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Herederos de Cajal

En el centenario del Premio Nobel a Santiago Ramón Cajal, la ciencia es capaz de visualizar el cerebro en funcionamiento y asociarlo a funciones físicas y emocionales

Parece claro que el siglo XXI será el del florecimiento de las neurociencias. Que finalmente sea así va a deberse del cerebro de un investigador español que, en contra de las ideas imperantes en su época, sentó las bases de la neurociencia moderna. Hace cien años Santiago Ramón y Cajal recibió el premio Nobel de Medicina por sus descubrimientos sobre el sistema nervioso central. Descubrimientos cargados de una fuerte dosis de intuición porque mirando a través de un sencillo microscopio y observando simplemente estructuras, elaboró teorías sobre el funcionamiento del cerebro que sólo pudieron ser confirmadas experimentalmente gracias a la llegada del microscopio electrónico en los años 50, cuando hacía ya veinte que el científico había fallecido.

  • Autor: Por ANGELA BOTO
  • Fecha de publicación: 25 de mayo de 2006

Llenando huecos

  
- Imagen: Herederos de Santiago Ramón y Cajal -
«Lo que diferenció a [Santiago] Ramón y Cajal de los demás científicos es que veía las cosas de otra manera y las interpretaba de forma distinta», asegura Javier de Felipe, investigador del Instituto Cajal (CSIC) en Madrid y autor de numerosos escritos sobre la obra del Nobel. Y lo que es aún más sorprendente: cien años después sus hallazgos y sus teorías siguen estando vigentes y siendo una referencia para sus herederos científicos. Algo particularmente llamativo si se tiene en cuenta lo rápido que caduca la ciencia.

Si los neurocientíficos lo permiten, la aportación fundamental de Cajal se podría resumir de una forma sencilla como el descubrimiento de un hueco. Pero eso sí, un hueco donde se cocinan procesos que van desde la pura supervivencia hasta la creación de la más sublime obra de arte o del más complejo de los teoremas matemáticos. «Tú eres tus sinapsis, ellas son quien tú eres», escribía Joseph LeDoux, investigador de la Universidad de Nueva York. Sinapsis es el nombre que años más tarde se asignó al espacio que existe entre dos neuronas, el mencionado hueco.

Hasta la irrupción del investigador español en el panorama científico mundial se creía que las neuronas estaban unidas unas a otras formando una especie de malla o de retícula. Cuando en 1889 Cajal presentó ante sus colegas sus observaciones y la idea de que eran células independientes, se crearon dos grupos rivales: los defensores de la teoría reticular y los que apoyaban la teoría neuronal. Las aportaciones de Cajal abrieron una puerta con vistas a un universo de posibilidades. Sus herederos científicos se han lanzado a través de ella armados de avances tecnológicos que les han permitido adentrarse en terrenos que sólo eran una fantasía para su predecesor. Neurocientíficos de todo el mundo, entre ellos un buen número de españoles, han convertido en realidad lo que podría ser el sueño de Cajal.

Cajal describió por vez primera que las neuronas son células independientes y predijo la actual teoría neuronal

Cajal veía las estructuras nerviosas empleando el método de tinción descubierto por su compañero de Nobel, Camillo Golgi. «Ahora hacemos inyecciones intracelulares con sustancias fluorescentes, utilizamos anticuerpos y otras técnicas avanzadas con las que logramos ver las conexiones», explica De Felipe.

A pesar de lo rudimentario de su método comparado con los actuales, Cajal descubrió un elemento muy sutil y a la vez clave: las espinas dendríticas. Ellas son el sitio en el que se suman las conexiones sinápticas. Cada espina recibe una sinapsis. Las células piramidales son aparentemente idénticas en todas las especies, pero su microanatomía es muy distinta. En el ser humano estas neuronas tienen muchas más espinas y son de mayor tamaño que en el ratón. «Se considera que están asociadas al aprendizaje y a la memoria», cuenta de Felipe.

Cada mes se publica un trabajo sobre espinas y Cajal se hace más relevante porque no sólo descubrió las espinas, sino que les puso nombre y éste se tradujo al inglés. «Ahora hasta somos capaces de ver que las espinas se mueven», asegura De Felipe.

Con la capacidad predictiva del Nobel no hubiera sido extraño que dijera que las espinas se movían, pero no lo hizo. Sin embargo, sí que lo adivinó en el caso del cono de crecimiento neural. Se trata de una estructura que guía la migración de las neuronas durante el desarrollo desde el lugar en el que nacen hasta la zona en la que desempeñarán su función.

Cajal es el primero que describe un cono de crecimiento y aunque lo hace en preparaciones estáticas, afirma que se mueve y dice que es una estructura especializada en reconocer señales químicas. «Todo eso extraído de una preparación de hace más de cien años es bastante espectacular», explica Oscar Marín, investigador del Instituto de Neurociencias de Alicante. «Nosotros seguimos intentando traducir esa idea de Cajal en hechos». Y el hecho más relevante salido del laboratorio de Marín es precisamente el hallazgo del primer gen más claramente asociado con la susceptibilidad a la esquizofrenia.

Perfil plagado de éxitos

Santiago Ramón y Cajal (1852-1934, Petilla de Aragón, Navarra) consta como el padre de las neurociencia moderna por sus aportaciones al conocimiento del sistema nervioso central. Cursó la carrera de Medicina en Zaragoza, a donde toda su familia se trasladó en 1870. Consiguió un puesto en la sanidad militar y en 1874 fue destinado a Cuba, donde se contagió de paludismo y de disentería, regresando a España en 1875. En 1877 es investido doctor en Madrid, donde obtiene la plaza de Director de Museos Anatómicos y se casa con Silveria Frañás García, con la que tendría siete hijos.

En 1887 se traslada a Barcelona para ocupar la cátedra de Histología creada en la Facultad de Medicina de la Universidad de esta ciudad. En el año 1888 descubre los mecanismos que gobiernan la morfología y los procesos conectivos de las células nerviosas de la materia gris del sistema nervioso cerebroespinal. Su teoría se acepta en 1889, en el Congreso de la Sociedad Anatómica Alemana, celebrado en Berlín. En ella describe el esquema estructural del sistema nervioso como un aglomerado de unidades independientes y definidas que pasó a conocerse como «doctrina de la neurona». Posteriormente se traslada a Madrid, donde ocupa diversos cargos hasta la creación, en 1922, del Instituto Cajal.

Durante el período comprendido entre 1897 y 1904 publicó en forma de fascículos su obra magna Histología del sistema nervioso del hombre y de los vertebrados. Su aportación a la neurociencia se verá reconocido en 1906, con la concesión del Premio Nobel de Fisiología y Medicina.

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