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Superar el fallecimiento de una mascota

La muerte de una mascota suele precisar en niños y personas muy mayores tratamiento psicológico

  • Autor: Por CLARA BASSI
  • Fecha de publicación: 13 de octubre de 2008

Numerosos acontecimientos en la vida de una persona pueden ser causa de estrés. Uno de ellos es la muerte de una mascota, un hecho no demasiado entendido por las personas que no conviven con animales, pero que puede provocar un profundo pesar en quienes sí lo hacen y sufren su pérdida. Cuando fallecen, la salud psíquica y física de sus dueños puede resentirse, a veces hasta el punto de precisar atención psicológica.

La pérdida de una mascota

La muerte de una mascota puede ser un acontecimiento profundamente doloroso para las personas que conviven con ella, menos que la muerte de un familiar directo pero más que la de ciertos parientes, explica Gary Kowalski, autor de "Adiós Toby. Cuando muere tu mascota". Según explica el experto, en un estudio realizado en Gran Bretaña sobre el fallecimiento de una mascota se comprobó que "el 10% de quienes han perdido a un animal desarrolla síntomas lo suficientemente graves como para justificar la visita a un médico". En otra investigación realizada concluyó que, en las semanas inmediatamente posteriores a la muerte, "más del 90% de los dueños experimentaron un trastorno en los hábitos de sueño o tenían dificultades con su alimentación, ambos síntomas de depresión clínica". Más de la mitad se volvieron absortos y evitaron actividades sociales. Casi el 50% se encontró con dificultades relacionadas con el trabajo, perdiendo entre uno y tres días laborales como resultado de la apatía o del bajo nivel de energía. Incluso hay indicios de que las parejas casadas son más propensas a divorciarse después de la muerte de una mascota en casa.

"El 90% de quienes han perdido a un animal desarrolla trastornos en los hábitos de sueño o de alimentación"

El autor puntualiza, además, que "todos estos síntomas sugieren que la muerte de una mascota es un asunto serio, con potencial para afectar de manera adversa la salud de una persona, la carrera y las relaciones". Está claro que para gran parte de quienes conviven con un animal doméstico éste llega a convertirse en un miembro más de la familia, y que su fallecimiento no puede dejar indiferente al resto de familiares. Sin embargo, en la sociedad actual aún se tiende a minimizar su fallecimiento.

Niños y ancianos, los más afectados

El impacto depende de cada persona y de su edad pero, en general, podría afirmarse que hay dos sectores especialmente vulnerables: los ancianos y los niños, explica el psicólogo Joan Gesa. Los niños pueden estar profundamente abatidos por esta muerte, aunque no se les note. De hecho, cuando se les pregunta por ello, la identifican como la experiencia más triste de su vida, según la psicóloga Jeannette Jones, de la Rutgers University (EE.UU.), relata Kowalski en su libro.

Para los niños de corta edad, que desde su nacimiento han convivido con un perro o un gato y que suelen ser los que más interactúan con ellos, puede resultar especialmente difícil comprender esta pérdida. Estos pequeños "pueden sentir que una parte de su familia se ha roto sin comprenderlo mucho", comenta Gesa.

Los ancianos también pueden sufrir por este fallecimiento, sobre todo cuando su única compañía es la del animal. Además, si antes han perdido a alguna persona muy próxima, esta muerte puede recordarles esa defunción previa. Las personas de media edad o adultas también pueden estar tristes, sentir pena durante un tiempo razonable y llorar, pero este dolor no debería conducirles a la depresión, informa Gesa.

SUPERAR EL VACÍO

La muerte de una mascota conlleva la ruptura de una rutina y unos hábitos arraigados entre las personas que convivían con ella en el hogar. Esta pérdida puede ser tan dolorosa que algunas personas optan por tener en casa varios ejemplares para evitar el ruidoso silencio y el gran vacío que dejan tras su muerte. La veterinaria Beatriz Morén, del Hospital Sala Gorón de Sitges (Barcelona), recomienda que, si se opta por esta medida, las dos mascotas que se adquieran no tengan la misma edad, sino que se lleven varios años de diferencia, para que ambas no mueran en la misma época, lo que resultaría doblemente doloroso para sus dueños.

Otro de los trucos que Kowalski apunta en su libro es escribir una carta de despedida, un ejercicio que puede ser de gran ayuda para liberarse de la ira y de la tristeza que se pueden sentir durante el periodo del duelo. Esta misiva de despedida puede ser especialmente útil en los casos en que la muerte de la mascota ha ocurrido repentinamente, por un atropello por ejemplo. Otra propuesta es que sus dueños estén presentes durante el momento de la muerte, una petición a la que cada vez son más sensibles y receptivos los veterinarios. Asistir a un animal querido en su transición a la muerte puede ayudar tanto a la mascota como a sus apenados dueños a asumir esta vicisitud. El acto físico de enterrar al animal y hacer una pequeña ceremonia también facilita la despedida.

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