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Fraude en la ciencia

Aunque difíciles de localizar, se conocen varios casos, algunos de ellos con graves repercusiones para la salud

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La ciencia cuenta con rigurosos sistemas de control, lo que no evita que se cometan en ocasiones diferentes tipos de fraude como el plagio, invención de datos y manipulación de artículos. Aunque es difícil de cuantificar cuánto fraude existe, se tiene constancia de diversos casos, que en ocasiones incluso han podido poner en peligro la salud de las personas

Tipos de fraude

En un sentido amplio se entiende por fraude en ciencia las desviaciones de la buena práctica científica, ya sea por una falsa presentación de los resultados de una investigación o por el plagio o el mal uso de otros trabajos. Algunos expertos como Francisco García Olmedo, catedrático de Bioquímica y Biología molecular de la Universidad Politécnica de Madrid, reconocen que existe todavía un problema de definición, lo que dificulta su control.

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A pesar de que la comunidad científica suele considerar que los casos de fraude son mínimos, estudios como el del escritor científico William J. Broad y Nicolas Wade del diario ‘The New York Times’ o el de los investigadores de la Universidad de Montreal Serge Lariveé y María Baruffaldi apuntan a una práctica más común de lo que acaba finalmente por conocerse. Según Rosa Sancho, del Centro de Información y Documentación Científica, si bien es cierto que el número de incidentes confirmados es muy bajo comparado con la actividad científica total, la frecuencia puede ser mayor de la que se detecta. Esta autora distingue entre fraudes graves y menores, y entre los primeros indica como los más frecuentes la falsificación de datos, seguido de la fabricación de datos y el plagio. Entre los fraudes menores, destaca la autoría ficticia de un trabajo o el aprovechamiento excesivo de un trabajo propio, como el auto-plagio, la división de una publicación en varias o el inflado de los trabajos.

En cuanto a las especialidades científicas, las ciencias biomédicas y relacionadas, como la farmacología, podrían ser más susceptibles al fraude debido, en opinión de Sancho, a las características particulares de estas disciplinas, donde un mismo procedimiento en organismos similares puede dar resultados distintos. “Además, las enormes cantidades de dinero que mueve la industria farmacéutica pueden dar pie con mayor facilidad a irregularidades”, alega.

Otro problema a tener en cuenta es el de los conflictos de intereses, es decir, cuando existen intereses del científico, de tipo económico o personal, que pueden poner en duda su actuación. Según el médico Jordi Camí, mientras en España no existe tradición de comités para remediar estos conflictos, en Estados Unidos y en algunos países de Europa, las diversas organizaciones e instituciones científicas cuentan con instrumentos, fundamentalmente internos y entre colegas, que exigen la declaración pública de actuales y potenciales intereses económicos. El Servicio de Salud Pública norteamericano calcula que cada año unos 20.000 investigadores – cerca de la mitad de los que reciben ayudas de esta institución – tienen que declarar algún conflicto de interesesEl Servicio de Salud Pública norteamericano calcula que cada año unos 20.000 investigadores tienen que declarar algún conflicto de intereses, aunque sólo se encuentran unos 200 casos en los que el conflicto realmente existe. Por su parte, la Fundación Nacional de Ciencia de este país estima que sólo el 23% de los 10.000 investigadores que financia tendrán que efectuar alguna declaración, de los cuales un número insignificante llega a ser conflictivo, si bien también es cierto que en este caso se trata de investigaciones menos problemáticas.

Los periodistas tampoco se escaparían de la práctica de acciones fraudulentas, en este caso para publicar ciertas informaciones que podrían favorecer los intereses de una compañía o institución, por medio de regalos, gratificaciones e incluso sobornos. Este tipo de prácticas llevó, por ejemplo, en 1960, a la Asociación Nacional de Escritores de Ciencia de Estados Unidos a la adopción de varias resoluciones para tratar de evitarlo.

Asimismo, otro tipo de fraude, esta vez involuntario, es la negligencia científica, que suele estar relacionada con la presentación prematura y en ocasiones incluso sensacionalista de unos resultados que no han pasado todavía los sistemas de control científicos. Y no se pueden olvidar las denominadas “pseudociencias”, que sin poseer un fundamento científico pretenden ofrecer resultados objetivos, como la astrología, las llamadas “medicinas alternativas” y tantas otras supercherías que se aprovechan de la ignorancia de las personas para conseguir grandes beneficios económicos.

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