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Comer por placer

El simple hecho de ver u oler un alimento apetitoso, sin llegar a probarlo, estimula el deseo de querer comer más

  • Autor: Por
  • Fecha de publicación: jueves 11 marzo de 2010

El gusto y el placer que proporciona comer un alimento son dos factores determinantes, aunque no exclusivos, en la elección y el consumo. Son muchos los estudios que relacionan un mayor placer con un aumento del consumo de alimentos. Pruebas bioquímicas, neurobiológicas y de comportamiento demuestran que el simple hecho de ver u oler un alimento tentador (aunque no se pruebe) puede acrecentar el hambre real. El impacto de estas señales tiene peores consecuencias en las personas que no controlan sus impulsos en el momento de comer y en los individuos obesos. En estos casos, utilizar trucos como guardar los alimentos más tentadores en recipientes opacos o envolverlos con papel oscuro resulta útil para no despertar el apetito a deshoras. No obstante, pese a este vínculo entre la palatabilidad y el consumo, la disponibilidad de alimentos muy apetecibles y sabrosos no es, de forma necesaria, el origen de una ingesta excesiva.

Se come con la vista

Basta con ver u oler un alimento apetitoso para sentir ganas de comerlo a pesar de no tener planificado su consumo. Son cuantiosos los ensayos que han probado este comportamiento alimentario. Expertos de la Cornell University han realizado un estudio, publicado en "International Journal of Obesity", en el que miden la influencia tanto de la proximidad como de la visibilidad de un alimento en su consumo estimado y real. En el diseño del estudio, se ha manipulado la proximidad mediante la colocación de unos bombones en el escritorio de las participantes (secretarias de una empresa) o en una estantería a dos metros de distancia de la mesa de trabajo. La visibilidad se alteró al colocar los dulces en recipientes transparentes u opacos.

Los autores comprobaron cómo las participantes comieron de media 2,2 bombones más cada día (y un 46% más rápido) cuando estaban a la vista y 1,8 más cuanto más cerca los tenían, que se interpreta también como la situación en que menor esfuerzo había que hacer para conseguirlos. En un estudio precedente, dirigido en la misma línea, Johnson William G. comprobó que los participantes -trabajadores de un mismo establecimiento y con tareas similares- a quienes se entregaron los emparedados envueltos en papel transparente comieron más que cuando recibieron los bocadillos en papel oscuro.

Conocer estas actitudes es fundamental para ayudar a controlar de manera eficaz el consumo de los alimentos menos saludables, en particular a quienes comen de manera compulsiva o, por cuestiones de salud, tienen que limitar la ingesta de grasas, azúcares y calorías de la dieta.

Regulación del apetito

Expertos de los departamentos de Medicina, Psiquiatría, Química y Matemática Aplicada de sendas instituciones médicas de Nueva York, como el Laboratorio Nacional Brookhaven y la Universidad Estatal de Nueva York, ahondan en dar una respuesta neurobiológica al placer que se siente al comer determinados alimentos. En su exposición, hacen referencia a las tres teorías de la conducta alimentaria más estudiadas que influyen en el consumo: retención cognitiva (tendencia a restringir la ingesta de alimentos para controlar el peso), angustia emocional (predisposición a comer cuando se está expuesto a emociones negativas) y sensibilidad a los estímulos exteriores (instinto para comer más cuando se está expuesto a estímulos alimentarios relacionados con el apetito -ver u oler un alimento tentador, buena presencia o mayor variedad-).

Disfrutar, con mesura y con sentido común, del goce que proporciona comer un alimento es saludable, en muchos casos, para la estabilidad emocional

Sin embargo, reconocen que se sabe muy poco acerca de los mecanismos neurobiológicos que subyacen a estos procesos de regulación del apetito. En las últimas décadas, se ha ampliado el conocimiento sobre las pruebas neurobiológicas que explican cómo el simple hecho de ver u oler un alimento tentador (efecto "no hedónico" o visualización de los alimentos sin consumo) puede acrecentar el hambre real. Sucede que aumenta la liberación de dopamina, un neurotransmisor asociado con el placer, la motivación, la relajación y el deseo de un mayor consumo del alimento tentador.

Buena parte de los ensayos se han realizado con animales de experimentación y sugieren que el incremento de la liberación de dopamina puede asociarse a un aumento de las conductas de ingestión y, por ende, a un mayor consumo energético y un riesgo superior de obesidad. En humanos, los estudios de imagen mediante tomografía por emisión de positrones (PET) proporcionan evidencia de la participación de los niveles de dopamina en el cerebro con las sensaciones placenteras que implica comer los alimentos que más gustan.

Otros estudios han cuantificado una mayor ingesta energética en individuos con una capacidad hedónica mayor que, en algunos casos, supone hasta un 33% más de calorías. Desde el campo de la nutrigenética se informa, sin embargo, que la variabilidad de respuesta entre los individuos es considerable y está condicionada por las variaciones en el genotipo, el conjunto de genes. En este ámbito se realizan numerosas investigaciones.

El placer es una sensación subjetiva vinculada a innumerables estímulos, muy diversos para cada persona. Unas sienten placer al comer un alimento o un plato que les trae recuerdos de la infancia, a otras les evoca momentos felices de su vida, hay quien lo asocia a determinadas emociones, etc. Los alimentos tienen un valor emocional que explica por qué las tentaciones se sienten de forma especial con algunos, pero no con otros. Esto puede explicar que las comidas con familiares o amistades resulten más relajadas y placenteras, lo cual puede reducir la capacidad de un individuo para controlar qué y cuánto come. No obstante, disfrutar con mesura y con sentido común del goce que proporciona comer un alimento es, en muchos casos, saludable para la estabilidad emocional.

POR UN DÍA...

Numerosos estudios realizados en las décadas de 1960 y 1970 ya confirmaron, según Wansink, de la Cornell University, indicios de que las personas obesas son más sensibles a muchos estímulos externos, como el tamaño de las raciones, el mayor o menor esfuerzo por obtener los alimentos, la compañía o el placer de comer. El impacto de estas señales redunda en más perjuicio que beneficio para las personas obesas que necesita seguir una dieta de adelgazamiento o para quienes tienen dificultad en el control de sus impulsos en el momento de comer.

Hay individuos incapaces de renunciar al placer de comer un alimento y se convencen de que «por un día», por un «hoy disfruto, mañana ya veremos», se aplacan sus excesos. Guardar los alimentos más tentadores en recipientes opacos, envolver los alimentos con papel oscuro o no tenerlos al alcance de la vista ni de la mano son prácticas útiles para no despertar el apetito a deshoras.

Este mismo razonamiento se puede aplicar, pero de manera contraria, para los alimentos más saludables, como las frutas, el agua, las infusiones o los chicles y caramelos sin azúcar. Es mejor que estén siempre a mano. Las frutas son fáciles de guardar, en particular las de cáscara dura. Se pueden llevar en el bolso, en la mochila o en la guantera del coche, lo cual permite disponer de ellas en los momentos de flaqueza. En principio, los alimentos que están fuera del alcance de la vista, están fuera de la mente.

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