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Así veíamos las videocámaras digitales en 2005

Las cámaras de vídeo digitales ya se llevan en el bolsillo y han conseguido que los recuerdos de unas vacaciones luzcan mejor

Desde que el vídeo doméstico aterrizó en los hogares de medio mundo, todo parecía indicar que le había salido un enemigo irreconciliable al cine. Los primeros magnetoscopios, al igual que la televisión, 'robaban' espectadores a las salas de cine. Pero con el tiempo esa batalla no ha llegado a mayores; lo que parecían mundos paralelos han terminado entendiéndose. Y todo gracias al concepto de vídeo digital, que ofrece la comodidad necesaria para el mundo doméstico, pero con una calidad que se acerca mucho más a la que ofrece el mundo cinematográfico.

Los tiempos analógicos

El concepto de cámara doméstica existe desde hace mucho tiempo. Los primeros en capturar recuerdos en movimiento fueron los famosos tomavistas, y las cámaras de cine Super 8. Los costes en material fungible que suponían ambos aparatos, que requerían película de celuloide que luego había que revelar, hicieron que ninguno de los dos consiguiese una aceptación demasiado relevante. Sí que existían usuarios 'enganchados' a estas máquinas, y eran bastante comunes en los lugares de vacaciones, pero no fue hasta los años 80, con los magnetoscopios (el nombre real de los vídeos VHS, Beta, 2000...), cuando las videocámaras se convirtieron en un fenómeno.

En el campo doméstico, dos estándares dominaron el mercado de las videocámaras. Por un lado, un gran número de fabricantes (como JVC o Canon), que apostaron desde el principio por las nuevas videocámaras domésticas, se decantaron por el VHS-C. Este formato consistía en reducir el tamaño de una cinta VHS normal y corriente; se mantenía el grosor de la cinta, pero se comprimían las bobinas y se acortaba el metraje para que la cinta ocupase menos espacio. De hecho, este formato era perfectamente compatible con los magnetoscopios VHS domésticos, utilizando un adaptador en el que se introducía la cinta y que recalibraba las bobinas para adaptarlas a los tamaños estándar del VHS convencional.

Algunos fabricantes, como JVC, intentaron crear un estándar más cómodo para el usuario, que no era otro que introducir en la cámara un magnetoscopio VHS normal. Como punto positivo, estas cámaras permitían que el usuario grabase en la misma cinta que luego iba a ver en su vídeo del salón. En contra, el espacio que requería el propio magnetoscopio era tan desproporcionado que la cámara resultaba demasiado grande. Estas cámaras quedaron relegadas al uso semi-profesional, para la grabación de acontecimientos como bodas y comuniones, vinculadas a negocios que no se podían permitir una cámara profesional, como las Betacam o las U-Matic, de mayor calidad.

Sony, que a menudo ha seguido un camino diferente al de los demás, decidió no apostar por el VHS. En su lugar se decantó por cintas de 8 milímetros de grosor (el grosor de las cintas VHS es de 12 mm.). Estas cintas, llamadas Video-8, consiguieron bastante más popularidad que las, en muchas ocasiones, engorrosas VHS-C. Además, Sony trabajó para facilitar la interconexión entre los equipos: para que el usuario almacenase sus películas en otras cintas, podía conectar la cámara al vídeo del salón y hacer copias con la máxima calidad posible.

Estos formatos se quedaron muy pronto obsoletos con la llegada de los primeros vestigios de Alta Definición al campo de las videocámaras. Hay que tener en cuenta que la resolución de dichos formatos rondaba las 200 líneas verticales, lo que, al igual que el VHS, no aprovechaba la siempre limitada calidad de los televisores de tubo de entonces.

Con la llegada del formato SuperVHS, también apareció el SVHS-C, que mantenía la misma calidad para las videocámaras. Sony contraatacó con el Hi-8, un formato que, de nuevo, consiguió convertirse sin demasiados problemas en el estándar del mundo de las videocámaras.

Ambos formatos, utilizando técnicas analógicas de grabación, conseguían resoluciones de hasta 400 líneas, aunque para poder ver el cien por cien de la información grabada se debía conectar la cámara al monitor mediante un cable de S-Vídeo. En caso contrario, si se utilizaban los cables de vídeo compuesto normales, la resolución de lo grabado quedaba reducida a unas 300 líneas, por lo que se desaprovechaba notablemente la inversión realizada en la nueva cámara, o en las propias cintas, que llegaban a costar incluso el doble que sus antecesoras.

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