Ocho motivos de consulta urgente con el pediatra

La falta de apetito, los vómitos, la diarrea o la fiebre justifican, entre otros síntomas, una rápida visita al médico para asegurarse de que todo va bien
Por EROSKI Consumer 27 de marzo de 2022
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Imagen: iStock
El bebé llora mucho… ¿es normal? Tiene un poquito de fiebre, ¿debo preocuparme? Por la noche le cuesta respirar… ¿esto es un constipado o es algo más? Cuando los peques no se encuentran bien (y cuando sus padres son primerizos), el primer impulso es ir al pediatra de urgencias. Muchas veces, son solo sustos, pero otras no. En este artículo reseñamos ocho motivos para consultar al pediatra sin demora.

1. Malestar general (palidez, somnolencia, apatía)

El buen estado general del bebé se pone de manifiesto por un conjunto de datos como el color de su piel, lo atento de su mirada y la normalidad de su comportamiento y actividad. Es el criterio más valioso para aceptar que su salud es buena o, al menos, que no se halla en peligro inminente.

Si, por el contrario, está pálido y parece indiferente o apático, reacciona poco a los estímulos o está adormilado y no se le puede despertar como habitualmente, es urgente llevarle al hospital.

2. Fiebre

Antes de los dos meses, la fiebre en niños es siempre motivo de consulta urgente. La única excepción sería que el motivo del aumento de temperatura fuese un exceso de abrigo evidente y que retornase a la normalidad al quitarle la ropa que le sobraba.

A partir de esa edad, puede empezar a relativizarse la urgencia cuanto menor sea la fiebre, mejor el estado general del niño o más seguridad se tenga de que la causa es un proceso banal.

3. Rechazo de alimento

En los niños mayorcitos, la pérdida de apetito que acompaña a muchas enfermedades infecciosas pasajeras no debe ser motivo de preocupación. En este caso, es una reacción normal de su organismo, que prefiere consumir sus reservas, no malgastar energías haciendo la digestión de nuevos alimentos y poder así dedicarlas íntegramente a combatir la infección.

En los bebés, sin embargo, las reservas son escasas y con la comida reciben a la vez el agua de la que no pueden prescindir sin deshidratarse, de modo que su negativa a alimentarse es especialmente peligrosa. Por otro lado, su negativa puede ser el primer signo de una infección, siempre más peligrosa en ellos, de modo que cuando un bebé rechaza más de dos o tres tomas seguidas, debe ser visitado enseguida.

En cambio, si un lactante de más de cuatro o cinco semanas que por lo demás se muestra despierto y con buen aspecto, rechaza esporádicamente alguna toma o quiere menos biberón durante unos días, no hay motivo para preocuparse, porque simplemente está regulando su dieta.

 

4. Irritabilidad o llanto inconsolable

La mayor parte de los bebés que son atendidos en urgencias por llanto no tienen más enfermedad que la natural inexperiencia de unos nuevos padres. No obstante, estos obran con acierto al pedir la ayuda que necesitan, ya que también es posible que el bebé se halle en realidad enfermo (sobre todo si, más que llorar, gime o está muy nervioso e irritable).

5. Vómitos

Más allá de su causa, que también puede ser una enfermedad más o menos importante, los vómitos repetidos tienen la capacidad de deshidratar fácilmente al bebé.

Ante un vómito aislado en un bebé que parece estar bien, es suficiente mantener una actitud expectante. Si lo que tiene no son vómitos sino regurgitaciones y devuelve leche con poca fuerza, el pediatra debe valorar ese cuadro, aunque no de forma urgente.

6. Diarrea

También es peligrosa por el riesgo de deshidratación, especialmente si el bebé vomita a la vez, como suele suceder en las gastroenteritis.

7. Dificultad para respirar 

No es raro que la obstrucción nasal de un pequeño resfriado ocasione molestias muy aparatosas, pero cualquier sospecha de dificultad respiratoria que persista tras haber destapado la nariz con suero fisiológico, debe ser valorada urgentemente. 

8. Ansiedad de los padres

Aunque el bebé no tenga ningún problema, la preocupación de sus padres puede acabar por crearlo; además, tampoco es extraordinario que la intuición o el sexto sentido de una madre acierten detectando signos de enfermedad muy sutiles y difíciles de precisar.