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Lagundu elikadurari buruzko itzulpen automatikoa zuzentzen
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La edad de oro de los autómatas

  • Autor: Por MARTA PEIRANO
  • Fecha de publicación: 30 de mayo de 2007

Precursores de la revolución industrial y antepasados directos de la robótica, pocas cosas hay tan representativas de la Ilustración como los autómatas y la mezcla de curiosidad, asombro y repulsión que dejaban a su paso. Su relación con el público es el símbolo de una transición difícil: el paso del oscurantismo medieval al espíritu científico de la Era de la Razón.

El juguete filosófico

Históricamente, un autómata es una máquina automática capaz de ponerse en marcha a sí misma. Según la Real Academia, un autómata es el "instrumento o aparato que encierra dentro de sí el mecanismo que le imprime determinados movimientos".

En su obra 'El Maquinista' (1747), el médico y filósofo Julien Offray de La Mettrie describe el cuerpo humano como un sistema cuyos engranajes son equiparables a los de una máquina; "un reloj, pero inmenso", recuperando el principio del animal-máquina desarrollado un siglo antes por Descartes.

En el Siglo de las Luces el Todopoderoso se convirtió en relojero y el relojero, en aprendiz de Dios

La Mettrie concebía la naturaleza como un sistema comprensible y, por lo tanto, reproducible por la ingeniería humana. Hasta aquel momento, la creación de la vida, y por extensión la imitación de la vida, eran un proyecto vinculado a lo divino y su consecución; una afrenta castigada con la muerte.

En el Siglo de las Luces, con la llegada de la imprenta, los avances científicos y la revolución industrial, el Todopoderoso se convirtió en relojero y el relojero, en aprendiz de Dios. Los 'automatier' pusieron en entredicho las 'verdades' populares sobre la naturaleza del ser humano y la existencia del alma. Los más famosos del siglo XVIII fueron Jacques de Vaucanson, Friedrich Von Knauss, el Barón Von Kempelen y Pierre y Louis Jaquet-Droz.

Jacques de Vaucanson: el rival de Prometeo

Fascinado por los relojes y sus mecanismos internos desde la infancia, Vaucanson acabó sus estudios secundarios con los jesuitas en Marsella y entró como novicio en la Orden de los Mínimos de Lyon, donde le dieron un estudio y algún dinero para trabajar.

Allí construyó sus primeros androides (diseñados para servir la cena y recoger la mesa) y allí habría seguido si no fuera porque un superior de la Orden tachó sus proyectos de blasfemos y ordenó que todos sus trabajos fueran destruidos.

Sin taller y sin proyectos, Vaucanson abandonó Lyon y a los Mínimos y se encaminó a París. No volvería hasta muchos años más tarde para instaurar el que sería el primer telar completamente automático del mundo.

Cuando los trabajadores de las fábricas se levantaron contra la maquinaria que les quitaba puestos de trabajo, Vaucanson tuvo que escapar de noche, disfrazado con el mismo hábito con el que llegó la primera vez, el de la orden de los Mínimos. Pero eso es parte de otra historia que merece ser contada en otra ocasión.

En la capital francesa aprendió anatomía, medicina y botánica y conoció a los filósofos de su época. Entonces, lo que hoy se conocen como disciplinas científicas eran partes de la filosofía natural, y los intelectuales estaban particularmente tan interesados en los procesos fisiológicos como lo estaban en la física, la astronomía y las bellas artes.

Vaucason instauró el que sería el primer telar completamente automático del mundo

Vaucanson era particularmente ambicioso y ya había recaudado algún dinero (se entiende que de nobles ateos) para trabajar en otros autómatas cuando una larga enfermedad le postró en la cama durante cuatro meses.

Enfebrecido y endeudado, en la cama de su pensión dibujó los bocetos de lo que sería su obra maestra. Una vez recuperado, los repartió entre varios relojeros y así nació el primer autómata de la era moderna, que sacaría del apuro y le daría fama mundial.

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