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Síndrome de Alienación Parental

Un tercio de las separaciones contenciosas provoca graves consecuencias para los hijos durante toda su vida

Imagen: anthony kelly

Más de 90.000 parejas se separan al año en España y en la mayoría de los casos los conflictos son la norma. Éste es el caldo de cultivo del Síndrome de Alienación Parental, un proceso que se caracteriza porque uno de los progenitores manipula a los hijos para que odien al otro. La venganza se encuentra detrás de esta conducta que afecta a una de cada tres parejas que afrontan una separación contenciosa y causa graves trastornos a los hijos durante toda su vida. Por otro lado, uno de los dos progenitores sufre las consecuencias de esta actitud dominante y engañosa por parte de la antigua pareja, hasta el punto de llegar a realizar denuncias falsas de abusos sexuales contra los hijos en común.

Un progenitor inculca el odio

El Síndrome de Alienación Parental (SAP) es un proceso que el psiquiatra estadounidense, Richard Gardner, identificó en 1985, pero cuya realidad ha permanecido relativamente oculta a la opinión pública. Sin embargo, en estos momentos "se encuentra presente en distinto grado en un tercio de las separaciones contenciosas", según apunta José Manuel Aguilar, psicólogo clínico y forense y autor del libro SAP. Síndrome de Alienación Parental. El SAP surge del conflicto entre la pareja por la custodia de los hijos y, siempre, los principales perjudicados son los menores. "Es un proceso en el que uno de los progenitores, normalmente el que tiene la guarda custodia, inculca el odio en el niño para que rechace al otro progenitor", concreta Aguilar.

"El hijo crece con una absoluta desconfianza hacia su propio juicio y se entrega a la tiranía del déspota alienador"

La pregunta que surge es inmediata: ¿Cómo puede uno de los padres hacer daño a los hijos, si probablemente sea lo que más quiere en esta vida? "Bastante gente no sabe resolver bien los conflictos y se utiliza mucho a los niños", se lamenta Javier Urra, psicólogo de la Fiscalía de Menores de Madrid, patrono de Unicef y primer Defensor del Menor de esa comunidad. En nuestra sociedad cada vez es más frecuente que las parejas se separen. Según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística, en 2004 se produjeron 57.000 separaciones y 35.000 divorcios y, como confirma Urra, en la mayoría de los casos se producen conflictos. Cuando hay hijos de por medio, la mayor parte de las custodias recae en las mujeres, "en un 95% de los casos", subraya Aguilar. Es por esta razón que las mujeres son habitualmente las personas alienadoras en el SAP. "Sólo es estadística porque los hombres también alienan, pero se debe disponer de tiempo para hacerlo, y hoy en día quien lo tiene es la persona que custodia, que en la mayoría de los casos es la madre", explica Aguilar.

El proceso puede tener como detonante que uno de los padres rehaga su vida sentimental o que el alienador sienta que ha perdido su lugar ante los hijos. Entonces el progenitor alienador se marca como objetivo alejar a la expareja de sus hijos y empieza a influir en ellos. Como consecuencia, los niños caen un conflicto de lealtades y no quieren dar la razón ni a uno ni a otro. "Aunque intentan hacer dos mundos, tienen un aguante, que rápidamente revienta", dice Aguilar. "Al menor se le obliga a olvidar y a negar lo que ha vivido y, por otro lado, a aceptar las mentiras como ciertas, lo que separa al niño de la realidad. Aunque esté acreditado con vídeos y testimonios, el niño ha borrado de su mente ciertas vivencias y, por el contrario, cuenta cosas como que le pegaba unas palizas horribles cuando tenía un año y medio, aunque eso no ha existido jamás, porque un niño de año y medio no se puede acordar", añade el experto. "El hijo crece con una absoluta desconfianza hacia su propio juicio y se entrega a la tiranía del déspota alienador", recalca Julio Bronchal, psicólogo y especialista en maltrato infantil.

De repente, el hijo o la hija a cargo del padre o madre que tiene la custodia deja de querer estar con el otro progenitor y su familia, incluso le llega a insultar, y es característico que comience a emplear palabras y expresiones de adulto. Mientras tanto, el otro progenitor no sólo tiene que aguantar todos los desprecios de sus hijos, sino que se encuentra con dificultades para verlos y con "falsas denuncias de maltrato hacia la pareja o de abusos a los hijos", explica Bronchal.

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