxígeno y calor hasta que se produce la combustión. Este proceso es el típico de los lugares subaéreos, ya que el calor no se disipa, como al aire libre.

La degradación del suelo puede facilitar estas condiciones. Por ello, como explica Juan José Ibáñez, científico Titular del Centro de Investigaciones sobre Desertificación (CIDE), no resulta paradójico que muchas turberas se produzcan en climas húmedos como consecuencia del mal estado del suelo. La formación de turberas (al margen de las generadas en condiciones naturales) se origina en situaciones de degradación de la vegetación y suelos en climas muy húmedos. Es un fenómeno paralelo al de la desertificación, pero en condiciones de extrema humedad.

La combustión de la turbera puede permanecer activa desde meses hasta siglos a muchos metros bajo la superficie del suelo

La combustión de la turbera puede permanecer activa desde meses hasta siglos a muchos metros bajo el suelo. En Colorado (EE.UU.), se cree que uno de estos fuegos subterráneos ha estado activo desde 1910 como consecuencia de un incendio forestal. Dadas sus características, este tipo de llamas se pueden iniciar de forma fácil y su detección resulta muy complicada sin que se comprendan del todo las causas. Por ello, algunos científicos trabajan en métodos que puedan permitir monitorizar estos incendios y en determinar qué factores los provocan.

Las consecuencias ecológicas y económicas de estos incendios subterráneos de turberas pueden ser muy graves. Además de la degradación del subsuelo, la combustión de este material emite grandes cantidades de diversos gases contaminantes. La calidad del aire y las condiciones de salud de los habitantes de la zona se resienten. El cambio climático se incrementa con este fenómeno, ya que uno de los gases expulsados a la atmósfera es el dióxido de carbono (CO2).

En algunos lugares del mundo, la quema de turberas ha alcanzado grandes proporciones. En Indonesia, la reciente quema de una zona de turberas (con vistas a generar suelos aptos para la producción de vegetales que, a la postre, serán utilizados como biocombustibles) ha supuesto la emisión de más de 50 millones de toneladas de CO2. Algunos expertos señalan que estos fuegos pueden ser responsables de la aceleración en el incremento de los niveles de CO2 desde 1998.

Qué ha ocurrido en las Tablas de Daimiel

Imagen: Marc

La alimentación con aguas de las turberas de este Parque Nacional ha sido precaria durante varios decenios y, como consecuencia, varias partes de la misma se han secado. El terreno se ha encogido y agrietado, y la turba se ha oxidado (sus materiales se acumulan con exceso de humedad y deficiencia de oxigeno). La reacción química ha dado lugar a un ascenso de las temperaturas hasta que este material ha entrado en combustión. La alarma no saltó hasta el pasado mes de agosto y con el paso del tiempo se han descubierto varios focos. Algunos expertos han calificado este suceso como una de las tragedias ecológicas más importantes de los últimos años en España, tras los incendios forestales.

La autocombustión de las turberas de las Tablas de Daimiel es un efecto del proceso de degradación que sufre desde hace décadas. A pesar de su consideración como Parque Nacional y Reserva de la Biosfera, no ha tenido mejor suerte que otros humedales en peligro.

La autocombustión de las turberas de las Tablas es un efecto del proceso de degradación que sufre desde hace décadas

En 1956, la Ley de Desecación de Márgenes del Cigüela, Záncara y Guadiana permitía la construcción de canales y la desecación de amplias zonas húmedas en las márgenes de estos ríos. A este proceso se le añadía, durante los años sesenta, las obras de canalización de los ríos manchegos y la sustitución de los regadíos intensivos por los tradicionales cultivos de secano. Los acuíferos se han explotado desde entonces de forma insostenible: se estima que se han excavado unos 50.000 pozos, el 10% de ellos, ilegales.

Las lagunas de Daimiel no han aguantado esta presión y se han secado en varias ocasiones. En la actualidad, sólo se mantiene encharcado el 1% de la superficie total, gracias en gran parte a los trasvases del Tajo. La sequía ha llevado a limitar más aun el caudal destinado al parque para mantener los regadíos del sureste.

Posibles soluciones para las Tablas de Daimiel

La consejería de Agricultura y Desarrollo Rural de Castilla-La Mancha ha declarado que la extinción del fuego subterráneo de las Tablas de Daimiel "ocurrirá cuando podamos inundar por completo el parque" con un trasvase de aguas del Tajo. El mes de enero se baraja como fecha previsible de esta acción.

Mientras tanto, varias máquinas de bombeo trabajan a destajo para aplacar los incendios de las turberas y también se aplasta la turba con grandes palas para cerrar las grietas, compactar el suelo e impedir en la medida de lo posible la difusión del óxigeno a los estratos inferiores. Otra medida es la construcción de una nueva red de sondeos y conducciones a 60 metros de profundidad para intentar que este problema no se repita. Por su parte, el Gobierno ha comprado 150 hectáreas para usar el agua de sus pozos en el proceso de recuperación de las Tablas.

Sin embargo, las organizaciones ecologistas aseguran que estas medidas no son las adecuadas para atacar el problema de raíz. Sus responsables se oponen al trasvase por considerarlo contraproducente y porque hay otras alternativas ecológicas y viables en el propio Guadiana. Entre ellas, destacan la lucha contra los pozos ilegales, la recuperación de los acuíferos, la puesta en marcha de verdaderas medidas de reforestación o la vuelta a los cultivos de secano o pastoreos propios de esta zona.




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