Las investigaciones se centran principalmente en las bacterias (hay alrededor de cien billones de ellas, de unas mil especies), mientras que los protistas son menos abundantes y están menos estudiados. Algunos causan enfermedades como la amebiasis o la giardiasis, pero otros no suponen inconveniente.
Blastocystis hominis, un protista en tu intestino
El protista intestinal más abundante en la población mundial es Blastocystis hominis. Se trata de un pequeño organismo de 5-40 micrómetros con gran variabilidad morfológica (formas vacuolar, granular, ameboide y quística) y un ciclo vital todavía poco conocido.
Nuestros lectores tienen aproximadamente un 25 % de probabilidades de albergarlo en su intestino. Quienes busquen información en Internet pueden inquietarse, ya que tradicionalmente se le ha relacionado con la blastocistosis, caracterizada por diarrea, dolor abdominal, náuseas y pérdida de peso.
Sin embargo, su patogenicidad ha sido siempre dudosa. Un artículo publicado en 2024 en la revista Cell ha dado un giro importante al asunto: Blastocystis podría ser incluso beneficioso para la salud de sus portadores.
El estudio, liderado desde la Universidad de Trento (Italia), analizó 56.989 metagenomas de heces de individuos de 32 países. De ellos, 41.428 eran personas sanas y 15.561 padecían alguna patología. Blastocystis se detectó en 8.190 muestras, lo que supone una prevalencia media del 14,4 % (16 % en individuos sanos).
La prevalencia varía mucho geográficamente: menos del 7 % en América del Norte, alrededor del 22 % en Europa (similar a África y América del Sur), y 16 % en Asia. En España alcanzó el 25,4 %. Países como Fiji mostraron tasas muy altas (56 %), mientras Japón solo el 2,5 %. Prevalencias superiores al 35 % se observaron en naciones como Etiopía, Camerún y Tanzania.
Blastocystis, dieta y salud
Aunque podría pensarse que su presencia se asocia a menor desarrollo socioeconómico, el análisis reveló una relación más compleja. Existía una asociación significativa con el tipo de alimentación: las personas vegetarianas y veganas presentaban mayor prevalencia que las omnívoras. Además, se relacionaba positivamente con el consumo de verduras, aguacate, frutos secos y legumbres, y negativamente con pizza, hamburguesas o bebidas azucaradas.

Más sorprendente fue la asociación positiva con indicadores de buena salud cardiometabólica: colesterol total y triglicéridos bajos, HDL-colesterol elevado y menores marcadores de inflamación. Las personas con índice de masa corporal normal tenían más probabilidad de portar Blastocystis que aquellas con sobrepeso u obesidad.
Los investigadores realizaron un experimento de intervención dietética con 1.124 individuos. Tras seis meses de dieta saludable, tanto la prevalencia como la abundancia de Blastocystis aumentaron de forma significativa, paralelamente a mejoras en los indicadores cardiometabólicos.
¿Beneficioso?
Estos resultados sugieren que Blastocystis no constituye un problema clínico. Los autores plantean que podría favorecer una composición más saludable de la microbiota, promoviendo microorganismos beneficiosos o impidiendo la expansión de microbios perjudiciales. Otra interpretación es que una dieta sana crea un entorno favorable donde Blastocystis prolifera sin ser el causante directo de los beneficios.
Hasta ahora, la presencia de Blastocystis invalidaba muestras de microbiota para trasplantes fecales por sospecha de patogenicidad. Este estudio abre nuevas posibilidades para intervenciones clínicas en la microbiota.
No obstante, es importante recordar que correlación no implica causalidad. Se necesitan más investigaciones, incluyendo posibles trasplantes en modelos animales, para aclarar su papel exacto.
En resumen, el paradigma sobre Blastocystis está cambiando: de posible patógeno a marcador de una dieta saludable y una microbiota favorable, e incluso potencialmente beneficioso.


